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¿Despertó y cambió Chile?

¿Despertó y cambió Chile?

¿Despertó y cambió Chile?

«¿Puede estar sano un movimiento que se funda en el horror? ¿Le interesa saber de dónde y cómo partió esa brutalidad?», pregunta Gonzalo Rojas

Anuncio de nuevas medidas y cambio de gabinete.

¿Por qué?

Porque despertó Chile, porque cambió Chile, dicen. Pero esta ha sido una consigna elaborada por pocos, y repetida por muchos, incluyendo a sus destinatarios: el Gobierno y los partidos de Chile Vamos.

Y no es cierto: los chilenos no dormían ni han cambiado.

No dormían el Gobierno ni los parlamentarios que lo apoyan, empeñados todos en sacar adelante reformas estructurales que remediaran algunas de las pésimas políticas de Bachelet II.

Mucho menos dormía la oposición. No dormían sus partidos, empeñados en obstruir todas las iniciativas del gobierno de Piñera, legítimamente basadas en su programa. Ni dormían tampoco las fuerzas sociales que en estos últimos dieciocho meses han ocupado universidades, bloqueado proyectos, impulsado movilizaciones.

Todos despiertos, que nadie lo niegue. Y en medio de esa vigilia, de repente, el horror, planificado, coordinado y fortalecido por el PC y el FA.

Pero en la misma medida en que los más brutales atentados contra la democracia tuvieron lugar desde el viernes 18 —destrucción planificada de bienes públicos y alteración del consumo básico de alimentos—, el campo quedaba libre para que se fueran plasmando acciones de menor entidad simbólica y real. Del horror inicial se podía pasar pronto a una supuesta alegría, que fuese moderadora y catalizadora de los opositores.

Eso es lo que entendieron dos tipos de personas. Por una parte, los activistas sociales y políticos, quienes comenzaron a manejar las redes para llamar a manifestaciones, y, por otra, aquellos ciudadanos que se sintieron inclinados a secundar esas convocatorias, con la sensación de que así estaban moderando el horror del fin de semana anterior. De ese modo, apareció el eslabón que parecía faltar entre el horror inicial y la alegría posterior. Es esa mentalidad presente en muchos chilenos, tan evidente como legítima: la actitud opositora.

Se ha hablado mucho de “la gente” en estos días, esa “gente” supuestamente representada por el millón que se concentró el viernes, como si esa multitud fuese una totalidad sin fisuras. Pero José Miguel Insulza ha mostrado con sensatez que esa mirada es falsa: “Vamos a seguir en la calle todos gritando una cosa, y otros gritando otra cosa”. Unos y otros, porque no hay una sola gente, como se ha pretendido.

Quienes han estado pacíficamente en la calle son más bien esa oposición que no votó por Piñera o cambió de postura hace poco. Se viene haciendo notar hace meses, todos muy despiertos, tal como lo reflejan las encuestas de este año. Los que perdieron en 2017, los que no votaron y los que se cambiaron hace poco, todos ellos han buscado imponerle ahora a Piñera otro programa, sin aceptar que debían esperar hasta la próxima elección.

¿Por qué no lo hicieron el mismo día de su derrota? Porque todo fue pacífico, porque no existió el horror en el que ahora se amparan.

Pero esa multitud —no, cada uno de los que la conforman, más bien— tiene que hacerse una serie de preguntas muy serias, justo a mitad de camino entre su horror inicial y su alegría posterior.

¿Puede estar sano un movimiento que se funda en el horror? ¿Le interesa a esa movilización saber de dónde y cómo partió esa brutalidad? Porque ellos, los descontentos, los indignados, los abusados, no fueron los causantes, ¿no? ¿Y qué van a poner de su parte los ciudadanos que protestan? ¿Nada?

Finalmente, ¿qué va a hacer esta gente si se extiende un próximo estallido de horror, fundado en que no se lograse cumplir con cada cosa que piden? Porque muchos afirman que “esto no ha terminado” y uno de los ideólogos del Frente Amplio vislumbra que habrá una segunda vuelta. ¿Van a recurrir a lo mismo?

Columna de Gonzalo Rojas. EL MERCURIO, 30-10-2019

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—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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