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“¿Cómo puede la gente matar y no volverse loca?”

“¿Cómo puede la gente matar y no volverse loca?”

“¿Cómo puede la gente matar y no volverse loca?”
julio 11

Autora del libro detrás de la popular serie Chernobyl

La serie de HBO Chernobyl tiene atrapados a miles de  espectadores. Pero tal vez muchos no saben que está basada en el libro de Svetlana Alexievich, la primera periodista en ganar el Premio Nobel de Literatura (2015). La originalidad de Svetlana fue entrevistar durante años a las víctimas del desastre, no tanto para conocer los hechos sino para descubrir cómo influyó el secretismo impuesto por las autoridades socialistas que, según ella, terminó jugando con el alma humana.

 Espera que ahora, con la serie de HBO, una nueva generación preocupada de la ecología será sensible a la amenaza sobre la naturaleza: “Creo que tendrán en la mente el ensayo de un apocalipsis.”

Temas y Noticias tradujo para sus lectores esta entrevista aparecida en el diario británico The Daily Telegraph.

Un día, al comienzo de los años 80, Svetlana Alexievich, que llegaría a ser la primera periodista en ganar el Premio Nobel de Literatura, tuvo una conversación con un censor soviético. Había escrito y trataba de publicar, un libro sobre el más de un millón de mujeres que habían luchado en el ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial.  Alexievich había grabado las voces de más de 500 de ellas. El censor había tachado muchas de ellas en el manuscrito.

“No necesitamos su pequeña historia”, le dijo el censor. “Queremos la historia grande. ¡Usted no ama a nuestros héroes! Usted no ama nuestras ideas.”

“Es verdad, dijo Alexievich. No amo las grandes ideas. Amo al  pequeño ser humano.”

Una versión no censurada de ese primer libro se tradujo al inglés hace dos años bajo el título The unwomanly face of war. Para muchos lectores, entre los que me incluyo, fue por lejos el mejor libro publicado ese año- no solo una historia oral sino un proyecto a largo plazo que expone una  serie de preguntas urgentes para el presente: ¿Cómo oímos? ¿A quiénes no estamos oyendo? ¿Cuáles son las historias debajo de la historia y a quién pertenecen?

El segundo libro de Alexievich, Last Witnesses: Unchildlike Stories- que recoge los testimonios de rusos que vivieron la Guerra cuando niños- se acaba de publicar y completa la colección de su trabajo disponible en inglés. A  pesar de que no se han traducido según su secuencia original, es posible ver los cinco libros- sobre las mujeres, los niños, la guerra soviética en Afganistán, Chernobyl y la realidad postsoviética, tal como ella los concibió: como “novelas en voces”, que entregan un solo testimonio coral sobre la Rusia de postguerra. Aunque su Premio Nobel de 2015 no nos lo hubiera anticipado, la experiencia de leer estas miles de confesiones humanas produce un impacto   poderoso.

Me encuentro con Alexievich en su hogar, ubicado en un alto edificio de apartamentos en la ciudad de Minsk. A pesar de que creció acá en Bielorrusia, ha vivido por toda Europa durante muchos años, antes de volver en 2011 para estar cerca de su hija y nieta. Su departamento es cálido, café y lleno de libros: estanterías de madera oscura cubren las paredes detrás de generosos sofás de cuero y de un escritorio masacotudo y anticuado. Entre las filas de libros, hay uno que está dado vuelta y que muestra la imagen de su cubierta: Alexievich, más joven, con una chaqueta antibalas y  su mentor Ales Adamovich,  de cuya historia sobre su aldea arrasada por los nazis nació todo su proyecto. Las ventanas dan a un lago artificial- la gran parte de Minsk es ahora artificial, puesto que la ciudad fue destruida durante la guerra. Falsos bloques de departamentos estilo siglo XIX, pintados en colores pastel se elevan junto a ambiciosas masas verticales como éste,  construidos recientemente por oligarcas.

Es un sofocante día de junio y el aire acondicionado no funciona, pero Alexievich prepara té para el intérprete, Yuri, y para mí. A los 71 años, tiene un trato amable y habla con cuidado. Hay una lata de galletas  sobre la mesa y un pequeño bowl con chocolates rusos rellenos de licor. Su celular no para de sonar.

“Es un tiempo loco, dice. Tengo que dejar la ciudad”.

Todo el mundo quiere preguntarle sobre la serie de televisión “Chernobyl”, que dramatiza los acontecimientos cubiertos en el libro que escribió en 1997. Los creadores le compraron los derechos pero no pusieron su nombre en los créditos, y ella sólo ha visto un par de episodios.

“Tuve que piratearlos”, dice con buen humor.

