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EL CUENTO DEL LORO

EL CUENTO DEL LORO

EL CUENTO DEL LORO

Lillian Calm escribe: “Ahora fue el novel y polémico primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, quien nada menos que en el Elíseo y en plena conversación con el mandatario francés Emmanuel Macron apoyó uno de sus zapatos sobre la pequeña mesa de centro. Ni la May, ni tampoco la Thatcher, ni menos Churchill habrían llegado a esos extremos, pero parece que estamos en un mundo de extremos. Tan de extremos que, solo días después, el mismo Johnson decidió suspender el tradicional Parlamento británico”.

Inolvidable como anécdota, mala educación y aspaviento político resulta recordar al líder de la entonces Unión Soviética, Nikita Kruschev, golpeando con uno de sus zapatos su estrado de delegado en una Asamblea de Naciones Unidas en Nueva York.

Los tiempos han cambiado, pero no deja de llamar la atención que casi sesenta años después un zapato vuelva a emerger en las relaciones internacionales. Ahora fue el novel y polémico primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, quien nada menos que en el Elíseo y en plena conversación con el mandatario francés Emmanuel Macron apoyó uno de sus zapatos sobre la pequeña mesa de centro. Ni la May, ni tampoco la Thatcher, ni menos Churchill habrían llegado a esos extremos, pero parece que estamos en un mundo de extremos. Tan de extremos que, días después, el mismo Johnson decidió suspender el tradicional Parlamento británico.

No sé por qué pero todo esto me hizo recordar una situación absurda que no hace mucho pude observar con mis propios ojos en un último viaje a Inglaterra. Nada tiene que ver con el zapato de Johnson, pero sí con que lo insólito está invadiendo poco a poco hasta la otrora flemática Inglaterra. Y pienso que el mejor título para lo que viene es simple y llanamente “el cuento del loro”.

Tenía el mejor recuerdo del cambio de guardia en el palacio de Buckingham. Tal vez uno termina idealizando las imágenes de hace décadas y eso me movió, al querer rememorarlas, a acudir puntualmente a observar los pasos de los Royal Guards.

Llegué en punto o con unos minutos de adelanto, porque en Gran Bretaña en punto significa en punto. Pero la verdad es que me pegué la lata de las latas… O me la habría pegado si no hubiese sido por el loro.

El preámbulo del cambio de guardia, en que unos iban y otros venían y los que habían ido volvían y los que venían se iban, fue largo, muy largo, pero de pronto, apegada a las rejas de Buckingham, divisé un pajarraco verde (tiene que haber sido loro, aunque mis conocimientos ornitológicos, reconozco, son escasos) que se paseaba en la explanada interior del Palacio donde se proyectaba el tan esperado cambio de guardia.

Nada de marcial el loro caminaba (seguramente tenía las alas cortadas) de un extremo a otro, yo diría que más bien a paso cansino, lo que no dejaba de tener su riesgo pues de un momento a otro podían venírsele encima los imponentes Royal Guards, pisarlo y adiós loro.

Pero parece que el loro sabía que los humanos estamos, y no sin razón, en la era de la ecología. Con seguridad conscientes del tema, oficiales de alta graduación que no tenían la obligación de marchar, sino al parecer solo de inspeccionar la tropa, en vez de tener los ojos puestos en su contingente, no perdían de vista al loro. Se advertía su preocupación y que lucubraban sofisticadas movidas estratégicas para salvar la situación.

Cuando los guardias ya se iban a acercar con marcialidad, seguramente concientizados en el cuidado de la flora y la fauna, un uniformado se acercó al loro y se agachó frente a él por supuesto sin conseguir ponerse a su altura. Pero el loro lo observó más bien con displicencia y siguió su camino entre los uniformados que estaban a punto de arrasar con el loro y también con el audaz uniformado.

El pájaro no se inmutó ni aceleró el paso. Fue como si supiera que, reitero, en tiempos tan ecológicos nadie estaba dispuesto a pisarlo. Ni siquiera a pasarlo a llevar y se puede decir que hasta desafió a los gallardos guardias uniformados de rojo, con sombrero de piel de oso, que avanzaban como un solo hombre sin temor a nadie ni a nada, salvo al loro.

Un grupo de escolares llevados especialmente a Palacio para observar el cambio de guardia a estas alturas solo tenían ojos para el… loro.

El pajarraco no cambió el paso, pero se dio media vuelta y siguió caminando impertérrito, al mismo ritmo cansino, por la explanada frontal del palacio de Buckingham, obviando eso sí en un último segundo al pelotón. Así fue: hubo que esperar que el loro se diera media vuelta para que el batallón avanzara.

En realidad el cambio de guardia en Buckingham Palace habría sido la lata de las latas sin el cuento del loro.

Pero ahora no puedo dejar de pensar: ¿cuál habría sido la reacción de la reina Victoria si hubiera sabido lo del loro? ¿Y lo del zapato del Primer Ministro sobre la mesita  del Palacio del Elíseo? ¿Y la decisión de Johnson de suspender el Parlamento?

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 5-9-2019

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