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Cómo afrontar la crisis a mitad de la carrera profesional

Cómo afrontar la crisis a mitad de la carrera profesional

Cómo afrontar la crisis a mitad de la carrera profesional
septiembre 05

Hace unos ocho años me descubrí viviendo un cliché. Como profesor titular de Filosofía en una universidad prestigiosa, tenía la carrera de mis sueños. La logré pasando por la facultad, por la empinada cuesta de “publica o muere” y por el estrés en pos de la titularidad y la promoción. Tenía mujer, un hijo y una hipoteca. Hacía lo que me encantaba, y sin embargo, la perspectiva de hacer más de lo mismo, semana tras semana, año tras año, comenzó a resultarme opresiva.

Terminaría el artículo que estaba escribiendo; conseguiría publicarlo; escribiría otro. Daría clase a esta promoción de alumnos; se graduarían y seguirían delante; vendrían otros. Mi carrera se extendía ante mí como un túnel. Tenía la crisis de mitad de la vida.

Pronto descubrí que no era el único. Cuando confié mi apuro a mis amigos, me contestaron con bromas, pero también con historias similares de sensación de queme, parálisis e insatisfacción en medio de un aparente éxito. Ustedes quizá hayan oído lo mismo de mentores o compañeros. Quizá incluso estén viviéndolo. Muchas investigaciones recientes confirman que la mediana edad es la etapa más difícil de la vida.

La satisfacción vital es alta en la juventud, toca fondo mediados los cuarenta años y remonta cuando nos hacemos mayores

En 2008, los economistas David Blanchflower y Andrew Oswald concluyeron que la satisfacción vital tiene la forma de una U de curva suave: es alta en la juventud, toca fondo mediados los cuarenta años y remonta cuando nos hacemos mayores. La pauta se repite en todo el mundo, y afecta a hombres y mujeres. Y se mantiene aun descontado el efecto de otras variables, como la paternidad. La curva es suave, pero significativa: la caída media de satisfacción entre los 20 y los 45 años es comparable a la provocada por un despido o un divorcio.

Los datos sobre satisfacción vital concuerdan con investigaciones anteriores referidas específicamente al trabajo. Un artículo de 1996, basado en una encuesta a más de cinco mil empleados británicos, halló que la satisfacción laboral también tiene forma de U con curva suave, aunque el nadir se da antes, hacia los 39 años. Y Elliot Jacques, el psicoanalista que acuñó la expresión “crisis de la mitad de la vida” en 1965, aludía no a pacientes de mediana edad con aventuras extraconyugales, sino a virajes bruscos en la vida creativa de artistas de todos los tiempos, de Miguel Ángel a Gauguin, que se sentían desilusionados con su obra anterior.

Los motivos de la crisis

Los motivos de la “crisis de mitad de carrera” no son bien comprendidos. ¿Por qué a mitad de la vida se resiente la satisfacción con el trabajo? A juzgar por mi propia experiencia, y por conversaciones con amigos, hay múltiples factores: la reducción de opciones, el inevitable lamento por las oportunidades perdidas y la tiranía de proyectos sucesivamente cumplidos y reemplazados por otros.

Acudí a la filosofía en busca de ayuda, y descubrí que, aunque rara vez se refieren expresamente a la crisis de la edad madura, filósofos antiguos y modernos ofrecen recursos para examinar cómo se desarrolla la carrera profesional y nuestra actitud hacia ella. Esos recursos son terapéuticos, pero también diagnósticos. Pueden ayudar a saber si el malestar a mitad de carrera es signo de que uno necesita cambiar lo que hace o de que necesita cambiar el modo de hacerlo. Un cambio drástico puede ser bueno, pero no siempre es viable, y hay terapias contra la frustración y la desilusión que pueden facilitar un nuevo crecimiento aunque uno se quede donde está.

Algunas de las luces que recogí en la filosofía se refieren a la dificultad de aceptar lo que uno no puede cambiar. A medida que la vida avanza, las posibilidades se diluyen, las opciones se estrechan y las decisiones pasadas imponen condicionamientos que nos limitan. Aun si subestimamos lo que aún podemos hacer, no podemos eludir el hecho de que toda elección supone excluir alternativas. Suele ser a mitad de carrera cuando percibimos las vidas que ya no viviremos y el pesar por haberlas dejado escapar.

