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Érase una vez en Hollywood: Tarantino juega a ser Dios

Érase una vez en Hollywood: Tarantino juega a ser Dios

Érase una vez en Hollywood: Tarantino juega a ser Dios
septiembre 25

Protagonizada por Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, la novena película del director regresa a Los Angeles de 1969 como tributo al último aliento de la época dorada de Hollywood

Pocos trabajos se parecen más a jugar a ser Dios que dirigir una película, sobre todo si uno tiene un buen presupuesto y la posibilidad de hacer lo que le da la gana. Pocos directores pueden disponer de lo primero casi sin límite y tienen lo segundo garantizado como Quentin Tarantino, cuya última película ni siquiera se anuncia como una “película de” sino como “la novena película de”. Un honor insólito que viene a demostrar el respeto y la admiración universales que despiertan una cinematografía que goza del favor casi unánime de la crítica y es al mismo tiempo muy popular entre el público. Cineasta posmoderno por excelencia, Tarantino hace cine de cine y reflexiona con sus imágenes sobre el significado de los iconos para darles una nueva lectura que sea más reveladora que la propia verdad y en este caso quiere viajar hacia la pureza del origen, cuando el mundo parecía más bello aunque no fuera menos terrible. En esta ocasión, se trata de usar el espantoso asesinato de la actriz Sharon Tate, esposa entonces de Roman Polanski, y otras cuatro personas que estaban con ella en su casa, en la fatídica noche de 1969 a manos de una pandilla de descerebrados dirigidos por el ominoso Charles Manson.

Ese brutal asesinato conmocionó Hollywood y el mundo de una manera profunda, terminando de manera simbólica con los felices 60 que convirtieron California en el paraíso hippie. Una época de felicidad tan efímera como influyente en la cultura (solo en ese 1969 fatídico se publicaron más discos fundamentales para la historia de la música de los que probablemente saldrán en toda esta década) que acabó de manera amarga para dar paso a la revolución neoliberal de los 70 que culminaría Reagan. Estamos, pues, en territorio mítico, en el año del festival de Woodstock y de Janis Joplin, de los Doors, Jimi Hendrix y los viajes a la India de los Beatles. Es la época en la que Hollywood también cambió, dejando atrás la era de los grandes estudios que habían marcado la época dorada para dar la bienvenida a un nuevo cine más libre, más radical y político que protagonizaron cineastas como Coppola, Scorsese o Dennis Hopper.

A Tarantino no le gusta cómo fueron las cosas en el siglo XX como pudimos comprobar en aquella Malditos bastardos (2009) que terminaba con un asesinato de Hitler que, por desgracia, nunca sucedió. Conviene no adelantar el final de esta magnífica película pero sí puede decirse que el director imagina un desenlace distinto para los felices 60 en un claro homenaje al espíritu de libertad y cierta locura de un tiempo muy marcado por las recientes atrocidades del fascismo que buscó en lo contrario, la tolerancia, el amor libre y las drogas psicodélicas una vía de escape al horror vivido. Si hacer cine se parece a hacer de Dios porque uno pueda hacer que llueva, nieve, salga el sol o el protagonista acabe nadando en la abundancia o en la más absoluta miseria, la “diosada” definitiva es no solo jugar con la narración a su antojo sino también cambiar acontecimientos históricos de sobra conocidos y que nos lo sigamos creyendo aunque todos sepamos que Hitler se acabó suicidando después de arrasar Europa y perpetrar el mayor genocidio conocido o, en el caso que nos ocupa, la masacre que se vivió en Hollywood Hills.

En este contexto, Tarantino presenta su película menos violenta salvo el brutal final y más atenta a describir una época y unos personajes que son, como lo somos todos, un producto de ella. Los protagonistas son Leonardo DiCaprio en la piel de una estrella de westerns televisivos que siente que sus mejores días han pasado y su doble en las escenas de acción, Brad Pitt, un cincuentón con cicatrices en el cuerpo y un pasado oscuro que es “algo más que un amigo y algo menos que una esposa” como se dice en el propio filme. Esa amistad entre dos hombres que sienten que sus mejores días han pasado es la base de un filme portentoso que nos habla, precisamente, del fin de la modernidad y el principio de la posmodernidad, del momento en el que todo se convirtió en tradición o plagio porque a partir de entonces Hollywood ya fue otro y su glorioso pasado dejó de ser una cosa viva para devenir en un sueño. Un sueño roto. Un Hollywood posmoderno y cínico que sí vemos en la gran obra maestra de Tarantino, Pulp Fiction (1994), con la que este Érase una vez en… Hollywood mantiene un apasionante diálogo plagado de claves sobre el devenir del propio cine y la historia de la humanidad.

Con ritmo lento, atento a las vicisitudes de unos personajes que se enfrentan a la madurez sintiéndose débiles porque son actores y la edad es cruel para ellos, Tarantino rinde homenaje a toda una forma de entender la cultura y la propia vida que tiene que ver con el entretenimiento, con la magia, con la fantasía, con la capacidad del cine para crear imaginarios que aunque sean mentira tienen la capacidad de deslumbrarnos y transformarnos, convirtiéndose en nuestra cabeza en realidad a veces más reales que la vida misma. Hay muchos rodajes, muchas escenas entre bambalinas y muchos productores, actores y maquilladores en esta película enigmática y polisémica en la que Tarantino reivindica que la vida es fantasía o es nada. Porque al director, como a todos los artistas, la realidad le duele. Como diría otra leyenda de Los Angeles, Tupac Shakur: “La realidad está equivocada/ Solo los sueños son reales”.

Juan Sarda. @juansarda EL CULTURAL, España

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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