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Amazonia: evangelizar, no discutir el celibato

Amazonia: evangelizar, no discutir el celibato

Amazonia: evangelizar, no discutir el celibato

El P. Martín Lasarte, miembro del Sínodo de la Amazonia, sostiene que discutir el celibato es inoportuno y distrae de las necesidades más urgentes de la región.

Un solo punto del documento preparatorio del Sínodo de la Amazonia, que se celebrará del 6 al 27 de octubre en Roma, ha acaparado la atención del público. Se trata de la idea de ordenar hombres casados para aliviar la escasez de sacerdotes en esas tierras. ¿Sería una buena solución? No lo ve claro Martín Lasarte, misionero salesiano y padre sinodal, para quien el Sínodo tiene asuntos más apremiantes que abordar.

El P. Lasarte, uruguayo, ha trabajado en misiones de África y es miembro del equipo mundial de animación misionera de la Congregación Salesiana, que tiene 47 comunidades religiosas en la región del Amazonas, 25 de ellas en zonas rurales o de selva. El pasado 23 de septiembre tuvo una sesión de trabajo con expertos y periodistas en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), para hablar del próximo Sínodo.

Sobre la posible ordenación sacerdotal de viri probati dijo que es una cuestión válida para estudiar. “El problema básico no radica en el tema en sí, sino en la oportunidad y motivación para tratarlo en el sínodo, teniendo en cuenta la situación actual”.

“Al lanzar el sínodo, el Papa indicó dos caminos de trabajo: el tema de la evangelización en esta región y el tema de la ecología integral”

Primero, “la cuestión de la ordenación sacerdotal de los hombres casados, como opción pastoral normal, compromete fuertemente a toda la Iglesia católica”. Así, “cuando se dice que es solo para las comunidades aisladas de la selva, se olvida el dogma de la ecología integral: Todo está interconectado”. Por eso, “no parece constructivo que una región de la Iglesia, aunque esté en comunión con Pedro, intente dar un paso de forma individual”.

Cabe, desde luego, cambiar la disciplina, pero “es esencial tomar decisiones en comunión sinodal”, sin que todas las Iglesias particulares hayan de “verse obligadas a cambiar la preciosa tradición del celibato sacerdotal vivida en la Iglesia occidental durante 1.700 años”. Son una invitación a la cautela “las fracturas que se han producido en las Iglesias anglicanas al tomar decisiones ‘occidentales’ sobre problemas morales, contrarias a los sentimientos de las Iglesias africanas y asiáticas”.

Los dos grandes temas del Sínodo

En segundo lugar, el P. Lasarte recordó la finalidad de la asamblea. “Al lanzar el sínodo, el Papa indicó dos caminos de trabajo: el tema de la evangelización en esta región y el tema de la ecología integral”. Ambos comprenden múltiples aspectos: la relación entre anuncio y promoción humana, la inculturación del Evangelio, la migración de jóvenes a la ciudad, la población marginada en las periferias de las grandes ciudades amazónicas, la expansión de grupos protestantes, el respeto al medio ambiente y a las culturas indígenas…

“Dado que el Sínodo tiene una agenda tan rica –anotó el P. Lasarte–, si el tema de la ordenación de casados se pusiera en primer plano, no haría un buen servicio al Sínodo mismo. Desde el punto de vista mediático y eclesial, crearía un clima de fuerte controversia y polarización, que no serviría de nada a los pueblos indígenas que viven en la Amazonía, ni a la evangelización ni al urgente y delicado problema de la crisis ecológica”.

Clericalismo

En tercer lugar, el P. Lasarte cuestionó la razón de fondo que se suele dar para ordenar sacerdotes no célibes: suplir la escasez de ministros. A su juicio, “el enfoque del problema en estos términos adolece de un enorme clericalismo”. Se concibe “una Iglesia con poco o ningún protagonismo y sentido de pertenencia de los laicos”. Por eso, dijo, “tengo la impresión de que se quiere clericalizar a los laicos”, cuando lo prioritario es lograr “una Iglesia de protagonistas bautizados, de discípulos y misioneros”.

