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Horror en casa

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«No es casual que el Papa Francisco haya hablado tantas veces sobre la transparencia económica en relación con los abusos sexuales y de poder. Las platas poco claras favorecen los comportamientos turbios

¿Hay en el caso de Renato Poblete ciertos factores estructurales que favorecieron la perpetración de los delitos que cometió? Muchos, pero pueden resumirse en una palabra: clericalismo. El sacerdocio es fundamental en la Iglesia Católica y en casi todas las religiones, pero el endiosamiento de las personas concretas se paga muy caro.

Los cristianos no seguimos a tal o cual cura o pastor, aunque ellos desempeñen una función imprescindible. Nuestro modelo es Jesucristo. Desconocerlo resulta fatal. Muchas veces los propios sacerdotes lo olvidaron, más preocupados de reputaciones institucionales que de las víctimas, unas víctimas que, en la enseñanza cristiana, sí representan a Jesús.

Además, Renato Poblete pudo abusar porque detrás de él estaba el merecido prestigio de miles de jesuitas que, desde hace medio milenio, han gastado su vida en la educación, en la atención de los más necesitados o en la transmisión del Evangelio en condiciones muy adversas, hasta el punto de que no faltaron quienes terminaran su vida en el estómago de un caníbal. Pero eso no lo hacían para lucirse ellos, sino, como dice su lema, “para la mayor gloria de Dios”. El clericalismo, en cambio, se sirve de todo eso para fines personales.

Ante una historia de horror como la suya hay una reacción que debemos evitar: creer que es un monstruo único, alguien cuya maldad es tan grande que no tenemos ni podemos poseer ningún rasgo en común con él. Ahora bien, si su historia es irrepetible, entonces bastaría con que nos horroricemos al conocer sus detalles. En otras palabras, no necesitaríamos tomar medidas especiales para mantenernos lejos de esas depravaciones. Ojalá fuera así, pero esa creencia es ilusoria: Renato Poblete es uno de nosotros y sus crímenes también podrían ser los nuestros. Al menos de algunos de nosotros.

En efecto, nos guste o no, hay actividades que ponen a quienes las ejercen en una situación cercana a determinados peligros, concretamente a los diversos tipos de abusos. Es el caso de los sacerdotes, pero también de los políticos y los profesores. ¿Qué tienen en común estas funciones? Si las hacemos bien, les podemos mejorar la vida a muchísimas personas; pero su agradecimiento las pone, paradójicamente, en una situación vulnerable. Todo esto multiplica las oportunidades para el abuso.

A propósito de la política, hay autores que hablan de un erotismo del poder; por eso, no es infrecuente encontrarse con políticos que ejercen de Don Juan. Quizá esto valga también para otros bienes, como el saber y lo sagrado: la hermosa relación entre mística y erotismo se comprueba con solo observar el “Éxtasis de Santa Teresa”, de Bernini. Con todo, si la persona que representa estos bienes carece de controles internos y exteriores, la posibilidad de abusar estará al alcance de su mano, particularmente si tiene un talante seductor. Ya lo decía Václav Havel, a propósito de sus primeras experiencias políticas: “Sospecho de mí”.

Los peligros se multiplican si, además, se dispone de grandes cantidades de dinero sin los mecanismos de control que tiene cualquier gerente en una empresa. Los riesgos serán tantos como los destinatarios de esos favores que parecen manar de la infinita generosidad del abusador. Tal era el caso de ese sacerdote y de otros como él. Por eso, no es casual que el Papa Francisco haya hablado tantas veces sobre la transparencia económica en relación con los abusos sexuales y de poder. Las platas poco claras favorecen los comportamientos turbios.

¿Significa esto que el poder, el dinero, el saber o una vinculación especial con lo sagrado son elementos corruptores en sí mismos? En ningún caso, pero tienen la aptitud de agrandar ciertas grietas que ya existen. Por eso hay que andarse con cuidado, que fue precisamente lo que faltó en este asunto.

Algunos han aprovechado la ocasión para ajustar todo tipo de cuentas con los jesuitas; se trata de cuentas de derechas e izquierdas, rencores guardados durante siglos, que llevan a observar con cierta complacencia toda esta desgracia, que tanto dolor ocasiona a las víctimas.

Ciertamente, los jesuitas no son perfectos y aquí cometieron serios errores. Pero vale la pena atender a la forma en que han enfrentado este caso y las medidas que han tomado. Es verdad que nunca podrá excluirse del todo la posibilidad de que aparezca alguien como el padre Poblete, sea en la Iglesia, la academia, el Congreso o la empresa. Pero la probabilidad de que una figura así surja en el futuro al interior de la Compañía es bastante menor que en el resto de las instituciones nombradas.

La crisis de los abusos tiene arreglo en el mediano y largo plazo, como lo ha mostrado la experiencia de otros países, donde el número de estos delitos se ha reducido de manera drástica. Pero su solución exige adoptar resoluciones oportunas y muchas veces dolorosas.

El daño a las víctimas es irreparable. Sin embargo, una parte de su consuelo consistirá en saber que su sufrimiento no habrá sido en vano. Es decir, que se han puesto todos los medios para que su desgraciada experiencia no se repita. Y para que eso se consiga no basta con lo que hagan los jesuitas, esa es tarea de todos.

Columna de Joaquín García-Huidobro

EL MERCURIO, 04-08-2019

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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