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“Reflexiones a gran altura, elevarse y salvaguardar la Creación”

“Reflexiones a gran altura, elevarse y salvaguardar la Creación”

“Reflexiones a gran altura, elevarse y salvaguardar la Creación”
septiembre 25

Ofrecemos la presentación que hizo el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, del libro “Riflessioni in alta quota”, editado por Mons. Leonardo Sapienza, en la Pontificia Universidad Lateranense, este 18 de septiembre

“No sé si las breves reflexiones que voy a compartir con vosotros serán “de gran altura”, como el título del volumen requeriría. Pero os puedo decir que ha sido estupendo dejarme llevar a altas cotas por las fotografías y las palabras del libro, que desean empujarnos hacia arriba. Hacia lo alto era el lema preferido del Beato Piergiorgio Frassati, al que le gustaba caminar en grupo por el monte para encontrar la belleza de compartir con los demás gozos y asperezas del recorrido, y el sentido de vivir, que consiste, precisamente, en ascender hacia lo Alto, con mayúscula.

Hacia lo alto era también una expresión utilizada por San Juan Pablo II, de quien recordamos su amor a la montaña, cuando, ante un espectacular escenario alpino, dijo: «Mirando las cimas de los montes se tiene la impresión de que la tierra se proyecta hacia lo alto, como queriendo tocar el cielo; en ese empuje el hombre siente de algún modo interpretada su ansia de trascendencia y de infinito» (Ángelus, 7-IX-1986). El Papa Benedicto añade, a propósito, que «en contacto con la naturaleza, la persona recupera su justa dimensión, se descubre criatura, capaz de Dios porque interiormente está abierta al infinito» (cita de la p. 90). La montaña, pues, puede representar la parábola de la vida, inclinada al infinito.

Sobre cómo llegar, vale tanto para la montaña como para la vida la cita, también de Juan Pablo II, recogida en la p. 12 del volumen: «Las grandes cumbres se alcanzan solo con el sacrificio». No quisiera decirlo por “deformación profesional”, como dando a entender que las buenas metas, como en la diplomacia, se consiguen casi siempre a través de un camino hecho de varias renuncias y mucha paciencia. En realidad, es experiencia concreta de cada uno que las cimas de la existencia se alcanzan a través del sacrificio.

Y es una conciencia que se entrena bien en contacto con la montaña: ¿quién de nosotros, al subir, no se ha preguntado el motivo de haber emprendido tanto esfuerzo, sobre todo cuando la cima parece no llegar nunca y, a lo largo del camino, el ardor inicial desaparece pronto? Pero luego, llegados a la cumbre y mirando abajo, quedamos atrapados por la sorpresa de ver los mismos paisajes de modo nuevo, como realidades que solo desde arriba, juntas, revelan su armoniosa belleza.

Y destaca ante los ojos otra enseñanza preciosa: desde lo alto se ve el sendero recorrido desde otra perspectiva. Se comprende que no se podía recorrer ningún otro, que para alcanzar la meta no se podía acortar el camino. Así es en la vida: solo manteniendo una perspectiva alta se puede dar un sentido unitario al cansancio que el camino de cada día requiere; solo a través de las curvas de los sacrificios, la fuerza de voluntad para progresar juntos, el ánimo mutuo y la paciencia diaria de acercarse al Cielo, se llega, paso a paso, a tocar el infinito al que hemos sido creados.

No es, pues, casualidad que los momentos “salientes” de la historia de la salvación Dios los haya ambientado en los montes: en el Sinaí, donde dio a Moisés las palabras de la Ley, en el Carmelo, donde reveló por medio de Elías su unicidad y santidad, los ejemplos serían muchos antes de Jesús. El cual en la altura tuvo su primer y más célebre discurso, llamado precisamente “de la montaña”, para luego mostrar su gloria transfigurándose en el monte Tabor y cumplir toda Escritura en el Calvario; para ascender finalmente al cielo desde el Monte de los Olivos.

