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Hace 80 años

Hace 80 años

Hace 80 años

Tal día como hoy hace 80 años el ejército del III Reich invadió Polonia. Se suele considerar que este fue el punto de inicio de la II Guerra Mundial, pero podríamos ver las cosas con una perspectiva algo más amplia.

Por una parte, la guerra ya había comenzado en Asia en 1937 cuando el Imperio japonés invadió la República de China. En septiembre de 1939, por ejemplo, las tropas japonesas ya habían perpetrado hacía más de un año la masacre de Nankín. Mataron, según las estimaciones más bajas, a más de cien mil chinos. Los japoneses ya habían tomado Pekín y Shanghái. El ejército de la república y las tropas del Partido Comunista luchaban en el interior del país. La ocupación japonesa de parte del territorio de China se prolongaría hasta 1945.

Por otro lado, hay un camino que condujo a la guerra. No comenzó sin más un día en que las tropas japonesas o las alemanas invadieron China o Polonia. En este sentido, es bueno recordar aquello que escribía Peter Handke sobre la “prehistoria” de un conflicto. La carrera armamentística, agosto de 1914, el horror de la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la fractura de las sociedades europeas en el periodo de Entreguerras… Podríamos señalar muchos hitos de esa carretera tenebrosa que condujo a la invasión de Polonia por los ejércitos de la Alemania nazi y la Unión Soviética en septiembre de 1939.Mark Mazower agrupó el estudio del periodo que va desde la Gran Guerra hasta la caída del comunismo en un libro titulado “La Europa negra”. Quizás sea una forma muy acertada de mirar al siglo XX.

La ruta al espanto de aquella guerra que comenzó en Europa hace ahora 80 años no partió de un cuartel, sino de cervecerías como la Bürgerbräukeller, desde la que Hitler intentó el “putsch” contra la República de Weimar. Pasó por los juzgados y las tribunas en que la tibieza de los jueces y los políticos permitió que Hitler cumpliese una condena simbólica que hizo de él un mártir sin que pagase por su delito. Se bifurcó en las redacciones de los periódicos y las revistas que veían en los nazis un símbolo de la modernidad y no un atajo de traidores a ella. Ese sendero que conduce a Auschwitz, a Treblinka y a Babi Yar lo transitaron masas enfervorizadas con antorchas en la mano que soñaban con un Reich que durase mil años. Al igual que el fascismo y el comunismo, el nazismo despreciaba la vida porque ninguna vida humana valía, a su juicio, más que el ideal de la raza, la nación o la revolución.

Las democracias burguesas vacilaron en lugar de hacer frente al nacionalsocialismo. Trataron de transigir, de apaciguar y de satisfacer a quienes no querían transacciones, ni satisfacciones ni más acuerdos que la rendición ante el nuevo orden que los nazis encarnaban. En el altar del posibilismo y de la “paz” -no dejen de observar las comillas- se sacrificó a los alemanes y los austriacos demócratas, a los checos, a los polacos y a millones de otros europeos que sufrieron la ocupación nazi y, en algunos casos, también la soviética.

Hoy es un día de conmemoración y de solemnidad.

En Polonia, que fue la primera en combatir contra los nazis en el campo de batalla, no hay familia que no tenga un caído, un herido, un prisionero, un deportado a un campo de concentración nazi o a uno soviético. Sería una injusticia pensar que los polacos cedieron terreno sin más. Durante semanas, trataron de contener el avance de un ejército, primero, y de dos -el alemán y el soviético- después, mientras esperaban una ayuda de los aliados que nunca llegó.

El gran músico polaco Henryk Górecki se inspiró para su obra más famosa -la Tercera Sinfonía (Opus 36), llamada “de las lamentaciones”- en un mensaje escrito en el muro de una cárcel de la Gestapo en Zakopane, en los montes Tatras cerca ya de la frontera con Eslovaquia: «Oh, mamá, no llores. Inmaculada Reina del Cielo, socórreme siempre». En esa misma composición, incluyó también un canto del siglo XV a la Virgen María en que ella le dice a su hijo: «Oh, hijo mío, el Amado y Elegido, comparte tus heridas con tu madre».

Esa sinfonía suena mientras termino de escribir estas líneas.

Ricardo Ruiz de la Serna, Analista político

EL IMPARCIAL, España, 01-09-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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