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Aprender a convivir

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Aprender a convivir

Manuel Uzal C.: “…cuando se reduce una buena educación solo a buenos resultados (estándares, notas, puntajes, indicadores, etcétera), el proceso formativo se acaba en la instrucción; su objetivo se concentra en la eficacia, y la colaboración da paso a la competencia, muchas veces salvaje

En días recientes, dos destacados profesionales ligados a la educación han advertido en esta sección sobre un creciente deterioro en el clima educativo, motivado por una crisis cultural y de proyecto común. Las causas de esta crisis pueden ser muchas, pero ambos especialistas convergen en una: la excesiva y prolongada preocupación por los aspectos académicos, en desmedro de una formación humana que fomente el encuentro en valores comunes y promueva una sana convivencia democrática.

Cuando se reduce una buena educación solo a buenos resultados (estándares, notas, puntajes, indicadores, etcétera), el proceso formativo se acaba en la instrucción; su objetivo se concentra en la eficacia, y la colaboración da paso a la competencia, muchas veces salvaje.

En este estado de cosas, el colegio ya no es el lugar de encuentro, donde se aprende a trabajar y a convivir, sino solo un lugar de entrenamiento y capacitación para sobrevivir en un ambiente cada vez más competitivo. Así se comprende el creciente estado de violencia que se respira en nuestra educación: bullying, crisis de autoridad, pérdida del sentido del esfuerzo, etcétera.

Para enmendar el rumbo, debe entenderse la educación como lo que es: un proceso de mejora personal que integra las dimensiones intelectual, emocional, espiritual y social del ser humano. No solo la mente, sino que también el corazón de los alumnos debe ser formado armónicamente para constituir un ciudadano completo: técnicamente capacitado, emocionalmente equilibrado y éticamente responsable.

¿Qué nos ha dicho la experiencia de años educando personas? Que los mejores alumnos no necesariamente son los más inteligentes, sino que son los mejor dispuestos a aprender y convivir. Ello, porque están dotados de un conjunto de hábitos de trabajo y de respeto por los demás, atributos que son grandes potenciadores de la inteligencia común y que explican en gran medida los buenos resultados académicos.

Esta actitud benevolente —o de buena disposición, como la hemos denominado— es la esencia de una buena educación. Cuando un alumno ve en su profesor a un maestro que quiere colaborar en su mejora personal, se dispone mejor a escuchar y a dejarse guiar (aprende); y cuando ve a sus compañeros como personas con las que comparte una tarea común, se dispone mejor a un aprendizaje colaborativo, que es mucho más eficiente que la competencia en solitario.

Esta buena disposición depende en gran medida de los padres cuya autoridad educativa se fundamenta en el cariño (la benevolencia) que sienten por sus hijos. Por eso tiene razón Ricardo Capponi (página A2 del 10 de julio) cuando dice que la clave está en la formación afectiva, pues como señala Víctor Orellana (carta del 13 de julio), los países también educan para aprender a convivir. Esta dimensión de los afectos junto a la física y la espiritual integran interiormente a la persona, dotándola de un carácter —un modo de ser— que definirá todas sus acciones en la vida (también el estudio y el trabajo). Es cierto que las emociones en ocasiones pueden desbordarse, pero ello sucede cuando no se las educa. Bien formadas, con la sabiduría y ejemplo de los buenos educadores, son la fuerza que permite a cualquier persona acometer grandes ideales.

Es necesario, por tanto, enfocarse en la educación del carácter y devolver a los padres su rol de primeros educadores, ya que el trabajo conjunto de ellos con el colegio es un factor clave para una verdadera educación de calidad.

Manuel Uzal C. Director De Formación Y Estudios Colegios Seduc

EL MERCURIO, 27-07-2019

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Humor

El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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