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Presentar la Fe sin levantar la voz

Presentar la Fe sin levantar la voz

Presentar la Fe sin levantar la voz
agosto 08

Resulta evidente que saber defender la fe sin levantar la voz no es solo necesario para participar en debates televisivos y radiofónicos. Es algo fundamental para todas las circunstancias en las que un católico se siente interpelado por sus amigos, sus colegas de trabajo y sus parientes cercanos

En vísperas de la visita del papa Benedicto al Reino Unido en 2010, la BBC organizó un debate televisivo, con tres invitados a favor y tres en contra. Elegir a los tres contrarios al viaje fue muy fácil para el productor, pero no tanto encontrar a los favorables. Al final la cadena decidió por pedir sugerencias a la misma Iglesia católica, que propuso tres nombres de gente experta.

Antes de emitir el programa, la BBC hizo un sondeo entre sus espectadores: ¿están a favor de la visita de Benedicto XVI a nuestro país?, les preguntaron. Solo cabía decir sí o no, y los partidarios del viaje consiguieron algo más del 40%.

El debate fue sereno y equilibrado. Todos tenían el mismo tiempo a disposición, el moderador llevó con elegancia el programa, y nadie le quitaba la palabra al otro, como suele suceder en España.

Al terminar el debate, la BBC repitió el sondeo. Los partidarios de que Benedicto fuera al Reino Unido bajaron a la mitad: poco más del 20%.

Pienso que esa debacle no fue debida a la pericia de los anticatólicos, porque sus tesis son archiconocidas: se reproducen con sistemática frecuencia en los medios de comunicación y en los debates públicos. Es más probable que un cambio de opinión tan repentino se debiera a cómo los representantes de la Iglesia defendieron la visita papal. Debieron de hacerlo tan mal, que la mitad de los que querían ver a Benedicto se cambiaron de bando.

Hay que aprender a presentar la fe de forma atractiva

La constatación de que a veces los peores amigos de la fe somos los mismos católicos, y que basta escuchar a algunos de nosotros para salir corriendo, es lo que dio origen a Catholic voices, una especie de movilización de laicos para aprender a presentar la fe a los alejados de manera tal que no se sientan rechazados y huyan, sino todo lo contrario: que les pique la curiosidad, y se sientan atraídos a saber más.

El proyecto nació con un objetivo inmediato: que personas de todo tipo (maestros de escuela, médicos, empresarias, abogados, periodistas, enfermeros, y hasta políticas) pudieran intervenir en los medios de comunicación como católicos, que en vísperas de un viaje papal tenían mucho interés en cualquier cosa relacionada con la Iglesia católica, máxime si era controvertido: la homosexualidad, los abusos de clérigos o el machismo institucional por rechazar el sacerdocio femenino.

En su origen ‘Catholic voices’ cubrió una necesidad de los medios

Pienso que esa misión originaria, de atender a necesidades ocasionales de contar con participantes en programas de radio y televisión con motivo de algún acontecimiento excepcional (una visita papal, un gran evento eclesial, un referéndum sobre una ley decisiva), mantiene toda su vigencia. Hoy existen voces católicas en más de 17 países, que intentan salir del clericalismo de los que piensan que hablar en nombre de la Iglesia es propio solo de clérigos, como tampoco lo son la dirección de los proyectos de evangelización, la administración de los bienes de la Iglesia o la enseñanza de la teología. En ese sentido, voces católicas es una manifestación más de madurez del laicado católico, a cincuenta años del concilio Vaticano II.

Al mismo tiempo, resulta evidente que saber defender la fe sin levantar la voz no es solo necesario para participar en debates televisivos y radiofónicos. Es algo fundamental para todas las circunstancias en las que un católico se siente interpelado por sus amigos, sus colegas de trabajo y sus parientes cercanos.

Las ocasiones suceden a diario: un compañero ha leído que un sacerdote ha sido arrestado por abusos a un menor, o que un obispo ha dicho que la homosexualidad es una enfermedad que tiene cura, y te interpela: «¿tú eres católico, verdad? ¡Explícame esto, porque me parece medieval lo que pensáis!»

Este nuevo enfoque ayuda a cristianos corrientes a ver esas circunstancias no como una amenaza sino como una oportunidad preciosísima de presentar la fe, y a enfrentarse con seguridad y confianza al desafío que suponen.

