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Del currículum y otras yerbas

Del currículum y otras yerbas

Del currículum y otras yerbas

«Se considera con desmedro a disciplinas madres en la enseñanza media, y se favorecen a cambio saberes ocasionales».

La reforma al currículum —una de docenas a lo largo de las últimas décadas en busca de El Dorado— ha hecho correr ríos de tinta y me temo que aquí voy a contribuir al caudal. La eliminación y reincorporación de la filosofía, seguida de la supresión en la práctica de historia para los dos últimos años de enseñanza media, delatan un afán juguetón con medidas aparatosas de reforma permanente, plaga de nuestra educación.

En la enseñanza media, el aprendizaje central consiste y debe consistir en una introducción a los grandes saberes de la civilización; estos se concentran en lo que llamamos ciencias, en sus diversas especialidades. Naturalmente, es un desarrollo progresivo y un salto verdadero solo se da en los dos últimos años, que es lo que el currículum parece ignorar. Sin una base sólida, la enseñanza universitaria —o incluso la técnico-profesional— va a estar endeble. La educación es una larga escalera y pensar que solo el cartón universitario es lo único que vale la pena, sin otro cimiento, es condenar la formación escolar a una eterna mediocridad; en esta área equivale a nuestro cuasi-desarrollo en lo económico y social, donde mejoramos sin acumular las fuerzas suficientes para dar el brinco decisivo.

Uno tiene la sensación de que nuestra educación básica y media —y en parte la universitaria— marcha en el largo plazo por esa senda, todo por secretaría, incluso lo fundamental, la formación en el intelecto y en el carácter, esto último en la medida en que corresponde al establecimiento. Se considera con desmedro a disciplinas madres en la enseñanza media, primero a la filosofía, hoy trocada por la historia, y se favorecen a cambio saberes ocasionales, lo que surge al azar de las disputas políticas. Poco vale el argumento de marketing de que ahora se pide algo distinto. Nadie podría sostener que los saberes tradicionales, anclados en las ciencias y las artes, constituyen algo rígido; solo una mala enseñanza, tantas veces originada en el escaso amor y diligencia por la materia misma, lo podría efectuar. Las ciencias y disciplinas muestran siempre un dinamismo que produce la queja de sus cultores: que cuesta tanto mantenerse al día en ellas. Son esos saberes los que deben acoger las nuevas inquietudes; sospecho que tras “formación ciudadana” solo se esconde una receta prefijada, mecánica, al final inerte.

Frente a la ofensiva de los fulgores de la hora, no se debe caer en la trampa y defender con dientes y uñas a las artes y humanidades ante una supuesta acometida de las ciencias duras. No constituyen un adversario; este lo es uno de otro tipo, carente de dignidad: el diletantismo con que surgió la actual propuesta de currículum, compromiso sobre compromiso. Más aún, creo que se les da insuficiente atención a las llamadas ciencias duras; nuestro futuro social y económico depende en medida considerable del dominio de estas materias. Incluso me atrevería a afirmar que en los años de educación media se extiende un pavor injustificado a estas últimas ciencias, personalizadas en las matemáticas, que hace que muchos se refugien en una delgada capa de pintura de artes y humanidades. Uno ve el resultado en la universidad, la que está plagada de “humanistas” con poco amor y diligencia por las artes y humanidades.

Porque la educación —salvo para casos muy excepcionales— consiste en estas dos esferas de conocimiento y formación: por una parte, arte, humanidades, espíritu; y esa otra de las ciencias naturales y exactas. No hay contradicción entre ellas, solo que pertenecen a reinos diferentes. La mente humana, por ser lo que es, tiene la capacidad de contener a ambos.

Columna de Joaquín Fermandois. EL MERCURIO, 02-07-2019

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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Durante la llamada «ley seca» puesta en vigor en Estados Unidos durante los locos años veinte, se vendían unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje:

«Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclarlo con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida».

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