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A propósito de las 40 horas

A propósito de las 40 horas

A propósito de las 40 horas

A mi papá no le gustaba Serrat, sin embargo, siendo niño le escuchaba decir que “la canción esa de la fiesta” era extraordinaria. Tenía razón el viejo, es extraordinaria, pero estaba equivocado, porque en lengua castellana nadie es más grande que el catalán de “esos locos bajitos”. Su descripción de la fiesta es notable: con la caída de la noche se van nuestras miserias a dormir, el bien y el mal se confunden, el prohombre y el gusano bailan sin importarles la facha.

En toda buena fiesta hay una cuota inevitable de enajenación de sus participantes, que olvidan quiénes son. La realidad, con sus limitaciones y miserias, es superada por el alcohol, la música y, ojalá, sólo las endorfinas.

Nuestra historia muestra que, cada cierto tiempo, la clase política decide darse una fiesta, bajo las bombillas de la ideología, con algunas buenas copas de utopía en el cuerpo y estimulados por sus propios discursos, nos invitan a caminar hacia ese espacio donde la realidad se suspende, todos podemos ser iguales, no existe la pobreza, bienes como la educación o la salud son gratis y se puede ganar lo mismo trabajando menos.

Entonces nos dicen que las leyes económicas son solo constructos culturales, ideologías impuestas por la oligarquía dominante, una manera de mantener el statu quo que los beneficia a ellos y perjudica a las grandes masas de trabajadores. En parte por lo aprendido en mi formación y en parte por lo que me dice el sentido común, si un bien como el trabajo sube de precio, manteniéndose constantes todas las otras variables relevantes, disminuirá su demanda. O sea, aumentar el valor del trabajo artificialmente, por ley, perjudica gravemente a los trabajadores, especialmente en un mundo en que la sustitución del trabajador por la máquina es una realidad evidente y creciente.

Pero en la fiesta la realidad se suspende, nuestras miserias se van a dormir. Recuerdo esa historia que se contaba de una discusión en el gabinete del Presidente Allende en que un ministro contradijo a otro diciéndole que su propuesta era irrealizable por la ley de la oferta y la demanda, el interpelado se dirigió al gobernante diciéndole: “entonces deroguemos esa ley compañero”. A lo mejor el cuento es apócrifo, pero es plausible.

Gratuidad, fijaciones de precios, estatizaciones, persecución de los “abusos” y un grupo creciente de jóvenes populistas de izquierda, con aspecto “cool”, que hipnotiza a opinólogos “progre”, nos anuncian que empezó la fiesta.

En algún momento el sol nos dirá que llegó el final y tendremos que bajar la colina, los pobres volverán a su pobreza, los jóvenes revolucionarios llegarán a la madurez burguesa y ya no serán tan cool. Se acabó la fiesta. La historia se repite.

Columna de Gonzalo Cordero. LA TERCERA, 28-07-2019

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Humor

El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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