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¿Un país con vocación suicida?

¿Un país con vocación suicida?

¿Un país con vocación suicida?

Alfredo Gildemeister: “…pareciera que mientras unos peruanos viven como si no pasara nada –mientras su status y modo de vida no sea afectado- otros como señalara Ortega y Gasset, viven en una permanente “rebelión sentimental”, con un lamentable “odio a los mejores”, como si el hombre o la mujer de éxito, del empresario que arriesga y apuesta por el Perú, fuesen un mal para el país. En palabras de Ortega, “he ahí la raíz verdadera del gran fracaso” peruano.

En el prólogo de la reciente obra publicada del exitoso escritor español Arturo Pérez-Reverte denominada “Una historia de España”, se pueden leer diversas “opiniones” de ilustres personajes sobre lo que ha sido y es España como nación en los siglos de su existencia. Me fue imposible no pensar en el Perú de hoy, cuando leía estas opiniones o pareceres sobre España. Así, por ejemplo, y siempre refiriéndose a España, Alfonso X el Sabio señala: “Este reino tan noble, tan rico, tan poderoso, tan honrado, fue derramado y estragado por desavenencia de los de la tierra, que tornaron sus espadas unos contra otros como si les faltasen enemigos”.

El Duque de Wellington, vencedor de Napoleón en Waterloo, declara: “España es el único lugar del mundo donde dos y dos no suman cuatro”. Así mismo, Amadeo de Saboya indica: “Si al menos fueran extranjeros los enemigos de España, todavía. Pero no. Todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles”. Thomas Macaulay señala: “Quien desee conocer hasta qué punto se puede debilitar y arruinar un gran Estado debe estudiar la historia de España”. ¿No les recuerda en algo al Perú y a los peruanos? Más aún, el gran filósofo español José Ortega y Gasset afirma: “La rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de éstos. He ahí la raíz verdadera del gran fracaso hispánico”. Y Julio Camba destaca una afirmación muy cruda y lamentable: “La envidia del español no es conseguir un coche como el de su vecino, sino conseguir que el vecino no tenga coche”. Finalmente, el escritor español Julián Marías establece: “España es un país formidable, con una historia maravillosa de creación, de innovación, de continuidad de proyecto… es el país más inteligible de Europa, pero lo que pasa es que la gente se empeña en no entenderlo”. Por último, el mismo escritor Arturo Pérez-Reverte sentencia: “Este lugar impreciso, mezcla formidable de pueblos, lenguas, historias y sueños traicionados. Ese escenario portentoso y trágico al que llamamos España”.

Personalmente, los años que viví en España mientras hacía mi doctorado, me ayudaron a comprender mejor mi país, es decir, en España comprendí al Perú. Eran los principios de los años noventa, bajo el gobierno de Felipe González, años en que España recibía una ingente ayuda económica de la Comunidad Europea lo cual le permitió realizar en 1992 la Feria Internacional en Sevilla, las Olimpiadas en Barcelona y de paso construir el primer tren rápido que comunicara Madrid con Sevilla, así como celebrar los quinientos años del descubrimiento de América. Sin embargo, curiosamente en paralelo, los españoles se peleaban y discutían entre sí, los celos y envidias hacían mella en muchos, la corrupción hacía estragos en el Estado español: el presidente del Banco Central de Reserva, el jefe de la Guardia Civil, etc. implicados en serios escándalos de corrupción, y luego alguno de éstos en situación de prófugo -por solo citar dos ejemplos- hacía de este país un reino de ópera bufa. ¿Alguien lo entiende?

Hoy el Perú, luego de atravesar un periodo de impresionante crecimiento económico, comienza a caer nuevamente en el absurdo de que los propios peruanos rechacen la inversión privada –por ejemplo, en el caso de la minería-, se imponga la división y polarización del país, comience a prevalecer y a imponerse la violencia, el cierre de carreteras y la destrucción de infraestructura pública y de la inversión privada. La intolerancia, prepotencia, falta de respeto a las normas e instituciones fundamentales que sostienen al país como lo son la Constitución, la división e independencia de poderes, la democracia y el Estado de Derecho; están llevando a que todo lo avanzado en el desarrollo y progreso del país, se vaya literalmente al carajo, ante la vista y paciencia del gobernante, congresistas, autoridades y, en general, de todos los peruanos.

Al igual que en la historia de España, constituye casi una costumbre nacional la pelea, envidias y discusiones entre peruanos, causándose un terrible daño entre los mismos peruanos, que –como señalara Julián Marías, pareciera que el peruano  “se empeña en no entenderlo”: no entender que el Perú es un país grande, maravilloso, de ingentes recursos, cultura y con un futuro potencialmente exitoso. Sin embargo, pareciera que mientras unos peruanos viven como si no pasara nada –mientras su status y modo de vida no sea afectado- otros como señalara Ortega y Gasset, viven en una permanente “rebelión sentimental”, con un lamentable “odio a los mejores”, como si el hombre o la mujer de éxito, del empresario que arriesga y apuesta por el Perú, fuesen un mal para el país. En palabras de Ortega, “he ahí la raíz verdadera del gran fracaso” peruano. Mientras unos peruanos sigan envidiando a los peruanos de éxito y obstaculizando e impidiendo el crecimiento ya sea por corrupción, intereses egoístas, ambiciones políticas o un simple “mal de dos, consuelo de bobos”, el Perú no saldrá adelante. No podemos retroceder y perder lo avanzado.

¿Acaso el Perú es un país con vocación suicida? No es la primera vez que, en la historia del país, ya sea por egoísmos, intereses personales o corrupción, que el país ha estado al borde del suicidio. Deben prevalecer los intereses nacionales, del bien común de los peruanos y no los intereses egoístas y personales. De allí que, de seguir por el camino de la confrontación, la violación de las normas e instituciones que sostienen toda democracia, la pugna y el no hacer nada, el Perú entrará en un proceso de recesión, y los que hemos vivido ya esta tragedia, no queremos de ningún modo repetirla. Las nuevas generaciones no lo han vivido y piensan que el Perú seguirá siempre igual y al paso que vamos, no será así. Reaccionemos y rectifiquemos. El Perú no se merece un suicidio económico, jurídico, de valores y de principios, por más que pareciera que al igual que España, en su subconsciente existe una lamentable vocación suicida…

Alfredo Gildemeister. LA ABEJA, Perú, 21-08-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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