Bielorrusia le entrega a Alexievich un prisma escalofriante desde donde observar la destrucción. Durante la guerra, una de cada cuatro vidas bielorrusas se perdió. Después de Chernobyl, una de cada cinco se encontró viviendo en suelo contaminado. A pesar de que la planta nuclear estaba en Ucrania, 70 por ciento de la radiación liberada por el desastre en 1986 cayó a lo largo de la frontera con Bielorrusia.

Leer simultáneamente Last Witnesses y Chernobyl Prayer produce un efecto curioso. En el caso de los niños, uno se siente transportado al pasado. Chernobyl es actual: “Los radionucleidos esparcidos sobre la tierra vivirán 50.000, 100.000, 200.000 años”, escribe Alexievich. Y porque la gente que ella entrevistó sabía cosas que nadie estaba todavía preparado para ver, “sentí que estaba grabando el futuro”, dice. Su trabajo está a horcajadas sobre el tiempo. Espera que ahora, con la serie de HBO, una nueva generación preocupada de la ecología será sensible a la amenaza sobre la naturaleza: “Creo que tendrán en la mente el ensayo de un apocalipsis.”

Con su Premio Nobel y su acuerdo con HBO, Alexievich es el puente  entre Solzhenitsyn y Los Soprano. Hay algunos críticos que cuestionan su rigor periodístico. En un ensayo publicado en The New Republic, Sophie Pinkham describe ciertos pasajes de Second hand Time, su épica evocación de la vida en Rusia después de la caída del comunismo, como si hubieran sido reorganizados o eliminados, pareciendo monólogos teatrales más  que hechos registrados.

Sus entrevistados la vuelven a contactar hacia el final de sus días con deseos de contarle más.

Pero eso está en consonancia con el método de Alexievich: ella es abierta en la edición y el reordenamiento del material que recoge. En realidad compone una partitura: muestra la forma y el sonido de la memoria, tanto individual como colectiva. A menudo revisa sus libros detenidamente antes de publicarlos por primera vez, una práctica que me describe como necesaria porque sus entrevistados la vuelven a contactar hacia el final de sus días con deseos de contarle más. Su propósito es ir más allá de lo que llama “hechos mecánicos”. “Por qué repetir los hechos”, escribe en la primera edición de su  libro sobre Chernobyl. “Ellos cubren nuestros sentimientos. El desarrollo de esos sentimientos, el derrame de esos sentimientos después de los hechos es lo que me fascina.”

Ella ve su proyecto como “la historia de cómo el socialismo jugó en el alma humana.”

Alexievich habla a menudo de “sentimientos”. Ella ve su proyecto como “la historia de cómo el socialismo jugó en el alma humana.” Esto no es el manifiesto de una mera grabadora. Al oír a Alexievich decirlo, la ficción en la cual se crio es precisamente lo que le da la valentía de contar las verdades más feas. En sus libros, a menudo cita a Tolstoi y a Dostoiewski, y su trabajo se nos presenta en esa línea. Dos de sus libros han sido traducidos al inglés por Richard Pevear y Larissa Volokhonski, conocidos traductores de estos dos escritores del siglo XIX. El periodismo, en la Unión Soviética, tramaba otra cosa.

“Vengo de una familia de profesores, me cuenta. Crecí en un pueblo y mi padre era un convencido comunista. Yo recién me di cuenta que había muchas cosas ocultas cuando empecé a trabajar como periodista. Pero no podía escribir sobre eso en el diario. Por eso me fui. Ellos querían que escribiera sobre la guerra, pero yo quería escribir algo diferente: sobre cómo la gente podía matar y no volverse loca.

La primera vez que se detuvo a pensar si podría usar algo que le habían contado, estaba escribiendo su experiencia en Afganistán para su libro Boys in Zinc (2017). Mirando una mina, comentó lo perfecta de su forma. El oficial ruso que estaba a su lado le dijo que si alguien la pisara “no quedaría nada de él más que un balde de carne. Tendrían que  recogerlo del suelo con una cuchara.” Ella había llegado a Kabul creyendo todavía en “el socialismo con cara humana”, pero la guerra se lo arrancó. ”Somos asesinos, papá”, le dijo a su padre cuando volvió y lo hizo llorar. Frente a su teclado, Alexievich dudaba sobre lo de la carne. ¿Era ir demasiado lejos? Pensó en los novelistas del siglo XIX y lo puso.