Nada menos cristiano que desaprovechar esas oportunidades en la que somos preguntados, aunque a veces de manera algo agresiva. Como decía Benedicto XVI, el catolicismo es la religión de la razón, donde todo, absolutamente todo, tiene una explicación. Como dijo el papa alemán, «creo porque es razonable». Huir del debate sería como salir corriendo ante alguien que, con palabras de san Pedro, «nos pide razón de nuestra esperanza», nos pregunte por qué creemos lo que creemos, por qué vivimos como vivimos, por qué celebramos como celebramos.

Cuando los focos de la controversia se centren en nosotros, no hemos de apagarlos ni escondernos, sino tomarlos como una oportunidad. Cuando la Iglesia sale en las noticias, unos se asombran, otros se indignan y no faltan quienes se escandalizan. En ese momento la gente está interesada: tienes su atención. Aprende a aprovechar el instante.

Comunicar con eficacia

En los cursos de comunicar con eficacia que se imparten en el IESE, solemos repetir que hay una distancia enorme entre lo que decimos y lo que nuestra audiencia necesita escuchar para hacer lo que le pedimos. Eso es lo que nos pasa con frecuencia. Incluso cuando, en el mejor de los casos, conocemos bien el Catecismo de la Iglesia, no lo sabemos explicar, porque no conseguimos transmitir a quien nos escucha la centralidad del mensaje cristiano.

Los católicos somos conscientes de que a menudo no llegamos al alto ideal que nos pide Jesús, pero también tenemos certeza de que la Iglesia es un lugar de amor y bienvenida, de crecimiento y sanación, de apoyo y enriquecimiento, de sabiduría y gracia, de aceptación incondicional; y que desempeña un papel crucial en la construcción de un mundo más humano y generoso. Por eso, nos sentimos frustrados al ver la imagen distorsionada de la Iglesia que tienen tantos amigos y conocidos: una institución presentada como dogmática, intolerante y arisca, interesada en lo suyo, que impone modos de pensar y de vivir, y que margina a los que piensan de otro modo. En resumen: el imperio del «no» en lugar del «sí».

Esta disparidad entre la percepción de la fe cristiana y de la Iglesia en la sociedad y la realidad familiar de quienes la conocemos desde dentro tiene que hacernos reaccionar. Pensar en que la sociedad se aleja de Dios es una verdad parcial, y por tanto nos engaña. Lo que tenemos que hacer es pensar cómo explicar la fe ante un mundo distinto del de hace 20 años.

Ha de ser un modo diferente, porque nos dirigimos a personas diferentes, totalmente diferentes. Como nuestra ciudad sigue igual, podemos pensar que los cambios son menores. En realidad, es como si nos hubiéramos mudado a China. Muchos de nuestros conciudadanos hoy conocen el cristianismo tanto −o tan poco− como los chinos. Hablarles como hablábamos a los españoles de hace veinte años es hablarles… en chino.

En esencia, la idea que aquí defiendo es de una sencillez embarazosa: para que la Iglesia se comunique en el entorno cultural contemporáneo no basta con hablar para que te escuchen. Demasiados filtros lo impiden. En la jerga de la comunicación, esos filtros se llaman «marcos». Quien desee hacerse entender, primero ha de aprender a salirse del marco que la cultura occidental pretende poner a la Iglesia, y que impide que te escuchen. Lo llamamos «reformular». Y podríamos llamar al Papa Francisco el «gran reformulador».

Reformular los contenidos para que sean escuchados

Una de las citas más emblemáticas de sus primeros meses de pontificado proviene de sus declaraciones a los periodistas en el vuelo de regreso de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro en julio de 2013, cuando le preguntaron sobre los gais. Su frase «¿Quién soy yo para juzgar?» corrió como la pólvora, causando shock y deleite a partes iguales, y rápidamente adquirió vida propia.

Tal y como los comentaristas se apresuraron a señalar, la cita completa era: «si una persona es homosexual y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarle?», y formaba parte de la explicación de la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad, que empieza −como recoge el Catecismo de la Iglesia católica− con la llamada a acabar con la marginación de las personas homosexuales.

Puede que el mensaje haya sido tergiversado e instrumentalizado por algunos, pero la mayoría lo escuchó alto y claro: Dios ama y acepta a todo el mundo, y la Iglesia promueve que se acabe con su discriminación y su marginación.

La gente no había escuchado antes este mensaje de labios de la Iglesia. Habían oído hablar de juicio, no de misericordia. Habían escuchado explicaciones nítidas de que el sexo estaba reservado al hombre y a la mujer unidos en matrimonio, y que las tendencias homosexuales eran «intrínsecamente desordenadas». Pero habían pasado por alto los mensajes de bienvenida y aceptación. Fueron pocas palabras, con las que Francisco no añadió nada a la doctrina de la Iglesia, pero levantó la barrera que le impedía ser oído, y obligó al receptor a revisar sus ideas preconcebidas sobre la Iglesia. Eso es «reformular». Francisco lo llama «proclamación en clave misionera».