En mi caso, por un tiempo quise ser médico, como mi padre; luego pensé ser poeta; para cuando fui a la universidad, había escogido la filosofía. Los quince o veinte años siguientes no pensé mucho en alternativas; es más fácil avanzar en los estudios si uno no lo hace. Pero a los 35 años, tras haber saltado las vallas de la carrera de obstáculos académica, me detuve para tomar un respiro… y me di cuenta de que nunca llegaría a hacer muchas de las cosas a las que había aspirado. La carrera académica es extraordinariamente lineal y difícil de abandonar. ¿Quién deja la titularidad por las buenas? Siendo realista, a esas alturas no iba yo a dar un volantazo y matricularme en Medicina o convertirme en poeta. Más adelante pasaría de la Universidad de Pittsburgh al MIT, pero no abandonaría la vida académica.

Ocasiones desaprovechadas

Ustedes, probablemente, han conocido una carrera más sinuosa. A los 40 años, el profesional medio ha tenido una mayor variedad de puestos. Pero el aspecto fundamental es el mismo. Cuando echamos la vista atrás, evocamos –unas veces con alivio, pero otras, con pesar– los caminos que no tomamos. ¿Puede ayudarnos la filosofía a hacer las paces con eso?

Creo que sí. Nos ayuda reconfigurando los términos del arrepentimiento. ¿Por qué tenemos una sensación de pérdida por las vidas no vividas o las profesiones que no ejerceremos? Así nos ocurre, aunque las cosas vayan bien, porque los bienes que se alcanzan mediante opciones diferentes no son los mismos. Las actividades valiosas lo son de distintas maneras. Pongamos un sencillo ejemplo. Esta noche, usted podría ver a un humorista en el teatro o ir al primer partido de la Serie Mundial. Incluso si usted sabe que el béisbol es la opción adecuada para usted, no deja de experimentar una pequeña pérdida: si el humorista tiene aquí una función única, no podrá verle actuar.

Sentir que se ha perdido algo por haber descartado opciones es la consecuencia inevitable de algo bueno: ser capaz de ver valor en muchos trabajos

Con respecto a la carrera profesional, se da un arrepentimiento que es el mismo fenómeno a mayor escala. Tal vez no sienta usted remordimiento cuando dos empresas le ofrecen puestos semejantes y usted acepta el mejor pagado de los dos, pero es razonable tener sensación de pérdida cuando usted escoge trabajar en finanzas en vez de en moda, aun si está seguro de haber tomado la decisión correcta.

Esto muestra que el arrepentimiento no tiene por qué implicar que algo estuvo mal. Aun cuando los resultados son halagüeños, hay cierto arrepentimiento que es justo, no algo indeseable. El arrepentimiento muestra que uno aprecia muchas actividades. Lo experimentaría también si se hubiera metido en la moda en vez de las finanzas, aunque en tal caso apuntaría a otro lado. La única manera de evitar absolutamente el arrepentimiento es interesarse por una sola cosa, un solo campo que cultivar al máximo. Pero eso sería empobrecedor. Recuérdese a sí mismo que sentir que se ha perdido algo es la consecuencia inevitable de algo bueno: ser capaz de ver valor en muchos trabajos.

Digerir los fracasos

Muy bonito todo, podría usted decir, solo que hay otro tipo de arrepentimiento: el que experimentamos cuando las cosas no van bien. ¿Qué hay de los errores, desgracias, fracasos? Toda carrera tiene sus momentos malos, y algunas más que otras. A la mitad de la vida nos descubrimos pensando pesarosamente en lo que podría haber sido. Una amiga mía dejó una prometedora carrera en la música para ser asesora jurídica de una empresa. Al cabo de diez años, aquel trabajo le resultaba decepcionantemente anodino. Lo que la obsesionaba no era tanto pensar cómo cambiar de rumbo sino que querría cambiar el pasado. ¿Por qué había cometido el error de dejar la música? ¿Cómo podría hacer las paces con eso?

De nuevo, la filosofía marca el camino. Uno ha de distinguir entre lo que habría debido hacer o aceptar en su momento, y cómo debería tomárselo ahora. Que se puede separar una y otra cosa resulta claro cuando los acontecimientos no se desarrollan como se esperaba. Si uno hace una inversión insensata pero que al final sale rentable, no tiene por qué lamentar haber hecho algo que no habría debido hacer. Pero incluso cuando no hay resultado inesperado, es posible que, al cabo del tiempo, uno deba ver las cosas de otra manera.