En cambio, “una visión ‘funcional’ del ministerio que no revitalice a toda la comunidad cristiana como protagonista de la evangelización, aunque haya ordenado a casados, no resolverá el problema: el compromiso bautismal cristiano seguirá siendo el mismo”. El P. Lasarte recordó, a este propósito, la experiencia en algunos países de misión. La Iglesia en Corea nació gracias a un laico, bautizado en China, y durante su primer medio siglo de vida, hasta 1835, se extendió solo con laicos, hasta que pudo haber presencia estable de sacerdotes.

También en Japón la Iglesia católica se mantuvo viva más de doscientos años sin sacerdotes, en comunidades que contaban con catequistas, bautistas y predicadores, todos laicos. “Es interesante el consejo que los cristianos guardaron hasta la llegada de los nuevos sacerdotes en el siglo XIX: la Iglesia volverá a Japón y ustedes lo sabrán por estos tres signos: los sacerdotes serán célibes, habrá una imagen de María y obedecerán al Papa de Roma”.

El propio P. Lasarte fue testigo de un caso similar en Angola. “Una vez finalizada la guerra civil en 2002, pude visitar comunidades cristianas que, durante treinta años, no habían celebrado la Eucaristía, ni visto a un sacerdote, pero permanecían firmes en la fe y eran comunidades dinámicas, dirigidas por el catequista –un ministerio fundamental en África– y otros ministros: evangelizadores, animadores de la oración, trabajo pastoral con mujeres, servicio a los más pobres. Una Iglesia viva y secular en ausencia de sacerdotes”.

Dónde no faltan vocaciones al sacerdocio

Así, intentar remediar la escasez de sacerdotes ordenando a hombres casados puede ser como poner el carro delante de los bueyes, pues de las comunidades cristianas fervorosas, con laicos activos, surgen vocaciones. En palabras de Francisco: “Incluso en las parroquias donde los sacerdotes no son muy comprometidos y alegres, es la vida fraterna y ferviente de la comunidad la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esta animada comunidad ora insistentemente por las vocaciones y tiene el valor de proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración” (Evangelii gaudium, 107).

“la Iglesia se ha convertido en un gran proveedor de servicios (salud, educación, promoción, defensa…)”, pero ha hecho poco como “madre de la fe”

El P. Lasarte ofreció algunos ejemplos. Entre el pueblo quet de Guatemala, a pesar de la escasez de sacerdotes, hay vocaciones sacerdotales indígenas e incluso se han fundado congregaciones religiosas femeninas y masculinas. Los católicos del noroeste de la India, que vivieron aislados durante siglos, han pasado de un millar en 1923 a 1,6 millones hoy, con 1.600 sacerdotes, de los que la mitad son autóctonos. Lo mismo se puede decir de la zona del río Congo, Vietnam, Indonesia, Timor Oriental Oceanía…

“¿Cómo es posible que pueblos con tantas riquezas y semejanzas antropológicas y culturales con los pueblos amazónicos (…) hayan hecho florecer comunidades cristianas y vocaciones sacerdotales, mientras que en algunas partes de la Amazonia, después de 200, 400 años, hay una esterilidad eclesial y vocacional? Hay diócesis y congregaciones que han estado presentes durante más de un siglo y que no tienen una sola vocación local indígena”.

A veces se ha dicho, anota el P. Lasarte, que los pueblos amazónicos no entienden el celibato. Pero eso mismo se dijo ya con respecto a la India, Oceanía y África. Habría que revisar más bien cómo se ha hecho la evangelización.

Autocensura misionera

Según el P. Lasarte, en distintas partes de América Latina, en particular en el Amazonas, “hay un gran conservadurismo en varias Iglesias y estructuras eclesiales. No me refiero solo a los tradicionalistas preconciliares, sino a las líneas pastorales, mentalidades arraigadas en 1968 y en la década 1970-1980”. El P. Lasarte recuerda la conmoción que produjo la famosa Declaración de Barbados (1971), redactada por un grupo de antropólogos, donde se afirmaba que “la Buena Nueva de Jesús era una mala noticia para los pueblos indígenas”.

De aquella provocación surgió un diálogo enriquecedor entre misioneros y antropólogos. “Pero en otros lugares cayeron en la autocensura, perdiendo la ‘alegría de evangelizar’ (Evangelii gaudium, 1-13). Recuerdo casos de monjas que decidieron no proclamar a Jesucristo, ni hacer catequesis, ‘por respeto a la cultura indígena’. Se limitarían al testimonio y al servicio. Veinte años después, cuando los grupos evangélicos llegaron a las comunidades indígenas, preguntaron al sacerdote de la misión si no sería apropiado hablar también de Jesús. La respuesta del sacerdote fue: ‘Era hora, hermanitas, de decir algo sobre Jesús’”.

