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El nihilismo pagano de John Gray

El nihilismo pagano de John Gray

El nihilismo pagano de John Gray
julio 31

John Gray es uno de los filósofos con mayor renombre en la actualidad. Se ha ocupado de condenar muchos tópicos culturales y políticos. Su aversión hacia cualquier forma de religión le ha llevado a negar que la existencia humana tenga sentido y a cultivar el desapego hacia un mundo que considera absurdo.

La trayectoria del pensador británico ha sido inversa a la de otros muchos intelectuales: en lugar de virar hacia la derecha, se alejó de la dogmática del libre mercado para denunciar, tras su desencanto con el thatcherismo, que el liberalismo tenía más cosas en común con la ideología estatista de lo que estaba dispuesto a confesar.

Sería exagerado, sin embargo, pensar que, desde entonces, se ha adherido sin reservas a las filas de la izquierda. Ahora bien, no hay duda de que su controversia sobre el “Estado mínimo” es el primer fleco de lo que, con toda certeza, constituye su principal motivo de preocupación intelectual: la infiltración social, política y cultural de estímulos utópicos.

El pensador británico se ha erigido en un contumaz crítico de las políticas mesiánicas de cualquier signo

Gray se distanció en aquella época de Friedrich Hayek para concluir que el mercado no era resultado de un orden espontáneo, sino, paradójicamente, un fruto bastardo del Estado. Muchos no le han perdonado que comparara el utopismo neoliberal con el comunismo, ni que augurara los desastres que podría deparar una globalización o un mercado mundial abandonado a su propia suerte. Pero la crisis del capitalismo pareció darle la razón: tal y como vaticinó en Falso amanecer, publicado originalmente en 1998, ese modelo económico podía debilitar la libertad y la igualdad, y provocar una peligrosa inseguridad económica.

Filósofo del pesimismo

Desde entonces el pensador británico, profesor de la London School of Economics, se ha erigido en un contumaz crítico de las políticas mesiánicas de cualquier signo. Y en el adversario de todo credo ideológico, como se deduce de la lectura de una obra que recopila sus principales escritos, Anatomía de Gray. Si ahora es fácil releer algunos de sus ensayos como vaticinios o augurios sobre la deriva populista, la decadencia geopolítica de EE.UU. o la irreversibilidad del calentamiento global, este “filósofo del pesimismo”, como se le ha llamado, lleva desempeñando desde los inicios de su carrera el papel de intelectual incómodo con enorme convicción.

Porque se le puede criticar o rebatir, pero no negar su independencia. Su vocación, sin embargo, no es la de ser un provocador, sino un escéptico que desenmascara ídolos, pero que, por coherencia con su nihilismo, renuncia a reemplazarlos. Y es eso mismo –reconocer que el mundo es un lugar inhóspito y que el buenismo no constituye la panacea– lo que deja desamparado al lector de sus obras. En este sentido, puede decirse que la suya es una filosofía de la desesperanza que desconfía de las buenas intenciones del hombre y que se halla convencida de que, quien pretende cambiar el mundo, solo termina empeorándolo.

Por este motivo, a pesar de sonar tan antimoderno, está más cerca de Epicuro, Lucrecio y el politeísmo grecorromano, que contempla desapasionado e imperturbable el mundo, sin consuelos ni paliativos, que de quienes reivindican la vuelta a una civilización o unos valores ya desaparecidos. En sus escritos comparece ese espíritu sereno del paganismo filosófico que, impertérrito, se resigna a la contingencia y el absurdo de lo humano.

El hombre, un animal con ilusiones

Entre las contiendas que entabla para enfrentarse a los fetiches de hoy, destaca la que emprendió contra esa antigua tradición humanista que concebía al hombre como el ser más excelso de la creación y que sobrevive en las ideologías contemporáneas. No se equivoca al interpretar esa antropología, que califica de “presuntuosa”, como un legado cristiano, aunque su juicio sobre la perniciosa herencia del monoteísmo sea discutible. Su honestidad intelectual le lleva a reconocer la única alternativa que queda a quienes erradican a Dios de su horizonte: o convierten al hombre en un remedo de la divinidad, o realzan su condición animal.

Es obvio que Gray opta por esto último y, en línea con el más fiel hobbesianismo, asume que el hombre es un animal devorador, una alimaña sometida a lo material, encadenada a su naturaleza egoísta y violenta. Para un auténtico materialista como él, es igual de humana la compasión que la crueldad, el arte que el instinto: la civilización, en definitiva, que la barbarie.

En ese caso, ¿cuál es la especificidad del animal humano? “Lo que nos diferencia del resto de los animales es que nosotros vivimos en nuestra imaginación”, afirma. Es, pues, tan natural para nosotros satisfacer las necesidades más perentorias como rebelarnos ante un mundo insensible, árido e imperfecto creando las ficciones que nos caracterizan, como el bien, la verdad, los valores… Pero este autor reduce a sueño o ilusión todo aquello que supera nuestra condición animal.

La religión antropocéntrica

La aversión que siente hacia la fe –hacia toda religión y toda creencia– le obliga a ajustar cuentas, precisamente, con ese credo que no solo eleva al hombre por encima de sus hermanos del reino animal, sino que lo convierte en “dueño de su propio destino”. Por su inveterado escepticismo, no puede sino desconfiar de la razón y las capacidades humanas, hasta el punto de que, en su opinión, solo podemos aspirar a sobrevivir en ese entorno aciago y hostil en el que moramos.

