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Cambio de eje

Cambio de eje

Cambio de eje

Frente a la extensión y profundidad de la crisis desatada en la última semana, el Presidente Piñera tuvo que asumir lo inevitable: la necesidad de un cambio de gabinete profundo, que incluyera el reordenamiento total de los equipos político y económico del Ejecutivo. La emergencia exigía una buena dosis de audacia, redefinir lógicas de poder y de gestión, buscando dejar atrás la inercia desgastante y, sobre todo,  los factores que incidieron en el deficiente manejo del estallido social.

Y la decisión estuvo a la altura: el Mandatario movió el eje de su administración hacia el centro, puso a Evópoli, un partido pequeño, emergente y de marcado sello liberal en la jefatura del comité político y del equipo económico. Una jugada que no será fácil de digerir en las fuerzas tradicionales de la derecha, que con seguridad abrirá no pocos flanco y que tiene el potencial riesgo de dejar demasiado espacio al desafío planteado a extramuros por José Antonio Kast.

Pero la apuesta de La Moneda va en otra dirección: abrir un espacio de acercamiento y diálogo con sectores de oposición, en la perspectiva de consensuar una agenda social profunda, que pueda responder a las demandas y anhelos que estos días han recorrido las calles. Así, rostros jóvenes y liberales, más sintonizados con los cambios culturales que hoy agitan a las nuevas generaciones, serán los encargados de buscar convergencias con un sector opositor, el mismo que estuvo dispuesto a responder a la llamada de auxilio de Sebastián Piñera y concurrir a La Moneda la semana pasada.

A ese objetivo contribuye también la decisión del PC y un sector del Frente Amplio de jugarse todas sus cartas –incluida la acusación constitucional en contra del Presidente- para hacer caer a la actual administración; un delirio testimonial que nuevamente impondrá una fractura en el campo opositor y que puede ayudar al nuevo equipo de gobierno a generar compromisos y convergencias con los sectores que no estén disponibles para esa aventura.

La señal de moderación, la necesidad de mostrar una cara más amable y empática ante el malestar ciudadano es, sin duda, otra de las claves de este gabinete. Haber entendido que dicho malestar tiene un amplio espectro de componentes objetivos y, también, una dimensión generacional innegable, es parte esencial del diseño puesto en movimiento por el Mandatario el día de ayer.

La apuesta es nítida, pero el escenario en el que debe desplegarse es muy negativo. Con una ciudadanía irritada y escéptica, con sectores de oposición cerrados a toda posibilidad de acuerdos y buscando la caída de la actual administración, los cauces para asumir esta realidad y para descomprimirla hoy simplemente no existen, y este equipo deberá por tanto partir de cero. Cuánto y hasta dónde será posible ceder en la agenda social; cuánto y hasta dónde sacrificar en materia de política económica; cómo recomponer las confianzas de la gente y del sector privado; qué hacer con el dilema abierto en materia constitucional; serán todos elementos que exigirán un trabajo de relojería fina a los ministros que ahora asumen.

No sólo un nuevo gabinete sino un nuevo gobierno, que deberá contener un cuadro político aun explosivo, con el imperativo de reconstruir lo devastado y de levantar los puentes que permitan incorporar a un sector de la oposición. En un contexto donde el deterioro de las instituciones es enorme y donde al gobierno no le queda capital político a qué echar mano. Salvo el resguardo de la propia institucionalidad, la vigencia del Estado de Derecho y el compromiso con el sistema democrático. Mucho, es cierto, pero a la vez muy poco.

Max Colodro. LA TERCERA, 29-10-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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