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La inmigración, a puerta cerrada

La inmigración, a puerta cerrada

La inmigración, a puerta cerrada

El presidente francés está preparando a sus huestes para las elecciones municipales del próximo marzo. Allí se verán las caras con el Rassemblement National (RN) de Marine Le Pen, partido de derechas que desde hace tiempo ha hecho de la inmigración uno de sus caballos de batalla. Macron, cuyo partido es visto como el de las clases urbanas acomodadas y liberales, ha tenido el mérito de reconocerlo: “La cuestión es saber si queremos ser un partido burgués o no. Los burgueses no tienen ningún problema [con la inmigración]. No se la cruzan por la calle. Las clases populares viven con ello”.

“Hay que mirar la inmigración de frente”. “La izquierda ha abandonado el tema durante años”. “Las redes de traficantes han desviado nuestro derecho de asilo de su finalidad”. “En ciertos barrios hay una secesión respecto a la República”. No, no es Trump, es Macron. No lo ha dicho en un tuit estentóreo en Twitter, sino a puerta cerrada, ante los parlamentarios de su partido (LREM). Pero en estos tiempos de micrófonos y grabadoras omnipresentes, todo se sabe y acaba en la prensa. Lo que lleva a preguntarse por qué de dos presidentes alarmados ante la inmigración, uno es calificado de xenófobo y otro de liberal.

El presidente francés está preparando a sus huestes para las elecciones municipales del próximo marzo. Allí se verán las caras con el Rassemblement National (RN) de Marine Le Pen, partido de derechas que desde hace tiempo ha hecho de la inmigración uno de sus caballos de batalla. Macron, cuyo partido es visto como el de las clases urbanas acomodadas y liberales, ha tenido el mérito de reconocerlo: “La cuestión es saber si queremos ser un partido burgués o no. Los burgueses no tienen ningún problema [con la inmigración]. No se la cruzan por la calle. Las clases populares viven con ello”.

Ciertamente, no se ve el problema igual desde los Campos Elíseos que desde las periferias de la banlieue. Las clases populares viven en los mismos barrios que los inmigrantes, compiten por los mismos puestos de trabajo, llevan a sus hijos a escuelas donde gran parte del alumnado son hijos de familias venidas de fuera, conviven con costumbres extrañas a la sociedad francesa… No hay por qué pensar que la convivencia entre nacionales e inmigrantes sea imposible, ni que los extranjeros sean solo una fuente de conflictos. Pero negar que hay problemas y despachar a los que los señalan con descalificaciones de “xenófobos” es cerrar los ojos a la realidad.

Macron quiere que sus parlamentarios los abran. “Durante décadas, ha dicho, la izquierda no ha querido ver este problema. Así que las clases populares han migrado hacia la extrema derecha”. La realidad es que el RN es hoy el primer partido de lo que antes se llamaba la clase obrera y votaba a la izquierda. En las últimas contiendas electorales, el voto al RN ha estado en torno al 25%, y en las presidenciales Le Pen alcanzó más de un 33%. Con ese voto popular, hasta resulta extraño calificarlo como partido de “extrema derecha”. Cuando un extremo ocupa cada vez más espacio, deja de ser extremo. A no ser que consideremos extremista a uno de cada tres franceses.

No se ha publicado el discurso completo de Macron. Pero todo indica que no ha dicho a sus correligionarios que vayan a los barrios populares a explicar las ventajas de la diversidad, el enriquecimiento del multiculturalismo, y la necesaria tolerancia. Por el contrario, ha advertido: “En algunos barrios, aumenta la secesión respecto a la República. Hay que afrontarlo”. En algunos sitios, el multiculturalismo se parece cada vez más a la separación. Reconocer un problema que el RN ha explotado no significa aceptar las mismas soluciones. Lo que no se puede hacer es mirar hacia otro lado.

Y tras mirar las estadísticas, Macron comprueba que la cifra de solicitantes de asilo en Francia ha pasado de 100.000 en 2017, cuando empezó su presidencia, a 130.000 en 2019. Y diagnostica: “Creo que las redes

[de traficantes]

han desviado nuestro derecho de asilo de su finalidad”. Salvini aplaudiría.

También Trump lleva tiempo diciendo que las solicitudes de asilo en EE.UU. se han desvirtuado. Lo que estaba pensado para proteger a personas perseguidas por sus ideas en los países de origen, se invoca ahora por miles de candidatos que quieren dejar atrás la pobreza y la inseguridad, para beneficiarse del mayor bienestar en EE.UU. Una aspiración comprensible, pero que no otorga de por sí un derecho.

Para enmendar esta deriva del derecho de asilo, la Administración Trump estableció una nueva política, según la cual se denegará el asilo a todo el que pase a través de otro país en su camino hacia EE.UU. sin pedir antes asilo allí. Muchos inmigrantes de Centroamérica y de otros sitios que transitan por México para tratar de llegar al paraíso americano, ya no tendrán derecho a solicitarlo.

Cuando se anunció la nueva política el pasado julio, los críticos dijeron no solo que era inmisericorde y xenófoba, sino claramente “inconstitucional”; un tribunal federal la paralizó y el asunto llegó al Tribunal Supremo. Pero el más alto tribunal ha dado luz verde para que se apliquen las restricciones al asilo, mientras se sustancian los casos en tribunales inferiores. “¡GRAN VICTORIA en la Corte Suprema de los Estados Unidos sobre asilo en la frontera!”, tuiteó Trump. Y como la sentencia favorable fue por 7 a 2, tampoco puede decirse que es una consecuencia de los nombramientos de jueces “conservadores”.

No es la primera vez que una medida de Trump, tildada rápidamente de inconstitucional por sus críticos y paralizada por algunos jueces, es luego refrendada por el Tribunal Supremo. Así ocurrió también en 2017, con la política de prohibir o restringir la entrada de ciudadanos de seis países de mayoría musulmana, más Corea del Norte y Venezuela, medida que obtuvo la aprobación del Tribunal. Da la impresión de que Trump cuenta con buenos asesores jurídicos.

Otra cosa es que esas políticas sean oportunas o que vayan a evitar la “invasión” de extranjeros. Puestos a comparar, en 2017 la población residente en EE.UU. nacida en el extranjero era el 13,4% de la población total (aunque luego hay más de diez millones de inmigrantes indocumentados). En Francia, en 2018, era el 9,7% de la población, incluyendo a los inmigrantes nacionalizados y a los de pasaporte extranjero. Y ya el 64% de los franceses, según una reciente encuesta del instituto Ipsos, piensan que “hay demasiados extranjeros”.

Ahora, con la vista puesta en las elecciones, Macron ha pedido a sus parlamentarios que atiendan especialmente a los problemas de inmigración y seguridad. Lo ha dicho a puerta cerrada, no vayan a pensar que es un conservador tipo Orban o Trump. Quizá para disculparlo, los analistas dicen que lo ha hecho para frenar a la extrema derecha de Le Pen. Como si dijeran, “no os preocupéis, que es solo una promesa electoral”. Pero parece que, por esta vez, el discurso sobre la inmigración exige mirar a la realidad.

Ignacio Aréchaga. ACEPRENSA, 19-09-2019

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—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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