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BECA PARA ESCULTORES DE CERA

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Lillian Calm escribe: “Si en Chile se pretende hacer un museo de cera -en Las Condes o donde fuere- no sería descabellado lograr, si se cuenta con presupuesto, que nuestros escultores de cera vayan primero a adquirir conocimientos (tal vez no se requiera una estancia muy larga) al mismísimo museo de Madame Tussauds. A lo mejor así Gabriela Mistral termina pareciéndose a la Gabriela Mistral de cera…”.

En un principio pensé que las críticas al tan anunciado Museo de Cera obedecían a una soterrada funa política contra el alcalde Joaquín Lavín. Pero eso fue solo hasta ver fotografías de algunas de las figuras a punto de ser exhibidas, más encima cuando hace apenas unas semanas recorrí, en plena Marylebone Road de Londres, el Museo de Cera de Madame Tussauds.

Tenía un mejor recuerdo. Incluso me desilusionó. Si bien hoy las figuras están igualmente logradas (casi todas, diríamos), hace décadas no se apelotonaban como ahora.

No puedo dejar de evocar, en ese museo de las décadas sesenta y luego ochenta, y en una espaciosa sala, la figura regordeta de Su Majestad Enrique VIII rodeado de sus seis mujeres: Catalina de Aragón, Ana Bolena, Juana Seymour, Ana de Cléveris, Catalina Howard y Catalina Parr. Hoy éstas no lo acompañan y quien más se le aproxima, dentro del museo se entiende, es… ¡la reina Victoria!

La segunda vez que fui, y la última hasta este año, fue el 13 de mayo de 1981. Fue un miércoles. El miércoles anterior yo había asistido a la audiencia papal en la Plaza de San Pedro: estábamos en pleno diferendo austral con Argentina y yo había viajado a Roma a entrevistar al cardenal Antonio Samoré, representante del mediador Juan Pablo II. Quizás por eso, a los pocos días, en Londres y en el Tussauds, me quedé más rato que el presupuestado observando en un amplio espacio, solitaria, la figura de cera del pontífice, impecable en su sotana blanca. Una figura logradísima. Salí a la calle y me di de bruces con una noticia devastadora: el turco Ali Agca acababa de atentar contra Juan Pablo II.

Han trascurrido casi cuarenta años. Ahora todas las figuras se amontonan con escasa distancia entre unas y otras y, asimismo, con marcadas desproporciones de tamaño. Pero las facciones y los trajes son casi perfectos por mucho que se desplieguen en un verdadero potpurri.

Pero el fuerte ya no parece ser ni la realeza (con excepción de Meghan Markle, que agolpa multitudes) ni la cámara de horrores, muy visitada antiguamente y que en esta oportunidad ni siquiera divisé, sino la Star Wars, artistas de televisión y los más destacados deportistas de las más diversas ramas.

Todo esto me ha llevado a la conclusión de que si en Chile se pretende hacer un museo de cera -en Las Condes o donde fuere- no sería descabellado lograr, si se cuenta con presupuesto, que nuestros escultores de cera vayan primero a adquirir conocimientos (tal vez no se requiera una estancia muy larga) al mismísimo museo de Madame Tussauds. A lo mejor así Gabriela Mistral termina pareciéndose a la Gabriela Mistral de cera (y para decir esto me basta con observar su fotografía ya que, reconozco, no he visto su reproducción en vivo y en directo).

Pero en Londres tienen expertise. Todo un gran edificio alberga al más que centenario museo, fundado en 1835 por la señora Tussauds. Nacida en Estrasburgo, Francia, falleció en Londres en la mismísima mitad del siglo XIX (1850) dejando escuela. Hoy son muchos los países que tienen museos homólogos y que llevan el nombre Tussauds.

Quizás así se tranquilizaría la Sociedad de Escultores de Chile, autora de una carta abierta que no solo critica el lugar reservado para el museo de cera criollo (el Pueblo de los Dominicos), sino también todo ese incipiente museo en sí, al definir la muestra como la “vulgaridad en su expresión más bizarra”.

Ya se ha informado que las figuras serán retocadas. El problema está en que, al parecer, algunas requieren muchísimo más que un simple retoque.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 4-7-2019

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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Durante la llamada «ley seca» puesta en vigor en Estados Unidos durante los locos años veinte, se vendían unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje:

«Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclarlo con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida».

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