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La Universidad, la nueva plaza pública

La Universidad, la nueva plaza pública

La Universidad, la nueva plaza pública

José Antonio Guzmán: «…las redes sociales han fragmentado la discusión pública y las personas solo parecen escuchar las opiniones que concuerdan con su pensamiento. En ese escenario, las universidades pueden convertirse en un punto de encuentro, un espacio donde podamos recuperar el valor del diálogo

En esta época de profundas transformaciones, existe una máxima que parece un dogma: las empresas, como las especies, deben adaptarse o morir.

¿Sucede lo mismo con las universidades? Los cambios tecnológicos de la era digital, ¿serán tan profundos como para obligar a esas notables creaciones de la Edad Media a adaptarse o morir?

Hoy vemos que la institución universitaria está bajo amenaza por varios factores: la oferta de cursos online de variados orígenes es cada vez mayor y más atractiva; los centros de investigación especializados atraen a los científicos para que se dediquen en forma exclusiva a esa tarea; y la industria, por su parte, se encarga de innovar y de producir transferencia tecnológica. Todo esto podría llevar a creer que la universidad se tornará superflua.

Además, los cambios generacionales nos afectan de un modo particular, porque nuestros estudiantes forman parte de una generación en permanente mutación. ¿Cuántos estudios se hicieron para entender a los millennials? Y en el momento en que pensamos que los comprendemos, ellos egresan de nuestras aulas, y ahora nos corresponde enfrentarnos a los centennials, una nueva generación de estudiantes cargados de sus teléfonos, con características y particularidades diferentes de los anteriores.

Además, la universidad recibe las influencias de su entorno, para bien y para mal. Así, la corrupción, que parecía un riesgo muy lejano para ella, también se asoma. Lo vimos en prácticas como los sobornos para asegurar el ingreso a centros académicos prestigiosos en los Estados Unidos. También ha habido quiebras por mal manejo financiero, que ocasionan un daño gravísimo a sus alumnos y titulados.

De este modo, parecería que la universidad debería guiarse por las normas del mercado, y adaptarse o morir. Pero ella no es una empresa, ni está destinada a satisfacer a sus consumidores. Su papel es la formación profesional y humana de sus estudiantes; profundizar en el conocimiento, y promover el diálogo académico y el servicio a la sociedad. Lo suyo no puede ser una mera adaptación, que la privaría de entregar una contribución que solo ella puede dar.

Nos encontramos en un contexto de exceso de información, donde somos incapaces de procesarla toda; vemos que las redes sociales han fragmentado la discusión pública y que las personas solo parecen escuchar las opiniones que concuerdan con su pensamiento. En ese escenario, las universidades pueden convertirse en un punto de encuentro, un lugar de cooperación, un espacio donde podamos recuperar el valor del diálogo. Ellas constituyen, cada una con su identidad, la nueva plaza pública.

Lo dicho vale también para las universidades con ideario, como la Universidad de los Andes. En los 30 años desde su fundación, esta Universidad ha procurado estar presente en el diálogo público a partir de una identidad definida y, de ese modo, aportar riqueza y variedad. Esto resulta especialmente importante en una época en que la academia se encuentra amenazada por los dictados de lo políticamente correcto.

Por otra parte, frente a la cultura del descarte, que tantas veces ha denunciado el Papa Francisco, las universidades proponen la cultura del encuentro. Por eso, en vez de una mera adaptación, las universidades están llamadas a renovarse, para conseguir ser ese lugar de encuentro y diálogo que hoy aparece tan necesario.

Para estos efectos, no es del caso hacer diferencias si ellas son estatales o privadas, si están ubicadas en un campus único o en varios edificios en medio de la ciudad, si son de Santiago o de regiones. Lo más importante es que, en una época caracterizada por el cambio, las universidades pueden entregar a las nuevas generaciones algo que no cambia: el sentido de trascendencia y de misión; el pensamiento crítico; la capacidad de integrar conocimientos de distintas disciplinas e impulsar proyectos complejos; la expresión oral y escrita; el contacto con las grandes obras de la cultura humana y la capacidad de trabajar en equipo. Estas cualidades son muy valiosas en cualquier campo laboral y no se devalúan con el tiempo.

Precisamente, porque todo cambia tan de prisa y todo parece estar sometido a la lógica del descarte, las universidades pueden entregar a las personas una base sólida de formación general que evita que, a diferencia de las cosas, puedan verse afectadas por el riesgo de la obsolescencia.

José Antonio Guzmán Cruzat, Rector Universidad de los Andes

EL MERCURIO, 26-09-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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