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El final de la Edad de la Inocencia: revisitando a Scorsese 25 años después

El final de la Edad de la Inocencia: revisitando a Scorsese 25 años después

El final de la Edad de la Inocencia: revisitando a Scorsese 25 años después

Hace 25 años Martin Scorsese estrenó su adaptación de “La edad de la inocencia”, la formidable novela de Edith Wharton sobre la alta sociedad neoyorquina del siglo XIX. Recuerdo que en su momento me chocó que el italoamericano hubiera rodado esta película.

Ahora, a vista de pájaro de un cuarto de siglo, y revisada La edad de la inocencia en la magnífica edición de Sony de hace unos meses en Blu-ray, la cosa tiene todo su sentido. Ya en 1993 Martin Scorsese quería dejar constancia de que la inocencia de la sociedad estadounidense, una suerte de ingenuidad idealista y de claro sentido de qué es lo correcto, se había hecho completamente añicos. Y para ello, nada mejor que mirar a la novela de Edith Wharton, con los códigos tal vez acartonados de cómo había que comportarse en la sociedad del siglo XIX en su querida Nueva York, pero que venían a defender ciertos valores, un sentido de la justicia y de la decencia, de la lealtad y el sentido del deber, frente al seguidismo irreflexivo del puro sentimiento, de lo que me apetece, de las pasiones y el corazón.

Curiosamente hace apenas unas semanas Scorsese ha estrenado en Netflix su documental Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese, en que el concierto de Dylan de 1976 con motivo del bicentenario de Estados Unidos, también deviene en símbolo de conjurar esa pérdida de la inocencia con la creatividad musical mientras se viaja por las carreteras de todo el país. Y si bien lo mira uno, toda la filmografía del italoamericano no es otra cosa que un análisis de cierta degeneración social y personal, con individuos que van dando tumbos –Robert de Niro en Malas calles y Taxi Driver–, con frecuencia atrapados en estructuras mafiosas corruptas, caricatura de lo que es una familia –Uno de los nuestros, Casino, Gangs of New York, Infiltrados–, con un angustioso grito existencial y espiritual en busca de respuestas –La última tentación de Cristo, Kundun, Silencio– y una añoranza de la inocencia infantil –La invención de Hugo.

Quizá gracias a esta consideración rápida e inevitablemente parcial de la obra de Scorsese, podamos encontrar un más fácil encaje en ella de La edad de la inocencia, cuyo guion firma Scorsese con Jay Cocks, libretista también de Gangs of New York y Silencio. Allí Newland Archer está prometido a una mujer a la que ama tiernamente, May Welland, pero de algún modo el previsible enlace está predeterminado, va a ocurrir lo que tiene que ocurrir, nadie diría que Archer ha elegido libremente, sino que hace lo que la sociedad opulenta de Nueva York espera de él. Pero aparece en escena la fascinante Ellen Olenska, su prima, separada de un conde ruso, y que espera volver a ser aceptada en su grupo social de origen. No es tan sencillo, pero él se esmera en que sea así. Lo que no está tan claro es la rectitud de sus motivos, porque en el fondo descubre en Ellen, una mujer que suele decir lo que piensa, una libertad y un modo de mirar la vida insospechados para él. Comienza a enamorarse de ella, pero también de su actitud vital, él querría poder respirar aire libre como ella, no sentirse constreñido por la atmósfera viciada de una sociedad en que los verdaderos pensamientos e ideas permanecen soterrados.

La virtud de la película de Scorsese, interpretada magistralmente por Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer y Winona Ryder– reside en el hecho de que no se limita a fustigar la posible hipocresía o falta de libertad de la sociedad que retrata. Porque en esa “inocencia” impuesta por la rigidez normativa, y el sentido del bien y del mal, reconoce algunas virtudes, como la de defender aquello que es valioso, la de comprender al otro y darle carrete, la de no reaccionar con violencia –qué diferencia con los personajes de los otros filmes del cineasta– ante aquello que contraría el propio punto de vista, o al menos no con violencia física, sino psicológica y de buenas maneras, muy «civilizadamente». La última escena de Archer con su esposa May es antológica, porque él está dispuesto a romper con todo, y ella le desarma sin siquiera permitirle exponer su caso, enfrentándole simplemente a sus obligaciones familiares. De modo que en el último plano, con un Archer viudo frente a la casa parisina de la condesa Olenska, posee una enorme fuerza su determinación de no subir a su piso, ahora que no existen impedimentos sociales. La decisión de antaño extiende su alargada sombra a la situación actual: ya decidió entonces, parece pensar, mientras se levanta del banco y se aleja del lugar.

José María Aresté. DECINE21, 31-07-2019

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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