En la Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual Evangelii Gaudium, el Papa advierte cómo el filtro mediático simplifica y distorsiona el mensaje de la Iglesia, pues lo presenta como si fuera una serie de prohibiciones, pecados y vetos, que hay que aceptar estoicamente. Pero «el Evangelio invita ante todo a responder al Dios amoroso que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer!», nos dice. Añade más adelante: el «mayor peligro» al que se enfrenta la Iglesia es que, sin esa invitación, «el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes».

Aquel «¿Quién soy yo para juzgar?» de Francisco provocó una reacción tremendamente impactante, porque contradijo de frente un marco sólidamente arraigado en la sociedad contemporánea.

La ética de la autonomía favorece el derecho de las personas a decidir su propio futuro, y considera que los colectivos que han sufrido discriminación merecen todo nuestro reconocimiento y simpatía. Esta cosmovisión es predominante en las sociedades urbanas y educadas de Occidente, hasta el punto que cualquier mensaje que se aparte de él es mirado con suspicacia, como si apoyara la discriminación y la exclusión. Debido a la omnipresencia de este filtro, diga lo que diga la Iglesia acerca de la homosexualidad resulta distorsionado. Si comienzas el debate sobre la homosexualidad hablando del propósito de Dios para el sexo, o explicando que hay inclinaciones rectas y otras desviadas, lo que se escuchará será un intento de invocar una sanción divina para el disidente. Todo lo demás se filtra. Lo que sigue es un diálogo de sordos… o un concurso para ver quién grita más fuerte.

Probemos a empezar por la intención moral que está detrás de ese filtro, como hizo Francisco. Me atrevo a decir que el efecto será desarmante. Los corazones y las mentes se abren, y la escucha puede empezar.

El punto de partida no es averiguar los motivos que algunas personas tienen para atacar a los católicos, sino lo que mostraban esos ataques sobre los valores que defienden los críticos. Saber qué impulsa su protesta.

Si se actúa de ese modo, detrás de cada ataque descubriremos un valor positivo, un valor moral, en el que −consciente o inconscientemente− apoya su crítica. La tragedia de muchas discrepancias entre católicos y no católicos residía en que cada uno asumía que el otro era el enemigo de un valor, en vez de promotor de un valor. El liberalismo contemporáneo, por ejemplo, tacha a la Iglesia de fanática e intolerante, y no es extraño que los católicos se vean defendiendo la trayectoria de la Iglesia, indignados ante tal injusta acusación. Pero ¿qué pasaría si, detrás del ataque a la Iglesia, viéramos la afirmación de los valores católicos de tolerancia, justicia e inclusión?

Buscar el valor positivo que se encuentra detrás de un ataque injusto

La reformulación procura crear esa sensación de seguridad en una conversación. Muestra que aceptamos el valor que nuestros detractores defienden. En vez de ponernos a la defensiva porque acusan a la Iglesia, buscamos el valor que está detrás de ese ataque. Y tratamos de comenzar nuestra respuesta confirmando ese valor, en lugar de buscar defendernos del ataque injusto.

Esa actitud facilita la comunicación: consigue que nos escuchen, y que podamos mantener un diálogo fructífero. Más aún, evita que caigamos en la trampa de atacar valores que nosotros mismos defendemos como propios.

No ha hecho falta levantar la voz: es una discusión racional. Los ánimos se templan porque no atacamos ni ignoramos un valor esencial para los detractores de la Iglesia. Al contrario, lo reafirmamos, y apelamos a él para dar solución al problema. Comprendemos que critican a la Iglesia porque creen que de alguna manera representamos la antítesis de ese valor. Tenemos la oportunidad en nuestra conversación de mostrarles que la realidad es bien diversa.

Aprender a reformular −identificar la intención positiva, apelar a ella y ser conscientes de los marcos que la sociedad contemporánea impone a la Iglesia− es uno de los requisitos para ser un comunicador eficaz. El otro es estar bien formado sobre lo que la Iglesia dice y hace, y saber expresarlo de modo directo y conciso.

Yago de la Cierva

Doctor en Filosofía y licenciado en Derecho.

Es profesor de Comunicación del IESE y coautor del libro Cómo defender la fe sin levantar la voz – Respuestas civilizadas a preguntas desafiantes.

Fuente: temesdavui.org.

ALAMUDI, 07-08-2019

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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