Last Witnesses (Los últimos testigos) es tan fuerte-y al mismo tiempo inocente, pues todas las experiencias les ocurren a niños- que es difícil imaginar  qué pasajes querrían eliminar los censores. (Este segundo libro se gestó sobre el primero, el de las mujeres, porque algunas de ellas eran las madres de los niños que entrevistó después). “Estaba relacionado con el patriotismo”, contesta Alexievich, cuando le pregunto, antes de señalar algunos capítulos que han sido reincorporados. Un chico cuenta que quedó en shock después de haber matado su primer alemán; niños en un orfanato confunden a los soldados alemanes con sus padres que vienen a rescatarlos; un niño se esconde bajo la cama después que su madre es asesinada. “El censor me gritaba”, cuenta calmadamente Alexievich. “Decía: esto no puede haber pasado, dónde están los gestos patrióticos de los niños? ¡Tiene que borrarlo de su libro!”

La cuestión del silencio aflora una y otra vez, tanto como una reacción de shock durante la guerra como una estrategia de sobrevivencia después.

La respuesta del censor es el fundamento de la vergüenza de los testigos. Por supuesto que no podían hablar. La cuestión del silencio aflora una y otra vez, tanto como una reacción de shock durante la guerra como una estrategia de sobrevivencia después. “¿No tiene miedo de oírme?”, le preguntó un entrevistado a Alexievich. El libro es un rompedor de silencios.

“Sí, exactamente, dice Alexievich, todas esas mujeres y niños estaban hablando de una guerra que nunca experimentamos. Nunca vimos esa guerra. No se contaban historias como estas.” Recuerda especialmente la historia de una mujer, una ex soldado llamada Lola Akhmetova, que se quejó por tener que usar calzoncillos de hombre. “Usted se está preparando para morir por la Madre Patria, le respondieron y va a usar calzoncillos de hombre…por 4 años.” Al final de la entrevista, Akhmetova le pregunta a Alexievich por qué no se ríe. “Está llorando, ¿por qué?”

El papel que Alexievich toma en la narrativa está a la vista. Se refiere a sí misma como “testigo”, “cómplice” o simplemente como “vecina en el recuerdo.”

Se pegunta cómo llamar a sus entrevistados: ¿narradores, interlocutores, guías? A veces deja en claro que es uno de ellos (adaptándose a la vida postcomunismo, por ejemplo). Otras veces es franca para dejar en claro que no- citando a un soldado que le dijo que ella no era la que debía estar contando su historia. “Cómo experimentas la historia y la escribes al mismo tiempo?, se pregunta en alta voz. Tienes que abrir los tiempos.” La consecuencia es que se encuentra física y psicológicamente  exhausta y necesita períodos de silencio.

“Creo que el libro, y la verdad, no pueden depender de la mitología del momento”

Incluso antes de que los censores hicieran su trabajo, las mujeres que entrevistó habían sido censuradas por sus maridos. “Tu prepara el té y yo hablo con ella”, recuerda Alexievich que le dijo un hombre a su esposa. El recuerdo la hace reír. “¡La mujer había sido francotiradora!” Además las mujeres se autocensuraban. Al principio les enviaba las transcripciones de las grabaciones para que las verificaran, pero dejó de hacerlo cuando estas volvían llenas de inserciones patrióticas. “Creo que el libro, y la verdad, no pueden depender de la mitología del momento”, explica. Yo tenía todas las cintas. Compuse historias diferentes pero basadas en sus voces”.

Cuando se publicó su primer libro en 1985, varias de las mujeres  se quejaron de que no había publicado las cosas heroicas. Trató de explicarles que esa era una forma de heroísmo. En 1992 fue llevada a juicio por algo similar cuando algunos de los entrevistados  en Boys in Zinc consideraron que había representado mal su valentía. (Uno de los casos se sobreseyó. Otro se encontró difamatorio y Alexievich fue multada, pues los jueces rehusaron oír la evidencia de expertos que ella había solicitado).”Como ser humano, dijo Alexievich al abandonar la corte, pido perdón por haber causado dolor, por este mundo imperfecto…Pero como escritora, no puedo, no tengo derecho a pedir perdón por mi libro. ¡Por la verdad!” 

En un momento de la entrevista, le pregunto si cree que su obra tiene más valor como historia o como literatura. Su respuesta se inclina por esta última.

“Ahora las cosas se mueven tan rápido, que ya no tenemos, como Tolstoi, el tiempo de pensarlas. Yo quería crear estas “novelas en voces”. Creo que es un método moderno apropiado”.

La palabra “novela” levanta una pregunta: qué pasaría si no fueran verdad? ¿Cuál sería la diferencia?

Alexievich sonríe: “La vida real es tan inesperada. Yo no habría podido dar tantos detalles o contar tantas historias, dice sobre la alternativa de la ficción. Además, ya no tendrían magia.”

Es muy clara. La magia está en lo real. Insisto. ¿Tiene obligaciones periodísticas con la verdad?

“Sí. Por supuesto, responde con firmeza. Es lo que he hecho toda mi vida”. Hay una pausa y otra sonrisa. “Por lo que yo entiendo de la verdad.”