Cuando mi amiga se lamentaba por su carrera musical perdida, le recordé que, si entonces no hubiera ido a la facultad de Derecho, no habría conocido a su marido, y su hija no existiría. El amor es un contrapeso del desencanto. También lo es la plenitud que cosechamos gracias a amistades y proyectos, y a las actividades que practicamos. Como escribió el filósofo Robert Adams, “si nuestra vida es buena, tenemos (…) razón para alegrarnos de haberla tenido en lugar de otra vida que habría sido quizá mejor, pero muy distinta”.

Nuestra vida está en los detalles, no en abstracciones. Contra la nebulosa idea de que uno podría haber tenido una carrera más exitosa, puede oponer los aspectos concretos por los que su carrera real es buena. Además del apego a las personas, existe el apego a los detalles: las interacciones y logros que uno no habría experimentado en una vida distinta. Cuando pienso que debería haber sido médico, no filósofo, y empiezo a lamentar mi decisión, me olvido de la importancia específica de mi trabajo y de las incontables ocasiones en que se me revela el valor de lo que estoy haciendo: por ejemplo, cuando veo cómo progresa un alumno, o cuando tengo una conversación fructífera con un colega. Son los pormenores lo que cuenta frente al grandioso boceto de las vidas no vividas.

Esta manera de reconsiderar la carrera tiene límites. No hay seguridad de que todo error pueda ser reconocido como afortunado en retrospectiva, o de que el arrepentimiento siempre esté fuera de lugar. Pero el arrepentimiento que procede de la tendencia a examinar nuestra vida como si uno estuviera fuera de ella, se puede aquietar sumergiéndose en la atención a las personas, relaciones y actividades que uno aprecia y que le son dadas merced a la carrera que escogió.

Sensación de vaciedad

Aceptar lo que no podemos cambiar es solo parte del problema al que nos enfrentamos cuando nos precipitamos en la curva de la U. Para mí, la causa más honda de malestar a mitad de carrera no era el lamento por el pasado sino una sensación de vaciedad en el presente. Mi trabajo seguía pareciendo valioso: veía el valor de enseñar, investigar, escribir. Pero había algo hueco en la secuencia de proyectos que tenía por delante. La perspectiva de hacer una cosa tras otra hasta la jubilación se me hacía de alguna manera estéril.

¿Cómo puede ser que algo valioso parezca vacío? Una primera explicación está en la noción de valor meliorativo: el valor que tiene resolver un problema o satisfacer una necesidad, aun cuando sea una necesidad que uno preferiría no tener que afrontar. Gran parte del trabajo es así. Uno tiene que mediar en conflictos entre colegas, habérselas con fallos técnicos inesperados de un producto, asegurar que se cumplen las regulaciones. Aunque es necesaria, la actividad meliorativa da poca satisfacción. Si lo mejor que podemos hacer es corregir errores, alcanzar metas o prevenir fallos, no vemos lo que es positivamente bueno. ¿Para qué trabajar tanto?

Un motivo de la crisis a mitad de carrera es que uno gasta demasiado tiempo apagando fuegos y evitando resultados malos, en vez de impulsar proyectos con valor existencial: el que hace que la vida valga la pena. La solución es dar espacio a actividades gratificantes, en la oficina –por ejemplo, poniendo en marcha un proyecto que uno lleva años aplazando– o fuera de ella, retomando una antigua afición o acometiendo una nueva. El consejo puede parecer trivial, pero tiene miga. Bailar salsa o coleccionar sellos son probablemente menos decisivos para uno que el trabajo, pero las actividades existenciales tienen un valor del que las meliorativas carecen. En la vida uno tiene que hacer hueco a tales placeres.

