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¿Cuántos más, Peña?

¿Cuántos más, Peña?

¿Cuántos más, Peña?

El problema del priista es que no entiende que nunca entendió y que sigue sin entender

Una vez más, Enrique Peña Nieto fue noticia esta semana, y como lo ha sido desde hace muuucho tiempo, no por causas buenas. En esta ocasión, se le vio cenando en un restaurante japonés en NY con su novia ¡disfrazados de hippies! O algo parecido.

El problema del priista es que no entiende que nunca entendió y que sigue sin entender. En su momento no supo ni enfrentar la irritación social ni leer el hartazgo ciudadano ante la atascada corrupción que imperaba en su administración. Hoy parece vivir en una realidad paralela en la que los funcionarios de su gobierno no son perseguidos y no están en el ojo del huracán.

Pero entonces, ¿tenía que esconderse y retirarse al Himalaya? La respuesta es simple: esconderse no, retirarse sí. Aplicar la máxima de sus correligionarios priistas, de que después de gobernar calladitos se veían más bonitos y que el bajo perfil era su mejor amigo. Si bien el exmandatario ha guardado total silencio para defender sus reformas estructurales o sus decisiones de gobierno, que hoy son consideradas como mismísimo eje del mal, hay que recordar que una imagen vale más que mil palabras.

No es necesario que tenga la incontinencia verbal o tuitera de Vicente Fox para dejarse oír. Una foto en España, NY, Bruselas o en elegantes eventos sociales gritan lo que seguramente el exmandatario quiere decir: “Tengo mucho dinero, me puedo dar una vida de expresidente priista, una preciosa joven que me acompaña e impunidad, y aquí les pregunto, ¿qué hubieran hecho ustedes? Ni modo que no aprovechar”.

¿Cuántos funcionarios más perseguidos, en la cárcel o investigados de la anterior administración harán falta para que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador fije su mirada en el expresidente? Todos los caminos conducen al priista. Las acusaciones, confabulaciones y estafas que hoy enlodan a miembros de su gabinete tienen el mismo origen y el mismo final: él.

Pero a pesar de que López Obrador ha dicho que es muy difícil que un Presidente no sepa lo que pasa en su gobierno, que en la pasada administración se fraguó la más escandalosa corrupción y se gestó el huachicoleo en todos los niveles y en todas las áreas, no pasa nada. Cada vez que se le pregunta al tabasqueño si enjuiciaría a los expresidentes, responde: “Si es indispensable se hace, pero yo no creo que debamos estar anclados en el pasado, debemos ver hacia adelante, sólo que sea mucha la exigencia de la gente”.

Por una inexplicable razón, Peña Nieto no ha sido tocado ni con el pétalo de una investigación. Lo mismo sucede con quien fue considerado el hombre más poderoso del sexenio pasado, su álter ego, el poderoso secretario Luis Videgaray.

¿Cuántas escenitas tipo NY aguantará más el gobierno federal? sabiendo que cada vez más, la población está convencida de que si Peña Nieto no está siendo investigado es porque hubo un acuerdo con el gobierno entrante que le garantizaba que sería intocable.

¿Cuántas fotos con su novia Tania Ruiz felices de la vida, sonriendo, agarraditos de la mano, haciéndose piojito bastarán para que sus exfuncionarios no terminen con el hígado destrozado, pues, mientras seguramente más de uno estará consultando abogados, revisando expedientes, con el Jesús en la boca, mirando al cielo y preguntándose ahora, ¿seré yo, señor? a él se le ve sonriente, feliz, feliz, feliz.

¿Cuántos escándalos más o ridículos serán suficientes para que el expresidente siente cabeza? Desde que estaba en el gobierno, su vida personal se convirtió en parte de la comidilla diaria de propios y extraños. Sus noviazgos, matrimonios, peleas y divorcio ocuparon, de manera discreta, primero y más abierta después, varias pláticas de sobremesa. La frivolidad era el sello de la casa. Eso, por lo visto no ha cambiado.

Columna de Vianey Esquinca. EXCELSIOR, México, 22-09-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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