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EL “ARTE EN VIAJE” DE WALDEMAR SOMMER

EL “ARTE EN VIAJE” DE WALDEMAR SOMMER

EL “ARTE EN VIAJE” DE WALDEMAR SOMMER

Lillian Calm escribe: “De ahí el crítico de arte saltó durante la presentación del libro a la catedral parisina de Notre Dame, esa que hoy nos duele a todos, donde para contemplar la luz al atravesar por sus vitrales preguntó cuál era el horario de apertura. Y a las ocho en punto de la mañana, a comienzos de una primavera, Waldemar Sommer ingresó para, desde una profunda oscuridad, ver iluminarse esos vitrales…”.

Con tanto tema a ras de tierra reconozco que me hizo demasiado bien elevarme con la presentación de “Arte en viaje”, libro que reúne mucho más que los periplos artísticos que el crítico Waldemar Sommer ha realizado por el mundo. Se trata de cuatrocientas páginas donde el autor comparte sus conocimientos desde los más disímiles países que ha recorrido.

Debo confesar antes que nada mi incultura. Recuerdo un viaje que hice a Estambul. Iba en un tour de aquellos que suelo evitar. A tal día y a tal hora nos trasladaron en un bus a Hagia Sofía o Santa Sofía, antigua basílica patriarcal ortodoxa convertida en mezquita. Estaba cerrada y de hecho la conoceríamos al día subsiguiente, cuando el guía se dio el trabajo de averiguar bien los horarios de visitas.

Nos propusieron entonces una alternativa: el bus nos podía llevar a un mall cercano o dejarnos a nuestro libre albedrío. Casi todos prefirieron el mall, menos un grupito minúsculo en el que me encontraba, y quienes atravesamos unos cien metros y entramos por una puerta abierta sin sospechar la maravilla con que nos íbamos a encontrar: la Cisterna Basílica (me parece que también la llaman  Palacio Sumergido). Estas cisternas son depósitos construidos para permitir que la ciudad contara con reservas de agua si era atacada y para abastecer el Palacio Bizantino. Hablamos del siglo VI, en la era de Justiniano.

Yo siempre había pensado que ese había sido mi gran hallazgo ya que sé de muchos  que han ido a Turquía sin pisar la cisterna. Por eso me impresioné tanto cuando Waldemar Sommer en la presentación empezó hablando de la cisterna y no solo eso: se detuvo en ella largamente.

Leo en el libro que “previo paso por el recinto techado de la boletería” y tras “descender hacia el silencioso, inmenso, pasmoso espacio bajo tierra…” encontró  “un andamiaje de madera y una iluminación artificial inmejorables”, que “permiten internarse en medio de la amplitud de este bosque de columnas. Parece flotar sobre las aguas, capaz de  desplegar nuestra imaginación y hacernos soñar”.

De ahí el crítico de arte saltó durante la presentación del libro a la catedral parisina de Notre Dame, esa que hoy nos duele a todos, donde para contemplar la luz al atravesar por sus vitrales preguntó cuál era el horario de apertura. Y a las ocho en punto de la mañana, a comienzos de una primavera, Waldemar Sommer ingresó para, desde una profunda oscuridad, ver iluminarse esos vitrales, lo que para él confiesa ha sido una de “las experiencias estéticas más maravillosas”. Con humor recomienda al visitar París averiguar la hora de la salida del sol, no solo para tener esa experiencia sino “para librarse de la competencia de los otros interesados en verla”.

Luego, siguió, “nos metemos en el rococó, que tiene mala fama y es una pena porque es un estilazo”. Así llegamos con el autor a Alemania, donde explica que varias de las soberanías numerosas en que se fraccionaba el país acometieron la empresa de imitar el modelo francés: “De ese modo, sobre la base potente del barroco, supieron conducir el rococó de Francia hasta sus últimas consecuencias. Se creó, entonces, sobre suelo germano el estilo quizá más brillante que haya aportado a las artes visuales de los tiempos posteriores al Medioevo. Esto, por lo menos, en lo que  a arquitectura y decoración se refiere”.

Interesante es leer sobre Berlín bajo la pluma de Sommer: “Berlín en pugna: primero München, como capital cultural de Alemania. Después Berlín en competencia con París, nada menos que por el epicentro de la cultura occidental. Todo eso, entre fines del siglo XIX y las décadas iniciales del antepasado. Más adelante, Berlín demolido, en ruinas: pronto, no obstante, en portentoso proceso de reedificación. Y, de repente, el muro bárbaro, horrible. Y dos Berlín: el que podía compararse con una fotografía  multicolor y el semejante a una mala instantánea en blanco y negro…”.

Qué distintas experiencias. En algunos grandes salones de Alemania, al quedar solo, Waldemar Sommer revela que hasta llegó a intuir que de pronto incluso podía aparecer frente a él un personaje de ópera. Quizás como la Mariscala, de “El Caballero de la Rosa”.

Además de Turquía y Europa emergen Estados Unidos y América del Sur en las páginas de este libro. Para él lo más interesante es Bolivia: el Alto Perú. Y el pintor que de ahí más admira es Melchor Pérez de Olguín. El autor habla con entusiasmo de las iglesias de Potosí que están como escondidas con la doctrina esculpida en sus muros exteriores, y de pronto las deja atrás para saltar, de un momento a otro, al norte, a Estados Unidos, donde califica como “el más bonito museo” de ese país al “Kimbell, refinado museo texano” que, de paso, es uno de los subtítulos de esta publicación.

Al presentar el libro comentó que “Kimbell es un lugarejo situado en Fort Worth, Texas”. Pero con ello quiso demostrar lo importante que es ese país, en su más diversa geografía, hoy día en su diversidad de valiosas muestras artísticas.

Y él nos hace entrar con la imaginación y soñar y ver pinturas y analizar arte. Por ejemplo el de dos pintores que tratan en sus obras que ahí se exponen un mismo tema: el de los jugadores tramposos. Enfatiza su entusiasmo por los museos estadounidenses y subraya que  hasta en Miami “hay cosas que ver”.

Y en su libro sin duda hay demasiado que leer y también, junto a él, que recorrer.

 Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 8-8-2019

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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