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Tema libre

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junio 06

No es la primera vez que me ocurre: empiezo a leer una nueva entrega de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975), una que con absoluto descaro recoge textos dispersos que nacieron sin voluntad unitaria, y al final el resultado se me antoja un verdadero “libro”, quiero decir, un conjunto cuyas partes aparentan necesitarse y hasta pensarse las unas a las otras.

Es el don de la autoría, supongo, un hecho que tiene todavía más encanto en el caso de Tema libre, cuyos créditos incluyen la figura de un editor, Andrés Braithwaite, quien contribuyó a la selección de las piezas incluidas. Tanto da, puesto que todo en Zambra aspira a comunicarse fatalmente.

Del mismo modo, es indiferente si el autor discursea en 2013, 2014 o 2016, siempre en respuesta a encargos institucionales, o si nos permite acceder a dos viejos cuentos que pocas páginas atrás había repudiado bajo el juramento de no publicarlos jamás, o si practica una escritura no sé si ensayística o memorialística o narrativa que, al cabo, habla sobre todo de su vida reciente en México, a la que convierte en parafraseo del oficio de la traducción porque, bueno, Zambra es escritor y cualquier cosa inexorablemente le recuerda que existen las palabras y que constituyen un juego infinito e irresoluble.

Da igual qué escriba, digo, al final volvemos de nuevo a uno de los estilos más reconocibles de nuestra literatura, estilo apegado a ciertas reiteraciones: sin su buen terremoto americano, sus confesiones al filo de la autoficción, un gran número de apuntes brillantes sobre la escritura como fenómeno físico y tecnológico, su uso del acorde generacional más o menos explícito, o su apropiación de textos reglados como molde que dinamitar hasta obtener una liberación (pienso en el extraordinario cuento “Penúltimas actividades” que aparece aquí), sin todo esto, en fin, Zambra no sería Zambra.

‘Tema libre’ se revela como un libro muy consciente de que el hombre, para ser libre, no puede ser un tema, sino un hombre

Les pido que ahora atendamos al título, ese Tema libre que alude a la tentación experimentada por muchos profesores, en sus días más desidiosos, de proponer a los alumnos que redacten un ejercicio desarrollando el asunto que les dé la gana. No sé otros, pero mis alumnos detestan encontrarse con un tema libre, tal vez porque ignoran que, como leemos en estas páginas, no es necesario tener un tema para escribir, e incluso puede ser pernicioso, que la escritura puede ser “una ruidosa forma de quedarnos callados”, y que callar, como decía Cristóbal Serra, a veces significa disentir silenciosamente. Si en Facsímil (Sexto Piso, 2015) Zambra parodiaba la estructura del típico examen académico, aquí se burla del clásico regalo envenenado y perezoso de la docencia, ese “tema libre” que en realidad es obligatorio. Escribir “sobre un tema” es tanto como sustituir la escritura por una forma burocrática de orden y rentabilidad, a menos que aceptemos esta afirmación: “Dicen que los temas en literatura son solamente tres o cuatro o cinco, pero quizás es solo uno: pertenecer. Todos los libros pueden leerse en función del deseo de pertenecer o de la negación de ese deseo”.

Pertenecer, ¿a qué? ¿Al Chile natal, al México conyugal, a las inflexiones más íntimamente propias del idioma español, al hijo amado, a las formas narrativas? De momento, con sus quiebros y su negativa innegable a aceptar cualquier etiqueta clasificadora, Tema libre demuestra pertenecer al tipo de literatura que rechaza ser útil, pedagógica, archivable. En cambio, se revela como un libro (“un libro”, como decía al inicio) muy divertido y consciente de que el hombre, para ser libre, no puede ser un tema sino un hombre.

Nadal Suau. Foto: Christian Ortega Puppo.

 EL CULTURAL, España, 03-06-2019

Tema Libre

Alejandro Zambra Anagrama. Barcelona, 2019. 144 páginas. 16,90 €. Ebook: 9,99 €

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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