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Instagram, ¿nos acerca o nos aleja de las obras de arte?

Instagram, ¿nos acerca o nos aleja de las obras de arte?

Instagram, ¿nos acerca o nos aleja de las obras de arte?

¿Nos acerca Instagram a las obras de arte o por el contrario nos invita a consumirlas de manera rápida a través de una pantalla?

La circulación de imágenes de manera más o menos rápida ha sido una constante en la historia del arte. La construcción de la iconografía epocal debe mucho a esa circulación y al conocimiento que conlleva, además de la repetición que propicia hasta su asentamiento como dominante. Baste, como ejemplo, recurrir a los estudios de Benito Navarrete para saber cómo las estampas contribuyeron a definir la pintura andaluza del barroco gracias a la fácil distribución de grabados de Durero, Rubens, etc., que difundieron nuevas composiciones en el arte del momento. Es evidente que un grabado no es una pintura y que cada medio tiene sus especificidades, pero también está claro que la difusión de esas estampas ayudó decisivamente a una construcción cultural de la imagen irradiada desde los lugares de concentración de riqueza del momento. Las formas, como las ideas, viajan, tal y como estudió Roger M. Buergel en Documenta 12, y al migrar van añadiendo significantes y significados.

«El modo de conocimiento que propician las redes es veloz, superficial e ingente y está mediatizado por una pantalla. Se ha tendido a un despojamiento absoluto en cuanto al texto»

De este pequeño preámbulo se pueden extraer algunas de las claves del uso de Instagram y de las redes sociales: la facilidad y, sobre todo, la inmediatez de la circulación, al mismo tiempo que la resignificación intrínseca. Paul Virilio advirtió de la estrecha relación de la tecnología –especialmente de las emparentadas con la visión– con la velocidad y el poder. Y ahí está el quid de la cuestión. La respuesta a la pregunta de si las redes nos acercan o alejan de las obras sería que sí a ambos asuntos. Por un lado contribuyen a su conocimiento y, sobre todo, en relación con el arte contemporáneo, es una manera de saber de aquello a lo que no tenemos un acceso directo y rápido. Por otro, es evidente que el modo de conocimiento que propician es, al igual que su circulación, veloz, superficial e ingente y está mediatizado por una pantalla por lo general no muy grande puesto que el móvil sería su medio más común. También es un hecho que las redes han tendido a un despojamiento absoluto en cuanto al texto. Durante los años ochenta y noventa, las revistas internacionales como Artforum contribuyeron, como las estampas en el barroco, a cierto tipo de obra de arte, pero iban acompañadas de texto. Una de las peores críticas que se podían hacer era que se veían las imágenes pero no se leía el texto o no se leía correctamente. Es decir, aparece aquí, y más acentuado con las redes, el problema de la descontextualización.

Por último, hay otro asunto que puede ser más interesante: el de las obras que parten de Instagram –como por ejemplo la actualmente expuesta en Jugo (Córdoba) de Tete Álvarez– o bien aquellas otras que han sido creadas desde y para las redes, puesto que cada una tiene unas especificidades muy definidas y permiten la elaboración de trabajos que sean conscientes de las implicaciones formales, conceptuales y políticas que como tal medio conllevan. Aunque quizás esto último nos conduzca a una situación similar, con el paso tiempo, a la que en su momento aconteció en el net.art. Pero eso sí que ya es otra cuestión.

Entre apocalípticos e integrados

El propósito de tener una visión política de cómo se integran nuestras producciones en la sociedad es apuntar más allá de las fobias y las filias hacia las nuevas condiciones técnicas de su (re)presentación. Podría contestar con un sí a las dos preguntas sin ninguna contradicción. Las redes sociales son lo que son: una herramienta y también una estructura, comercial sí, pero que puede transformarse para descubrir, comunicar, promover y criticar lo que hacemos los artistas. Esta dicotomía entre apocalípticos e integrados, tal vez sea una tensión necesaria, establece una distancia crítica ineludible en todo proceso cultural.

La sociedad de la información está siendo impulsada por una lógica comercial implacable y, efectivamente, es poco probable que cumpla con la utopía de su potencial liberador. Pero es importante observar la realidad social y ver cómo algunas instituciones y artistas saben apoderarse de estas herramientas, aunque sea temporalmente, y generar un auténtico contexto público donde las obras se liberan ocasionalmente del ámbito de trabajo tradicional del arte y se reintegran en la vida. Sigue existiendo un momento asombroso en el encuentro, casual o esperado, de alguien con una obra de arte, donde la intuición trata de establecer vínculos con lo aprendido y las preguntas se abren paso ante la sorpresa. Si esto pasa en Instagram u otra empresa de Facebook, qué nos importa. ¿No sabían que los algoritmos de Facebook buscan la felicidad individual? 😉

«Las redes sociales son una herramienta y también una estructura, comercial sí, pero que puede transformarse para descubrir, comunicar, promover y criticar lo que hacemos los artistas»

La visión instagrámica, ese ansia consumidora de atención fragmentada, efecto Mona Lisa en el Louvre o Bienal de Venecia, es anterior a la propia red social. Es más que probable que el arte, y la historia del arte, puedan aportar algo para comprender estos particulares modos de ver. Podemos dejarnos arrastrar por ese flujo constante de imágenes o aprender a manejarnos en la realidad de un paisaje visual caótico y contaminado; a movernos y vivir integrados en un mecanismo dominador y sujeto a estrictas reglas de vigilancia como las del Archivo/Museo; a domesticar o subvertir la herramienta para que nos permita convertir este bombardeo de impactos visuales en conocimiento específico para interpretar nuestra realidad. En los nuevos medios de distribución de información hay que prestar más atención a lo que no vemos que a lo evidente.

Para establecer una distancia crítica es importante dar la vuelta al cuadro, descubrir el código y la maquinaria que sustenta a la imagen y no conformarse con su reflejo en la pantalla. Ese reflejo en la cúpula de protección de nuestras redes sociales suele ser una reiteración de una misma idea siguiendo una lógica matemáticamente definida. Si somos capaces de darle la vuelta a esa camiseta y mostrar todas sus costuras estaremos liberando la herramienta de los clichés más aburridos de la iconografía del ocio de la clase media, autorretrato, paisaje, bodegón. Una de las particularidades más extraordinarias de la práctica artística es crear o descubrir esos espacios de resistencia, averigüemos ese hueco en nuestras redes sociales.

EL CULTURAL, España, 08-07-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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