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Naturaleza, acción y Greta

Naturaleza, acción y Greta

Naturaleza, acción y Greta

«Sin lo que llamamos desarrollo no existe horizonte plausible de un cuidado sensato del medio ambiente», afirma Joaquín Fermandois

El cambio climático y el medio ambiente se han tomado la escena. En Chile se multiplica por la tardía toma de conciencia de la sequía, desde hace años advertida en estas páginas, pero ningún gobierno lo asumió como un nudo que puede definir al país. Tomar medidas previsoras implicaba grandes gastos —por ejemplo, la construcción de embalses— que no eran vistos como prioridad y nadie percibiría de inmediato su ventaja.

La intervención de la naturaleza por el hombre proviene de su misma existencia, desde Adán y Eva. Ni animal ni ángel, no está adaptado por un sistema instintivo —aunque los instintos ejercen poder sobre nosotros— al medio ambiente donde se mueve. Solo podemos existir modificándolo. Cuando esgrimió un palo para coger una fruta, se dio partida a la carrera por reformar (o erosionar) la naturaleza. Por lo demás, hubo crisis medioambientales antes de la era industrial, como la deforestación (Isla de Pascua entre tantos).

Hace poco más de dos siglos se desencadenó una nueva fase de esa historia, maravillosa, terrible, esperanzadora, ardua, de resultados contradictorios, como todo lo humano; y la explosión demográfica. Desde el primer informe del Club de Roma en 1968 se inició la toma de conciencia política —las advertencias eran nutridas desde la Revolución Industrial— del problema medioambiental. Muchos sectores progresistas renunciaron a una parte de sus supuestos —la afirmación entusiasta del progreso material como motor de la sociedad feliz— y lo intercambiaron por un rechazo del avance técnico y económico. En realidad, los frentes están entremezclados y, como tantas veces en la historia, posiciones radicales se intentan presentar como una especie de “partido de los jóvenes”.

El problema de fondo, la supervivencia del planeta habitable para los seres humanos, no es menor. Para afrontarlo con éxito razonable, se debe saber lo que está envuelto. La economía de la modernidad, el principal pero no exclusivo factor de la crisis, fue la única en la historia que ha tenido una respuesta más o menos concreta para la pobreza. Y los sistemas colectivistas fueron mucho más destructivos en este aspecto que las sociedades abiertas. La idea de paralizarla para detener la transformación o destrucción de la naturaleza no tendría éxito alguno, ya que la caída inducida de la evolución económica (¿con un igualitarismo forzado y frustrante, basado en una utopía pastoril?) crearía un alto nivel de conflicto y un sálvese quien pueda, un remolino donde el norte de la conservación medioambiental se perdería por completo.

Sin lo que llamamos desarrollo no existe horizonte plausible de un cuidado sensato del medio ambiente. Es dentro de sus categorías donde el cuidado por la naturaleza implica nuestra autotransformación en no apetecer cualquier cosa. Como en tantos aspectos, la incesante eterna redefinición de lo humano debe interiorizarse de aquello que Albert Camus llamó “el pensamiento de los límites”, que no podemos desafiar impunemente algunas fronteras, como lo hubo de comprobar Prometeo, encadenado por regalar el fuego a los humanos.

¿Y la joven Greta? Sin saber mucho acerca de su caso personal, medito su queja de que “le robaron la infancia”. Lo evidente, nació en uno de los países más opulentos no solo del mundo actual, sino que de toda la historia humana; dentro de las posibilidades, una de las sociedades más igualitarias, de mejor educación y considerada por muchos como un gran modelo. Es uno de los ejemplos de desarrollo con claro mejor manejo medioambiental que tantos otros llamados subdesarrollados. El vaso, ¿medio vacío o medio lleno?

Columna de Joaquín Fermandois. EL MERCURIO, 08-10-2019

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Humor

El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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