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EL PERDÓN DE GUADALUPE

EL PERDÓN DE GUADALUPE

EL  PERDÓN DE GUADALUPE

Lillian Calm escribe: “La ceremonia de beatificación está en la web, pero lo que no está son los recuerdos que hizo durante media hora su sobrino nieto, don Luis Cruz, hoy sacerdote, en la iglesia donde se veneran sus restos, en los momentos en que casualmente acudí a ese oratorio”.

Dos días intensos fueron los que viví en Madrid. Me motivó a viajar el que  durante casi toda mi vida había oído hablar de Guadalupe Ortiz de Landázuri, de su hermano Eduardo, de su cuñada… y aunque reconozco que no era mayor mi relación con ella, regresé a Chile siendo, ya, íntima amiga suya. O, más bien, convirtiéndola en íntima amiga mía.

Fue una mujer común y corriente. Estudió Química (hizo clases, investigó y ejerció su profesión) y muy joven, al distraerse en la homilía de una Misa dominical (como nos puede haber pasado a tantos), se imaginó de novia caminando hacia el altar sobre esa alfombra roja de la iglesia de la Concepción, la de la madrileña calle Goya. Pero en su interior oyó una voz que le decía que para ella tenía otra cosa.

Ya en el tranvía de regreso se encontró con un amigo de la infancia a quien le comentó que quería hablar con un sacerdote. Este le dio el teléfono de Josemaría Escrivá. ¿Casualidad? Lo cierto es que el fundador del Opus Dei, al solo insinuarle que hiciera oración, le abrió una ventana a su vocación como numeraria de la Obra, a la que muy pronto se entregaría con alegría y fidelidad.

Guadalupe es la primera numeraria del Opus Dei que ha sido beatificada. El Papa Francisco autorizó a la Congregación de las Causas de los Santos la promulgación del decreto con el que se aprobó un milagro atribuido a su intercesión. Al proclamarla, esa mañana de mayo, a medida que se desvelaba ese rostro tan normal, tan sin dobleces, tan jovial, tan sonriente, me pareció estar frente  a frente a Guadalupe. A alguien en quien podía confiar plenamente y olvidé por unos momentos un detalle: que yo no estaba sola sino que junto a mí había once mil personas, algunas llegadas incluso desde Asia y África para asistir a la ceremonia. Y, entre ellas, por supuesto, estaba monseñor Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei.

Y había muchos asistentes procedentes de México, país donde Guadalupe comenzó en los años cincuenta la labor de la hoy Prelatura. Por algo había sido bautizada con ese nombre esencialmente unido a la historia de México, ya que nació en el día de la Virgen de esa advocación, el 12 de diciembre de 1916.

Habla el sobrino nieto

La ceremonia de beatificación está en la web, pero lo que no está son los recuerdos que hizo durante media hora su sobrino nieto, don Luis Cruz, hoy sacerdote, en la iglesia donde se veneran sus restos, en los momentos en que casualmente acudí a ese oratorio. Un rasgo  que me llegó muy al alma: el perdón de Guadalupe, porque el suyo no era un perdón cualquiera. Ella perdonaba amando.

Se ha publicado mucho sobre su vida; incluso, diferentes libros.

Ahí leemos in extenso sobre su paso por esta tierra, su labor, su entrega, su alegría, su enfermedad final. Además sabemos que no era perfecta: tenía mal oído, metió al horno un pollo con plumas y todo, le costaba la costura…

Solo recordaré aquí que su padre, artillero, fue fusilado en la convulsa España de 1936, y que el hermano de Guadalupe, Eduardo, al hacer oración en una ermita el Sábado Santo de 1982, reflexionaba ante la Virgen cuánto habría sufrido Ella un día como ése, suspendido entre la Crucifixión y la Resurrección de su Hijo. Y Eduardo, al dirigirse a la Virgen, agregaba algo así como (no es textual) “Tu nos consolaste y nos perdonaste por el camino del amor”. Añadía que sobre ese punto concreto le gustaría hacer oración: por el amor hacia el perdón. Se preguntaba: “¿Yo alguna vez he perdonado amando?”. Y reflexionaba para sí: “Dudo que alguna vez yo lo haya conseguido”.

Don Luis Cruz, el sacerdote sobrino nieto que nos habló en la víspera de la beatificación junto a los restos de Guadalupe, deducía que su abuelo Eduardo en esos momentos en que le hablaba a la Virgen en realidad estaba pensando en Guadalupe, puntal de su padre, el artillero, y puntal de la familia antes y después de ese fusilamiento, y hacía ver que luego en México ella siempre buscó tratar a los republicanos en el exilio, como a la poetisa Ernestina Champourcin, casada con otro poeta, Juan José Domenchina, nada menos que el secretario de quien se había opuesto al indulto de su bisabuelo.

Tal es su perdón, explicó, que cuando está muriendo Domenchina en México, Guadalupe es quien se mueve para que lo atienda un sacerdote. Resume: “Ella recibe lo bueno de cada persona”.

¿Qué es una beatificación?

Oí una grabación en que el postulador de la causa, el sacerdote Carlos Martín de la Hoz, explica qué es una beatificación: “Dios quiere que los hombres vayan a Él a través de otros hombres (…) Nos propone modelos próximos de santidad para que veamos que la santidad es posible, que es gozosa, que es realizable. Pone delante de nuestros ojos a personas como nosotros. Y cuando acudimos a ellos o empezamos a meditar sobre su vida, lo que enseguida descubrimos es que les pedimos cosas y nos las consiguen”.

Y distingue: “Los milagros los hace Dios. Los santos no hacen milagros, pero son buenos amigos que le arrancan a Dios gracias para nosotros. En ese sentido hablar de Guadalupe es hablar de la primera mujer beatificada cuyo camino ha sido el de la espiritualidad del Opus Dei, es decir, ella va a alcanzar la santidad, va a ser inscrita en el catálogo de los santos, como una mujer que se ha hecho santa en medio del mundo a través del trabajo profesional”.

Corrobora: “Es algo que nos toca muy de cerca porque Dios nos ha llamado a que lleguemos al Cielo a través de lo ordinario, de lo corriente. En el Opus Dei está beatificado el Fundador (Josemaría Escrivá), su primer sucesor (Álvaro del Portillo) y una mujer normal, corriente (Guadalupe), a la que Dios se le cruzó en el camino de su vida”.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 13-6-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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