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Los jóvenes y la delincuencia

Los jóvenes y la delincuencia

Los jóvenes y la delincuencia

En los últimos 18 años, la tasa de desempleo de universitarios en México pasó de 16 a 28 por ciento.

Las encuestas indican que el principal problema que preocupa a la ciudadanía es la falta de seguridad pública. Hace unos días fue dado a conocer el estudio de Incidencia Delictiva 2019 –del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública– el cual reporta que, durante el primer semestre de este año, se ha alcanzado un nuevo récord histórico en cuanto al número de homicidios que se han registrado en nuestro país.

Tan sólo en el mes de agosto se registraron 2,572 homicidios dolosos, los cuales, al ser sumados con los registrados en los meses anteriores, suman 20,286 casos. Se trata de una tasa de 15 asesinatos por cada cien mil habitantes; la más alta en 22 años. Esto significa que hemos padecido 83 homicidios por cada día, durante los primeros 8 meses de este año.

Por otra parte, según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre  Seguridad Pública, realizada por el Inegi, en 2018 se reportaron 33 millones de delitos, siendo el más cometido el robo en la calle o transporte público.

Los datos anteriores son alarmantes, pero cobran una dimensión preocupante si se toma en cuenta que el 25% de los delitos cometidos fueron realizados por personas menores de 25 años de edad.

México aún cuenta con lo que se conoce como “bono demográfico”, que consiste en tener una fuerza laboral compuesta de población joven, que no sólo está siendo desaprovechado, sino que es utilizado por la delincuencia.

Hacer un diagnóstico claro de las necesidades de nuestra juventud es necesario e imprescindible, si nuestro país desea aprovechar ese bono demográfico de forma positiva. Se trata de utilizar a ese importantísimo capital humano para trabajar, producir e invertir; en resumen, para generar riqueza y mejores condiciones económicas para el bienestar del país.

La clave principal del desarrollo es la educación. No sólo porque ya está considerada como un derecho humano que tenemos todas las personas, sino porque está comprobado que es el camino que ha llevado adelante a las naciones que han entendido que es la mejor inversión pública.

Se necesitan políticas educativas y presupuestos fuertes que permitan construir mejores estructuras para ofrecer educación a más jóvenes, pero de calidad. De igual forma, construir estrategias para orientarlas hacia el empleo formal, que es la única manera como una persona puede ejercer todos sus derechos civiles, políticos y sociales.

Porque no sólo se trata de ofrecer más educación, sino saber cómo planificarla. Un dato revelador es que en los últimos 18 años la tasa de desempleo de universitarios pasó de 16 a 28 por ciento. Y es triste saber que de los jóvenes ocupados, el 59% labora en el sector informal.

Si bien la oferta en educación superior debe ampliarse, la apuesta también debería ser por fomentar otros niveles de educación –por ejemplo la educación técnica superior– pues ésta tiene un efecto directamente proporcional en la competitividad y productividad de los países.

Atender y entender a los jóvenes como factor decisivo en el futuro del país es indispensable. Sociedad y gobierno deben trabajar unidos para la construcción de políticas públicas que modifiquen y fortalezcan los paradigmas culturales de los jóvenes dentro de la familia, la escuela y la vida social en general.

Sólo mediante la educación, el empleo formal, la salud, el combate a la pobreza y la desigualdad podremos ofrecerle mejores oportunidades a la juventud para impedir que la delincuencia nos siga arrebatando el futuro de este país.

Como Corolario, la frase del ex rector de Harvard, Derek Bok: “Si usted cree que la educación es cara, pruebe con la ignorancia”.

Raúl Contreras Bustamante. EXCELSIOR, México, 05-10-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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