En definitiva, parece que Dios para revelarse haya dado cita a la humanidad en lo alto. Porque solo separándose del vivir “terreno”, horizontal, el hombre encuentra bases de vida realmente estables, fundadas en el cielo más que en la tierra, arraigadas en las cosas de arriba en vez de en las de abajo (cfr. Col 3,1), más en la sed de infinito al que aspiramos que en las cosas finitas por las que nos afanamos. Lo esencial puede entonces condensarse en las palabras de Juan Pablo I: «Hay que tener más hambre de santidad, más nostalgia por las cumbres» (cita de la p. 52).

Dando la voz a algunos de los Papas citados en el texto, no he mencionado la Laudato si’, que constituye el hilo conductor del volumen, hasta el punto de que este parece casi la trasposición a imágenes de la Encíclica. No me detendré en ello porque el Rector ofrecerá ideas oportunas sobre un documento muy actual, que nos llama a preocuparnos por la creación. Solo quisiera evocar una imagen que creo tenemos todavía en los ojos, aunque ya no se pueda recoger en ningún volumen. Porque si los buenos fotógrafos que inmortalizaron algunos de los bosques más característicos del Trentino y del Véneto volviesen hoy, no podrían sacar las mismas instantáneas. Encontrarían los restos de lo pasado hace un año: tierras devastadas y desoladas, donde antes había millones de árboles con maderas preciosas y en algunos casos únicas. Se trató de una catástrofe natural, pero que no puede dejarnos sin reflexionar sobre las causas profundas de los desequilibrios climáticos a los que cada vez más a menudo asistimos. El Papa Francisco repite que mientras Dios perdona siempre y el hombre a veces, la naturaleza nunca perdona. Y las culpas que no perdona son exclusivamente nuestras. Muy frecuentemente es la ciega avidez de dinero lo que impide ver más allá de las ganancias inmediatas, dejando caer en el olvido el porvenir de las generaciones futuras y, pensando en las montañas, las nefastas consecuencias ligadas al deshielo de los glaciares y a la tala salvaje de los árboles. Basta pensar en el drama de la deforestación amazónica.

Nuestro volumen se abre con un aforisma de la antigua cultura china: «¿Cómo puede permanecer bella la montaña, cuando cada día se le quita algo? ¿Cómo puede permanecer bella una selva, si cada día el leñador tala un árbol?».

Las Reflexiones de altura podrán ayudar al lector a elevarse, incluso provocándolo a comprender que es su deber salvaguardar la creación, que no es simplemente algo externo a la vida, sino, en cierto sentido, la representación de nuestro mundo interior, con su belleza por cultivar y conservar y sus sombras que prevenir y contrarrestar.

También el Papa Francisco, en el reciente Mensaje para la Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación del 1 de septiembre, habla de un libro. Acudiendo a la sabiduría franciscana, describe el ambiente que nos rodea como «el primer “libro” que Dios abrió ante nuestros ojos, para que admirando la variedad ordenada y hermosa fuésemos reconducidos a amar y alabar al Creador». «En ese libro ─prosigue─ toda criatura se nos ha dado como una palabra de Dios», audible en el silencio y en la oración. Añadiría que en el libro de la creación las montañas son las palabras más altas. Creo así que las casi doscientas páginas del volumen que presentamos hoy serán consejos para ayudarnos a encontrar en la creación, como dijo Santa Teresa de Calcuta, ese “poema de Dios que predica ternura” (cita de la p. 126).

Por último, pero no en importancia, una palabra de agradecimiento, sentimiento que nace espontáneo con tan solo hojear rápidamente el volumen. El gracias, antes que a los autores, va al Autor remoto, al Creador «por las bellezas de las montañas y bosques, que llevan en sí ─como dijo Juan Pablo II (cita de la p. 16)─ la visibilidad de lo invisible».

Y un aplauso ciertamente a cuantos han ideado, cuidado y publicado un libro que permite tener entre las manos imágenes y palabras que nos ayudan a contemplar las maravillas de la creación.

Fuente: vatican.va.

Traducción de Luis Montoya.

ALMUDI, 19-09-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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