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¡GRACIAS!

¡GRACIAS!

¡GRACIAS!

Lillian Calm escribe: “…pude oír gritar a quienes iban o venían, y en forma reiterada, la consigna ‘la izquierda unida jamás será vencida’, que al menos para mí tiene reminiscencias del gobierno de la Unidad Popular y de la visita de Fidel Castro a Chile, episodio que reporteé desde que el líder cubano hizo su aparición en la escalinata del avión que lo trajo a nuestro país, hasta que finalmente se despidió, después de largos 22 días”.

Recorro el centro de Santiago a menudo y lo he seguido haciendo en estos días. Nada me ha arredrado. Y el sábado en la mañana, después de la que se ha definido como la marcha más grande que se ha visto en la historia de Chile, esa de la víspera, lo hice con mayor razón. Total, los medios periodísticos habían informado que esa marcha había sido muy pacífica, alegre, hasta familiar.

Solo algunas autoridades dieron cuenta de incidentes aislados, unos peores que otros, pero siempre en las cercanías de don Manuel Baquedano, ese general de Ejército que sigue impertérrito montado en su caballo, observando no sé si con paciencia o indignación cómo queda su plaza no solo cuando hay efervescencia política sino también cuando Chile mete más o menos goles de los estipulados, en uno que otro partido de fútbol.

Por eso partí al centro en la mañana del sábado confiada en ese ambiente que había sido descrito casi como bucólico y pastoril.

¡Qué horror!  Edificios, iglesias, monumentos, en fin, habían sido convertidos en las últimas horas en verdaderas pizarras para que no solo grafiteros, sino me atrevería a decir vándalos, descargaran sus rayados, garabatos, groserías y, sobre todo, ideologías en un Santiago que día a día es recorrido por turistas extranjeros que vienen desde otras latitudes.

 Con razón una rápida encuesta que leí en un diario y que tuvo como universo distintas agencias de turismo, llegaba a la conclusión que se había registrado un ochenta por ciento de cancelaciones solo en estos días. Y no podemos olvidar que el país se prepara para recibir, a mediados de noviembre y a principios de diciembre, dos cumbres internacionales.

No voy a citar garabatos, porque cada uno ha podido leerlos en algún muro de  esta queridísima ciudad, pero en mi recorrido por el centro (y me quiero limitar apenas a una media docena) leí frases tan disímiles y odiosas como “Fuego al capital”, “Roba el súper”, “Mata personas, no animales”, “Estado asesino”, “Compin ladrón”, “Vencer o morir”… en fin.

Me pareció que varias de estas consignas no están ajenas a alguna ideología, sobre todo cuando hay tantas, no las reproduzco, que van dirigidas a las autoridades y, además, a los que denominan “milicos” y “pacos”, y matizan de una ira verdaderamente irracional.

Asimismo, pero esto fue al término de esa gran marcha, pude oír gritar a quienes iban o venían, y en forma reiterada, la consigna “la izquierda unida jamás será vencida”, que al menos para mí tiene reminiscencias del gobierno de la Unidad Popular y de la visita de Fidel Castro a Chile, episodio que reporteé desde que el líder cubano hizo su aparición en la escalinata del avión que lo trajo a nuestro país, hasta que finalmente se despidió, después de largos 22 días.

No obstante todo esto, mi columna de este jueves se titula “¡Gracias!”, incluso con acentos de exclamación, lo que no suele ser común en periodismo. Pero ya hay tantas coyunturas no comunes que se han dado en estos días en el periodismo, mi profesión, que una más, y sobre todo que no atenta contra la veracidad, me parece inocua.

Le quiero dar gracias a todas esas “brigadas”, si es que pueden llamarse así, de escolares, universitarios, grupos diversos, comunidades y además de familias que llegaron desde otras comunas al centro de Santiago, incluso en sábado y domingo, premunidos de utensilios muchas veces costeados con su propio peculio, a limpiar con una paciencia infinita los rayados de edificios, iglesias y monumento emblemáticos; incluso de inmensos paneles de madera que debieron ser instalados para cubrir ventanales de entidades bancarias y de diversas instituciones.

Conversé con una familia que estaba haciendo su tarea. Habían comprado ellos mismos los materiales -al igual que muchísimos otros- y padre, madre, hijos (incluso niños chicos) y amigos, con una disposición única, iban haciendo desaparecer los rayados, y con ellos garabatos, insultos y amenazas.

Me pregunto: en el futuro, ¿iremos a ser más en Chile los que limpiemos o los que rayemos?

Es por ello que a todas esas “brigadas” anónimas, voluntarias, de gran conciencia ciudadana, respetuosas de lo que es nuestro patrimonio, solo me queda decirles ¡gracias!  Y, además, reiterarles esas ¡gracias!

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 31-10-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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