Haber envuelto todo esto en un paquete que permite a otros sentir algo de la historia es lo que lo transforma en literatura.

Me pregunto si la distinción es arbitraria. Los libros de Alexievich son estructuralmente sofisticados: voces y comentarios se superponen por capas, junto a extractos de sus propios diarios y de sus conversaciones con los censores sobre las primeras ediciones. En ese sentido, son documentos salvados de mundos desconocidos (para la mayoría de los lectores).En otro sentido, son conmovedoramente reconocibles, y hay en esto un extraño tipo de confort. En algunos libros hay capítulos con títulos como “Admirado por la tristeza”, “El consuelo del Apocalipsis” o “Monólogo sobre la filosofía cartesiana o comer sándwiches radioactivos con alguien para no sentir vergüenza.” Si la composición de estos elementos parece sospechosa, habría que considerar la crudeza de los testimonios, sus desquiciados detalles, la complejidad de la vergüenza contenida en ellos. “Perdóneme”, dice más de una persona al final de una entrevista. Haber envuelto todo esto en un paquete que permite a otros sentir algo de la historia es lo que lo transforma en literatura.

Alexievich ha sido abiertamente crítica de Putin y de Lukashenko. Dice que “la hacen sentir en una  nueva Edad Media- es como vivir de nuevo en la oscuridad.” Cita al poeta polaco Czeslaw Milosz, que dijo una vez que el fascismo era una pequeña opereta de mal gusto, pero que el comunismo, que sigue vivo, era una amenaza para la humanidad. “Ahora, dice, el Comunismo ha entrado en las mentes de la gente con un traje diferente.”

Estas ideas le han traído persecuciones por trolls en internet y al despliegue de algún poster loco en alguna protesta  política. En Moscú vio a un hombre con un cartel que decía; “Todos los Premio Nobel son agentes de la CIA a los que les pagan millones de dólares por su trabajo.” Pensó: “¿Quién más ha recibido el Nobel aquí?”

Dice que el gobierno bielorruso hace como si ella no existiera- no se le permite aparecer en público y sus libros no se publican en su propio país. Una vez un banquero bielorruso  editó sus libros para repartirlos gratuitamente, pero las librerías se negaron a exhibirlos por miedo a las represalias del gobierno.

Si hay algún riesgo para su vida, no lo tiene claro. Siente que el Nobel la protege. Era amiga cercana de la periodista rusa Anna Politkovskaya, quien le contó que había recibido amenazas de muerte  antes de ser asesinada en 2006, en un crimen por contrato que tiene hasta ahora inidentificados a sus autores intelectuales.

“Hablamos mucho, cuenta. Le dije que tenía que parar por un tiempo, salir a alguna parte, o se volvería loca. Estaba física y psicológicamente exhausta. Nunca pensé que iban a matar a una mujer. No hay nada que los detenga. Podrían conseguir a un veterano de la guerra en Afganistán para matarme porque algunos de ellos están con problemas. No sería difícil conseguir un sicario.”

Para arrancarse de Minsk, compró una casa en el campo, y la mujer que le ayuda con la limpieza le contó que había un ex miembro de la KGB viviendo en el mismo pueblo. Le dijo: “Nos gustaría matar inmediatamente a Svetlana pero es públicamente conocida, así que es mejor dejarla vivir. Si la matamos, habrá mucho ruido.”

“Quería escribir las historias de 50 hombres y 50 mujeres, pero me di cuenta que no podía trabajar con hombres. Me es difícil entenderlos.”

Alexievich admite que le resulta difícil hablar de su vida privada. Me dice que “nunca ha estado oficialmente casada.” En cuanto a la versión no oficial: “Sí. La vida es larga…” Su hija Natasha, que llega al departamento cuando ya me voy, no era originalmente su hija sino su sobrina. La hermana de Alexievich murió de cáncer a los 35; Natasha tenía 4 y Alexievich la crio como propia.

Alexievich cuenta que su próximo libro será sobre el amor. Está trabajando en él hace años. “Quería escribir las historias de 50 hombres y 50 mujeres, pero me di cuenta que no podía trabajar con hombres. Me es difícil entenderlos.”

Entonces ¿sobre qué escribirá?, le pregunto.

“Historias de amor de mujeres. Creo que serán mucho más interesantes.” Sonríe un poco maliciosamente. “Los hombres las leerán”.

Gaby Wood. THE DAILY TELEGRAPH, Inglaterra, 06-07-2019

Traducido por  Elena Prieto Lindholm

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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Durante la llamada «ley seca» puesta en vigor en Estados Unidos durante los locos años veinte, se vendían unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje:

«Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclarlo con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida».

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