Iglesia proveedora de servicios

Ciertamente, dijo el P. Lasarte, “el compromiso social de la Iglesia, en la opción evangélica por los más pobres, ha sido y es una enorme riqueza, que se ha materializado en muchas iniciativas a favor de la salud, la educación, la defensa de los derechos humanos, la defensa de las tierras indígenas (…) El problema surge cuando este tipo de actividad absorbe el resto de la vida y el dinamismo de la Iglesia”. Por ejemplo: “En más de un lugar he escuchado expresiones de este tipo por parte de los agentes pastorales: ‘Cuando la gente necesita servicios, viene a nosotros (Iglesia católica), pero cuando buscan sentido a sus vidas, van a otros’ (evangélicos, etc.)”.

“Incluso la predicación, a veces, (…) se ha centrado excesivamente en cuestiones sociales (…). Una predicación fuertemente marcada por el ‘moralismo social’, con temas y dinámicas a veces fuertemente cargadas de ideología y reduccionismo sociológico, no ha sido capaz de tocar las fibras del corazón popular”.

De ahí deduce el P. Lasarte: “La enorme hemorragia de los católicos, en la Iglesia latinoamericana, hacia la constelación de las Iglesias Evangélica y Nueva Pentecostal, se debe sin duda a varios factores (…), pero ciertamente la falta de una pastoral mucho más ‘religiosa’ y menos ‘sociológica’ ha tenido una gran influencia”. Pues en esos movimientos religiosos las gentes encuentran “una acogida fraterna y cálida”, “un fuerte sentido de pertenencia”, “un ‘sentido’ y un acompañamiento para sus vidas”. Así, “la Iglesia se ha convertido en un gran proveedor de servicios (salud, educación, promoción, defensa…)”, pero ha hecho poco como “madre de la fe”.

“Una comunidad cristiana que no genera vocaciones sacerdotales y religiosas es una comunidad afectada por alguna enfermedad espiritual”

A juicio del P. Lasarte, ahí se ve un grave error que ha “hecho estéril nuestro trabajo pastoral, causando deforestación espiritual”. Y tal actitud aún persiste. “Visité una diócesis, donde a principios de los años 80, el 95% de la población era católica, y hoy son el 20%. Recuerdo el comentario de uno de los misioneros europeos que sistemáticamente ‘desevangelizó’ la región: ‘No favorecemos la superstición sino la dignidad humana’. Creo que todo está dicho”.

La verdadera novedad

En fin, el gran problema no está en “las presiones culturales del ambiente dominante, sino en el hecho de que una Iglesia se seculariza a sí misma, cuando sus agentes pastorales interiorizan la dinámica de una mentalidad secularizada: la ausencia o una manifestación muy tímida de la fe, casi pidiendo perdón”.

La esterilidad vocacional es consecuencia de esas opciones pastorales. “Nadie deja todo para ser animador social, nadie da su vida a una ‘opinión’; nadie ofrece lo absoluto de su vida a algo relativo, sino solo al Absoluto de Dios. Cuando esta dimensión teológica y religiosa no es evidente, clara y viva en la misión, nunca habrá opciones para el radicalismo evangélico, que es una indicación de que la evangelización ha tocado el alma de una comunidad cristiana”. Será “imposible apreciar el fecundo valor espiritual y pastoral del celibato sacerdotal como don precioso de Dios y de la total y sublime disposición de amor y servicio a la Iglesia y a la humanidad”.

“Una comunidad cristiana que no genera vocaciones sacerdotales y religiosas es una comunidad afectada por alguna enfermedad espiritual. Podemos ordenar viri probati y más, pero los problemas básicos permanecerán: una evangelización sin Evangelio, un cristianismo sin Cristo, una espiritualidad sin el Espíritu Santo”.

En definitiva, dijo el P. Lasarte: “Las auténticas vocaciones sacerdotales solo existirán cuando se establezca una relación auténtica, exigente, libre y personal con la persona de Cristo. Tal vez sea muy simplista, pero, en mi opinión, el ‘nuevo camino’ hacia la evangelización de la Amazonía es la novedad de Cristo”.

ACEPRENSA, 02-10-2019

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