De nuevo reitera que es engañoso ese otro ámbito en que el ser humano entreteje ficciones perversas, como la de su libertad, de acuerdo a lo que explica en El alma de las marionetas, o ingenuas, como la que consiste en suponer que son nuestras acciones las que determinan el curso de nuestra biografía o nuestro destino colectivo. Porque, como ocurre con el resto de las especies animales, el ser humano es impotente y no tiene dominio alguno sobre su entorno.

La suya es una filosofía de la desesperanza que desconfía de las buenas intenciones y de quien pretende cambiar el mundo

Este intelectual educado en Oxford cree que, en lugar de superar nuestra animalidad, deberíamos profundizar más sobre las consecuencias de nuestra condición natural: “En vez de verse a sí mismos como un animal entre tantos, como la especie que domina en el presente, pero que, al igual que todas las demás, no tiene asegurada su permanencia en la Tierra, los seres humanos se han crecido hasta pensar que tienen el poder sobre la naturaleza del Dios en el que ya no creen”.

La quimera del desarrollo sostenible

Es en Perros de paja (Paidós, 2003) donde Gray expone su acerba crítica a las inclinaciones especieístas de la cultura humana y censura sus corolarios morales. Bien y mal solo existen, explica, en la mente del hombre –y únicamente admitiendo la idea de un Dios creador–, y este pertenece a una especie que no solo no se ha preocupado de su entorno, sino que lo ha esquilmado impunemente.

Pero tan falso es negar la contribución del ser humano a las catástrofes ecológicas, como pensar que se puede revertir a golpe de proyectos o decisiones políticas. A este respecto, en los últimos años ha dirigido su atención a la situación climática, partiendo de la tesis de que el calentamiento global es un hecho irremediable.

El ensayista británico dispara contra los movimientos ecologistas que son “expresión de un pensamiento mágico e intentos de ignorar la realidad o evadirse de ella, más que de entenderla y adaptarse”. Consciente de que el hombre no puede evitar la deriva del planeta, apuesta por lo que su amigo James Lovelock ha llamado una “retirada sostenible” y apunta algunas medidas que ayudarían, no a detener el cambio climático, sino a paliar el daño que causamos a la Tierra. Para evitar nuestra propia extinción, propone no demonizar la energía nuclear y sustituir la agricultura por medios sintéticos de producción de alimentos, entre otras cosas.

El mito del progreso

Pero si hay un tema persistente en su trayectoria, es el mito del progreso, que condena una y otra vez. La idea de que la condición del hombre únicamente puede mejorar en el futuro es una fábula que se consagra definitivamente en el periodo ilustrado, pero que, a su juicio, se enraíza en la concepción cristiana del tiempo histórico.

Tanto en Misa negra como en El silencio de los animales, revisa la ideología que subyace a la noción de “progreso social”, descubriendo en ella una traducción secularista de la esperanza escatológica de los primeros cristianos, entre otras fuentes. Ni en este caso, ni en su crítica de las religiones políticas –es decir, de aquellas ideologías que asumen mensajes mesiánicos, prometiendo una salvación inmanente– aporta algo sustancial a lo que ya sabíamos gracias a E. Voegelin o a N. Cohn, salvo su insistencia en la perversión que representa el cristianismo.

Gray es un molesto espeleólogo que explora la cultura contemporánea y la encuentra plagada de tópicos, trivialidades o mentiras nacidas de la inclinación utópica del hombre, como, por ejemplo, el cientificismo, que atribuye a la ciencia una misión redentora, o esa interpretación simplista de la evolución y el progreso que sitúa la salvación en un tiempo todavía por llegar, pero a nuestro alcance. Contrapone a los impulsos milenaristas la figura de su compatriota Darwin, que desterró definitivamente la teleología y demostró que la evolución sucede por azar, sin dirección ni propósito.

La élite y el rebaño

Aunque la ciencia no nos depara redención alguna, este intelectual cree que, al menos, nos ofrece una comprensión desapasionada del mundo. No le falta razón cuando afirma que una mirada a la historia no resulta halagüeña. “Hemos conseguido –razona– avance tecnológico y vidas más largas, sí, pero a costa de depredar el planeta, como si no formáramos parte de él”. Es como si los logros científicos y técnicos realzaran más aún la falta de progreso moral de la humanidad y la persistencia de la guerra, la maldad o la injusticia.

La realidad natural y humana aparece a los ojos de este filósofo despojada de valor, como un hecho bruto, sin significado. Ahora bien, ¿no supone eso ya una interpretación, una toma de postura hacia el mundo? Más allá de todo ello, el materialismo del autor de Misa negra conduce a un relativismo inflexible e indiferenciado, en el que posiblemente se someta al hombre a una cura de humildad, pero también se le obliga a vivir de un modo indigente, en un universo vacío y gélido.

Terry Eagleton ha reprochado a Gray su “nihilismo apocalíptico”, mientras que otros, sin compartir sus tesis de fondo, creen que el realismo del que hace gala puede ayudar a formar una ciudadanía menos dogmática e ideológica. Lo que hoy día, cuando la utopía ha vuelto a irrumpir en la esfera pública, puede ser indispensable.

No deja de sorprender, en cualquier caso, el trasfondo elitista de su cosmovisión y el aura casi sacerdotal que paradójicamente adopta su discurso: como si él fuera uno de los pocos que hubiera conquistado esa verdad que se escapa al común de los mortales, el único con arrojo suficiente para escapar de esos engaños entre los que está condenado a vagar el rebaño humano.

Josemaría Carabante. ACEPRENSA, 24-07-2019

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