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Compañeros

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«Lo realmente insuperable es la contradicción entre la entelequia llamada socialismo y la realidad denominada Elizalde, Insulza, Escalona, Díaz, Allende, Fernández, etc”

Con esa palabra, compañeros, se han tratado siempre entre sí los militantes del Partido Socialista de Chile.

Es un eufemismo más de los tantos que marcan su trayectoria pública, porque si algo no ha habido entre sus miembros es justamente eso, compañía, acompañamiento, paño común.

La historia del PS es de las más consistentes en el Chile de las últimas décadas. Consistente, porque ha seguido un mismo patrón durante sus 85 años de vida: juntarse, pelearse, dividirse; juntarse, pelearse, dividirse…

Sucedió a raíz de la discusión del proyecto de Ley de Defensa Permanente de la Democracia en 1947-8; se repitió en las luchas entre Allende y Ampuero; una vez más, enfrentó a los sectores de Altamirano y Rodríguez en la fase final de la UP; durante el gobierno militar, se expresó en tantos grupos como caudillos: el PS parecía supermercado. Y reunificados al comienzo de esta nueva democracia, enfrentan ahora una nueva crisis, una más. Los libros de Jaime Etchepare dan buena cuenta de esta tendencia autodestructiva del Partido Socialista chileno.

Por supuesto, nadie puede negar que en otras colectividades se ha dado un proceso similar, pero la capacidad de subdividirse del socialismo nacional llega a niveles de paroxismo.

¿Qué la explica?

Por una parte, la inconsistencia teórica del PS. El partido nunca ha encontrado un espacio ideológico que realmente tenga contornos definidos. Del Castro-guevarismo a la socialdemocracia, de la validación de la lucha armada a las alianzas con los melifluos DC, todo ha cabido en la tienda del hacha que es también el partido del clavel. ¿En qué quedamos… hacha o clavel?

Esa inconsistencia se hace hoy particularmente evidente. Realmente, ¿en qué creen los socialistas? ¿Están por estatizar los medios de producción? No. ¿Están a favor de una economía de mercado? No. ¿Les gustaría un Estado grandote que controlara casi todo, pero que respetara espacios de iniciativa privada? Quizás, sí. Pero, ¿saben cómo se organiza eso? No. ¿Siguen pensando que la lucha de clases es el motor de la Historia? No. Pero, ¿no les parece adecuado quitarles a los ricos para darles a los pobres? Sí. ¿Y cómo se resuelve esa contradicción? No tienen ni idea. ¿Apoyan la ampliación de los derechos hasta llegar a unos 451 para cada persona? Sí, por supuesto. ¿Y le cabe al Estado garantizarlos? Sí, obvio que sí. Pero, ¿cómo se coordina la libertad de las personas con el control social ejercido por el Estado? Tampoco lo saben.

Y a todas estas inconsistencias doctrinarias se suma un problema mucho más práctico. Se ha dicho que en el PS ha habido corrupción y que eso explica su situación actual. No; dentro del PS eso es una pitijaña, una cosita de nada; aunque pueda ser muy grave como síntoma, no es más que eso, una manifestación de superficie.

Lo que realmente resulta insuperable para los socialistas es su contradicción profunda entre la entelequia llamada socialismo y la realidad denominada Elizalde, Insulza, Escalona, Díaz, Allende, Fernández, etc. Sí, porque si antes fueron las disputas que implicaron a los Rosetti, los Ibáñez, los Ampuero, los Rodríguez, los Altamirano y los Allende, hoy las personalidades son otras, pero el problema es el mismo: el socialismo es una linda teoría, mientras que los actores llamados por el partido a ponerlo en práctica son unos viejos feos. Personalistas, caudillos del área chica, líderes de facciones infinitamente subdivisibles, que creen ser capaces de articular a toda una sociedad desde el Estado, mientras demuestran su absoluta incapacidad de organizar una entidad de pocas decenas de miles de ciudadanos.

Tal como están, los socialistas no tendrán más futuro que el de su propia historia: fracasar.

Columna de Gonzalo Rojas. EL MERCURIO, 10-07-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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