El cansancio de alcanzar metas

Hay otra explicación para la sensación de vacío a mitad de carrera, que va más allá de la necesidad de valor existencial. Cuando dirigimos una mirada filosófica a la naturaleza de los proyectos y a nuestra inversión en ellos –ya sean ejercicios que calificar, tratos que cerrar o productos que diseñar–, podemos detectar un defecto estructural. Los proyectos miran a su propio cumplimiento. Por ejemplo, cuando me concentro en escribir este artículo, me concentro en una meta que no he alcanzado aún, que será un recuerdo del pasado en cuanto lo haya terminado. La satisfacción está siempre en el futuro o en el pasado; no es extraño que el presente dé impresión de vacío. Aun peor, si un proyecto tiene sentido para uno, no solo hay una plenitud diferida, sino que además la implicación en el proyecto le quita el sentido. Cuando emprendes un proyecto, o fracasas –mala cosa– o tienes éxito, y entonces se acaba su poder de guiar tu vida.

Ajustando nuestra mirada para estar menos movidos por proyectos, podemos vencer el sentido de vacío en el presente

Una forma de crisis a mitad de carrera deriva de invertir demasiado en proyectos, poniendo las aspiraciones en el siguiente logro, y después en el siguiente. Pero puede ser de otra manera. Estos días está muy de moda el mindfulness, y puedes poner los ojos en blanco con el mantra de “vivir en el presente”. No me parece mal. Aunque el eslogan, cuando se lo separa de ideas budistas sobre la no-existencia del yo, no se sabe bien en qué queda, vivir en el presente tiene una interpretación no metafísica clara.

La clave está en distinguir dos clases de actividad. Los proyectos son actividades télicas, en cuanto apuntan a estados finales, aún no alcanzados (el término procede de la palabra griega telos, que significa “fin” o “término”). Esas actividades están dirigidas a su propia aniquilación. Preparas esa oferta a un cliente y la presentas; negocias ese trato y lo cierras; planeas la reunión y después la celebras. Alcanzar la meta trae un momento de satisfacción, pero después hay que ponerse con el proyecto siguiente.

Otras actividades son atélicas, sin término incorporado. Pensemos en la diferencia entre ir andando a casa y dar un paseo, o entre acostar a los niños y educarlos. Cuando uno se mete en actividades atélicas, no las agota. Ni esas actividades evocan la vaciedad de los proyectos, cuya realización está siempre en el futuro o en el pasado. Las actividades atélicas se realizan plenamente en el presente.

Proyectos y procesos

En el trabajo nos ocupamos de actividades télicas y atélicas. Por ejemplo, uno redacta un informe de recursos humanos (télica) y recibe comentarios de los colegas (atélica). La mayoría de las actividades télicas tienen aspectos atélicos interesantes: al trabajar en ese contrato, impulsas los planes de crecimiento de tu empresa; cuando celebras la reunión, implicas a otros del sector. Por tanto, tenemos posibilidad de elegir. Podemos concentrarnos en la actividad marcada o en la que está en curso: en el proyecto o en el proceso. Ajustando nuestra mirada para estar menos movidos por proyectos, podemos vencer el sentido de vacío en el presente, y hacer lo mismo con la misma eficiencia.

Esto nos lleva de nuevo a la cuestión del diagnóstico. ¿Cuándo el malestar a mitad de carrera es señal de que hemos de cambiar de camino, y no de manera de pensar y sentir? Uno puede estar insatisfecho profesionalmente porque el puesto que tiene no es adecuado a sus talentos, porque han cambiado sus intereses, o porque tiene pocas posibilidades de promoción. Pero el descontento puede también llevar a lamentar el pasado o a una autocrítica destructiva que no se remediará con un trabajo nuevo. Las estrategias que he bosquejado pueden ayudar a determinar dónde está el problema. Si no bastan para reconciliarse con las limitaciones de la carrera, eso es una razón para cambiar el curso de la vida profesional. La edad madura no es demasiado tarde: la crisis a mitad de carrera puede ser un acicate para un cambio radical y vivificante.

Pero aun si uno da un viraje, que no olvide las tácticas que me permitieron superar mi crisis y volver a disfrutar con el trabajo. Admita que perder oportunidades es inevitable y no intente ignorarlo. Comprenda que los vínculos son un contrapeso del arrepentimiento por decisiones pasadas. Haga hueco a actividades de valor existencial. Y aprecie el proceso, no solo el proyecto o el producto.

By Kieran Setiya © 2019 Harvard Business School Publishing Corp. / The New York Times.

Kieran Setiya es profesor del Departamento de Lingüística y Filosofía del MIT, y autor de En la mitad de la vida. Una guía filosófica.

Traducción del original inglés: Aceprensa.

ACEPRENSA, 28-08-2019

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