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Toy Story 4

Toy Story 4

Toy Story 4

97 min. | Aventuras | Animación. Público apropiado: Todos

Andy se ha ido a la universidad, pero la pequeña Bonnie ha heredado sus juguetes. Y aunque el entrañable sheriff de trapo Woody no es su favorito –incluso le sale alguna pelusa–, él sigue liderando la comunidad juguetera, bien imbuido de su misión de procurar la felicidad de la niña que es su dueña. Y ahora ha llegado un momento especial en su vida, el primer día de escuela infantil. Detectados sus miedos, Woody se las arregla para acompañarla oculto en su mochila. Y ahí será testigo de algo mágico: la seguridad que se adueña de Molly cuando construye un tosco juguete con un tenedor de plástico: Forky será su entrañable amigo, aunque el propio juguete tiene sus personales temores, el complejo de estar hecho con basura, material desechable. Cuando por avatares de la vida Bonnie pierde a Forky, Woody hará lo imposible con los otros juguetes para recuperarlo, pues teme que la pequeña quede traumatizada por el extravío. En la aventura se reencuentra con su vieja amiga Bo Beep, la muñeca pastorcilla inseparablemente unida a sus ovejitas, que es feliz con una vida en libertad en una feria.

Toy Story 4 está bien, e incluso muy bien. Pero le pasa lo que a El padrino III. Que existen las anteriores, o sea, Toy Story, Toy Story 2 y Toy Story 3. Y esta última parecía cerrar tan maravillosamente la saga, que la nueva entrega no puede reeditar las mismas sensaciones. Aunque, ciertamente. es muy entretenida, combina muy bien el drama y el amor entrañable con el humor, resulta dinámica y con su punto de intriga, y la calidad de la animación sigue alcanzando cotas más altas, véase la lluvia de la escena de apertura. Debuta en la dirección el hasta ahora animador y responsable de algún corto de Pixar Josh Cooley. Entre los responsables de la trama figuran muchos nombres, y por fortuna no ha sido eliminado el padre de las criaturas, John Lasseter.

Además se han incorporado algunas ideas y temas nuevos, por lo que tiene el mérito de no entregar más de lo mismo, rutinariamente. Desprende así su encanto el planteamiento del pánico de una niña pequeña, y la creatividad que puede llevar a inventar nuevos juguetes a alguien de corta edad, es la vieja idea de que con un botón y un carrete de hilo un chaval con imaginación se lo puede pasar en grande, no le hace falta, necesariamente, un coche teledirigido, o, digámoslo alto y claro, una videoconsola o un teléfono móvil. Por otro lado, dentro de la felicidad que adquiere un juguete cuando sabe dársela a un niño, idea recurrente de toda la saga, y aquí incorporada con nuevos matices en el caso de la muñeca Gabby Gabby, se apunta también la idea de la libertad e independencia de los juguetes, que podrían alcanzar la felicidad, posibilitando que juguetes poco afortunados consigan un niño que los quiera. En tal sentido hay algún momento especialmente entrañable en la feria, aunque el clímax no resulta todo lo redondo que uno habría deseado. Quizá lo menos original es ese empeño algo postizo de presentar personajes femeninos fuertes, aquí sobre todo Bo Peep, la sombra del movimiento #MeToo, más allá de la justicia de muchas de sus reclamaciones, se torna condicionamiento de tramas hollywoodienses digno del estudio de una tesis doctoral.

En la narración hay una apuesta por dar menor protagonismo a algunos personajes muy populares y conocidos –Buzz Lightyear, Jessie, el señor y la señora Patata, etc–, aunque tengan presencia, para presentar a algunos nuevos muy graciosos como Risitas, la pequeña patrullera de la policía, el motorista canadiense Duck Baboon, dos muñecos de peluche con ideas peregrinas –en los títulos de crédito aparece un gag típico de película catastrofista desternillante–, además de la citada muñeca triste Gabby Gabby, y los secuaces muñecos de ventrílocuo que están en la tienda de antigüedades.

José María Aresté. DECINE21

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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