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El periodismo “gacetillero” peruano

El periodismo “gacetillero” peruano

El periodismo “gacetillero” peruano

“Se lo mire por donde se lo mire, el periodismo moderno nació ligado al dinero, bien o mal ganado, y al poder, mal o bien ejercido, pero también a la literatura y, aunque es menos frecuente señalarlo, al café y al tabaco, drogas sublimes canonizadas por nuestra civilización”, escribió alguna vez Juan Luis Cebrián en su conocida obra “El pianista en el burdel”.

Siguiendo al reconocido periodista español, siempre las noticias raras y absurdas han gozado de un protagonismo admirable desde que se instalaron los precedentes más conocidos de la historia del periodismo moderno: los “gazzettanti” venecianos o los “cannard” parisinos. ¿Qué es esto de los “gazzettanti” también conocidos como “gacetilleros”? En la Venecia del siglo XVII, los gondoleros por lo general vendían por unas cuantas monedas, una “gazzetta”, esto es, unas hojas sencillas manuscritas en donde se comunicaban una variedad de hechos verdaderos, pero también falsos, hechos pintorescos o relevantes, calumnias y diversas denuncias, maledicencias, chismes en base a lo que los comerciantes que llegaban a la ciudad transmitían, de boca en boca, entre ellos mismos pero también entre los mercaderes, marinos, estibadores de los muelles y navegantes del puerto.

Estas hojas manuscritas cargadas de chismes, información veraz y no tan veraz, es lo que se desarrollaría con los siglos hasta lo que hoy en día se conoce como gacetas. De otro lado, en Francia aparece el “canard” parisino. Este término proviene del argot que en las imprentas francesas recibían los panfletos u hojas volantes en donde se imprimían chismes, rumores, medias verdades o mentiras completas y se hacían circular por todo Paris e, inclusive en las provincias francesas. A la gente le atraían y encantaban esas historias, muchas de ellas imposibles y absurdas, pero pagaba por ello, las conversaban y trataban con sus amistades como si se tratase de asuntos de importancia nacional. Como dice Cebrián: “Eso pone de relieve que los ciudadanos, entonces como ahora, prefieren la imaginación a la verdad a fin de que ésta no les disturbe demasiado”.

Ante esta especie de incipiente y naciente “periodismo” farandulero y de chismes -como hoy lo calificaríamos- los gobiernos en general de la época se dieron cuenta de lo útil que para sus intereses y fines de propaganda podrían servir estas gacetas. Fue así como los reyes, príncipes y demás gobernantes comenzaron a revestir estas gacetas de cierta “seriedad” e “importancia”, como si su contenido constituyeran “verdades sine qua non”. Para ello concedieron a determinados súbditos el privilegio de publicarlas e institucionalizarlas, lo cual le otorgó cierta “seriedad” u “oficialidad” a la “información” de estos volantes. Con estas medidas podría decirse, utilizando un término de hoy, que los “gazzettanti” se reinventaron o reciclaron y pasaron a constituirse en periódicos impresos adquiriendo cierta “seriedad” como prensa escrita. Ello no impidió, sin embargo, que aún se les siguiera llamando “gacetilleros” a todos aquellos “periodistas” irrelevantes, superficiales o que realizaban su “trabajo periodístico” sin ningún rigor informativo o profesional. Como bien destaca Cebrián: “…la profesión periodística tiene a la vez un origen canalla y un pedigrí regio, características que le han acompañado durante toda su historia”.

Posteriormente, a algún amante de la historia se le ocurrió identificar al periodismo con la mitología romana llamando “mercurios” a los diarios. Mercurio, al igual que el griego Hermes, era el dios romano del comercio y patrón de mercaderes y ladrones; en su versión helénica, era el mensajero de los otros dioses y protector de la elocuencia, convirtiéndose en padrino de mentirosos y cómplice de estafadores. A modo de ejemplos, cabe recordar el “Mercurio Peruano” fundando en el Perú a finales del XVIII, la “Gaceta de Lima” de la misma época, así como el actual “Mercurio” de Chile. Con el paso de los años, estas gacetas van manejando cada vez con más habilidad lo que hoy llamaríamos la “corrección política”, esto es, el sometimiento al poder de turno, un defecto que hasta el día de hoy, caracteriza a muchos de estos medios. Como bien sentencia Cebrián, “los periódicos que presumen de sus habilidades críticas contra el que manda, nadan demasiadas veces en las babas de la adulación”. Estas primeras gacetas se esforzaban todo lo posible más en constituirse en un producto barato que en ser creíbles y eran respetados no por decir la verdad sino por su relación con el soberano del momento. Su función principal era la de complacer a un público masivo con “noticias” de hondo contenido humano o “llenas de rabioso activismo político”.

La historia del periodismo cuenta cómo Lenin comprendió que un periódico era el mejor agitador colectivo imaginable y el mejor organizador político también. “Los movimientos de masa era lo suyo, pues eran la masa a la que se dirigían los periódicos, y quienes los fabricaban comprendieron desde el principio que el amor y la muerte, el sexo y la sangre han sido siempre las grandes verdades que han conmovido a la humanidad, independientemente de razas, religiones o clases sociales”, destaca Cebrián. Orson Wells demostraría en los cincuenta cómo a través de un medio de comunicación masiva como la radio y con su anuncio de una invasión de extraterrestres, se puede confundir realidad y ficción, verdad y mentira. Luego la televisión, el internet y las redes sociales tendrían efectos políticos insospechados. Con los años, los tronos, gobernantes y Estados se dieron cuenta que era necesaria su intervención, bajo la forma de permisos, licencias, concesiones administrativas, etc. a efectos de controlar mejor las libertades de prensa y por ende la de expresión. Hoy todos los medios son complementarios y cumplen un rol fundamental; el periodista se hizo más multidimensional, afincándose en el ámbito de la política en especial al percatarse que para la política es fundamental lo mediático.

Para concluir con esta breve historia de las gacetas y los gacetilleros, cabe preguntarse, ¿Acaso el periodismo peruano ha retrocedido a la Venecia del siglo XVII y nos hemos llenado de burdas gacetas y de gacetilleros? ¿Tenemos hoy en el Perú un periodismo “gacetillero”? Juzguen ustedes señores…

Alfredo Gildemeister. LA ABEJA, Perú, 26-09-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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