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Hacer de la crisis una oportunidad

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Hacer de la crisis una oportunidad

Reproducimos la carta de Monseñor Galo Fernández, administrador apostólico de la Diócesis de Talca y Gran Canciller (i) de la Universidad Católica del Maule, a los católicos y a todas las personas de buena voluntad.

Advierte que “ante todo es preciso un cambio profundo en cada uno de nosotros. La lucha contra los males que nos aquejan comienza en cada uno. La corrupción no tiene color ideológico. Es en el corazón donde debemos vencer la avaricia, la violencia, el afán de dominio, y en fin a todas las tentaciones que terminan corrompiendo lo mejor de cada uno.”

Chile atraviesa por una grave crisis política y social. Algo que para algunos era solo una pequeña alza en el costo del transporte, resultó ser una chispa que encendió un estallido social gigantesco que ha llegado hasta nuestra región.

En medio del temor y la incertidumbre que nos envuelve quisiera ofrecer con estas palabras un mensaje de consuelo y una humilde orientación que anime a enfrentar esta crisis desde la esperanza cristiana. Para ello, es preciso comprender las raíces de este profundo malestar que ha explotado de un modo tan sorprendente. Sin duda, se trata de un fenómeno complejo que necesitará muchas lecturas. Pero hay dos ingredientes que resultan evidentes:

La tradición Bíblica nos recuerda que la Paz es fruto de la justicia. Es decir, que allí donde hay injusticia nunca habrá una paz duradera. La escandalosa desigualdad socio económica que se expresa en segmentación urbana, trato discriminatorio y abuso de las influencias para conservar privilegios a la que malamente nos hemos acostumbrado es ciertamente el primer ingrediente. Un modelo de desarrollo economicista que ha generado tanta riqueza para algunos excluyendo a muchos, a demasiados, ha llegado a ser una herida que no se puede tolerar.

El segundo ingrediente es el descrédito de las instituciones y de quienes ejercemos autoridad en ellas. Una larga lista de abusos, de escándalos de todo tipo, en fin, de corrupción en las que hemos estado involucradas todas las instituciones. Todas hemos defraudado la confianza pública, incluida la misma Iglesia.

Había mucho dolor acumulado, mucho desaliento, mucha rabia. Aunque no lo habíamos previsto, tarde o temprano esto iba a reventar.

La pregunta que nos debemos hacer es ¿Y ahora qué? Está bien la protesta, la manifestación de la indignación con la exigencia de un cambio radical. Felizmente muchos, especialmente los jóvenes, han sabido hacerla de modos creativos y pacíficos.

Lamentablemente también hemos sido testigos de una violencia destructiva que ha dañado bienes públicos y privados. Y lo que es más grave, dolorosamente ha habido víctimas fatales. El dolor de sus familias, para quienes estos acontecimientos han significado una pérdida irreparable, no puede dejarnos indiferentes.

Desde la fe en Cristo lo señalamos con fuerza y claridad: La violencia nunca será solución. La violencia solo genera más violencia. Como señaló el Papa Francisco en la Misa en la Araucanía. “La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa”.

Pero, ¿después de la protesta qué? Urge pasar de la protesta a la propuesta. Este es el camino más arduo y solo puede ser efectivo si nos involucra a todos, si no excluye a nadie. Para ello, es fundamental superar el ambiente de descalificación y recorrer la ruta del diálogo que implica escucha efectiva y afectiva. Las transformaciones estructurales que requiere el país deben ser fruto de un gran acuerdo nacional serio y consensuado. No de la imposición apresurada de recetas de uno u otro sector ideológico.

Pero ante todo es preciso un cambio profundo en cada uno de nosotros. La lucha contra los males que nos aquejan comienza en cada uno. La corrupción no tiene color ideológico. Es en el corazón donde debemos vencer la avaricia, la violencia, el afán de dominio, y en fin a todas las tentaciones que terminan corrompiendo lo mejor de cada uno.

Que Chile se vuelva la patria justa y solidaria que soñamos no solo pasa por un cambio en las estructuras políticas y en las elites que nos rigen, sino también por una trasformación de cada uno de los hijos de esta tierra. Solo así podrán surgir los nuevos liderazgos que tanto necesitamos.

Ninguno de nosotros puede restarse de la tarea de transformar esta crisis en una oportunidad para un Chile nuevo. Cada uno, desde el lugar en que se encuentra está llamado a involucrarse en la tarea de hacer de este momento doloroso una ocasión bendita para una nueva convivencia entre los hijos de esta tierra.

Quiero proponer a las comunidades cristianas que tengan, dentro de lo posible, los Templos abiertos para que, quienes deseen tengan un espacio de oración, de paz. Que pueda haber misioneros de la escucha que acojan y consuelen a quienes llegan con desesperación y angustia en estos momentos. La oración es una expresión concreta de compromiso con la realidad que nos urge, por eso invito a fortalecer esos momentos comunitarios, la celebración eucarística y la participación activa de los laicos en las asambleas y manifestaciones pacíficas en las cuales se aporta con ideas y trabajo para provocar un cambio real a la forma que nos ha llevado a esta crisis.

Nos encomendamos en esta hora a la Virgen del Carmen, Reina y Madre de nuestra Patria. Que ella nos anime en la esperanza de que podremos superar los desafíos que enfrentamos. Ella nos regale la serenidad para reconocer los caminos que debemos recorrer y la prontitud para responder con lo mejor de nosotros. A su amparo materno nos confiamos.

Concluyo compartiendo la Oración Simple de Francisco de Asís. Hacerla realidad en estos días será nuestro mejor aporte como Iglesia.

Oh Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.

Donde haya odio, que yo ponga amor.

Donde haya ofensa, que yo ponga perdón.

Donde haya discordia, que yo ponga unión.

Donde haya duda, que yo ponga fe.

Donde haya error, que yo ponga verdad.

Donde haya desesperación, que yo ponga esperanza.

Donde haya tristeza, que yo ponga alegría

Donde están las tinieblas, que yo ponga luz.

Oh Maestro, que no me empeñe tanto;

En ser consolado, sino en consolar.

En ser comprendido, sino en comprender.

En ser amado, sino en amar.

Porque: Es dando, que se recibe.

Perdonando, que se es perdonado.

Y muriendo, que se resucita a la Vida Eterna. Amén.

+ Galo Fernández Villaseca

Administrador Apostólico

Diócesis de Talca

Fuente: UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL MAULE, UCM

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