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CRISTINA TORTORELLI DE ERRÁZURIZ

CRISTINA TORTORELLI DE ERRÁZURIZ

CRISTINA TORTORELLI DE ERRÁZURIZ

Lillian Calm escribe: “Nació en  Buenos Aires, hija de un premio nacional de Argentina en Ciencias y de una madre concertista en piano (…) Conoció a Octavio cuando él comenzaba su carrera diplomática. Tras un año se casaron en la embajada de Chile en Washington y para Cristina comenzarían las andanzas diplomáticas ahora al servicio de Chile: no solo vivieron en Estados Unidos, sino en Ecuador, Malasia, China y ahora Italia, donde Octavio representa a nuestro país ante la Santa Sede”.

Cada vez que Octavio era designado embajador, no era raro oír comentar que serían dos los embajadores que en ese destino presentarían cartas credenciales: Octavio y Cristina. Porque, hablando claro, la argentina Cristina Tortorelli supo representar como pocos a Chile en el exterior. Tenía alma de diplomática, se fascinaba conociendo países y a su gente, y hacía, en cada destino, nuevas amistades a lo que sin duda contribuía ese carácter suyo naturalmente alegre y entusiasta.

Hablaba cinco idiomas y no tuvo problema alguno en Beijing para hacerse entender en mandarín.

Pero eso no es al final de cuentas lo más importante: formó con Octavio Errázuriz Guilisasti, a quien conoció muy joven en el campus de la Universidad de Virginia, un matrimonio cristiano cuya solidez se impregnó en la recia formación espiritual de sus dos únicas hijas, Cristina y Agustina, hoy competentes profesionales.

Las conocí cuando ambas eran muy pequeñas. Fui a reportear a Nueva York, ya ni siquiera me acuerdo qué, y Octavio me invitó a comer, pero de esa comida sí que tengo recuerdos: las dos niñitas, con quienes con el tiempo tanto tendría que ver, aparecieron fugazmente para saludar y en esa oportunidad comenzó mi amistad con Cristina que, al día siguiente, me llevó a conocer la Frick Collection.

No estoy contando simples detalles. Quiero rememorar cómo ella se daba absolutamente  con todos y como periodista (estudió en Brasil) vibraba con el periodismo.

Nació en  Buenos Aires, hija de un premio nacional de Argentina en Ciencias y de una madre concertista en piano, de quien heredó su gran afición al arte. El trabajo de su padre en Naciones Unidas la llevó a vivir en México, Brasil y Perú, y conoció a Octavio Errázuriz cuando él comenzaba su carrera diplomática. Tras un año se casaron en la embajada de Chile en Washington y para Cristina comenzarían las andanzas diplomáticas ahora al servicio de Chile: no solo vivieron en Estados Unidos, sino en Ecuador, Malasia, China y ahora Italia, donde Octavio representa a nuestro país ante la Santa Sede.

Estaba feliz con que el Papa Francisco fuera argentino y ha sido ese pontífice, coterráneo suyo, quien en sus últimos días, cuando ella ya  estaba internada en una clínica romana, le envió de regalo un rosario bendecido especialmente para ella.

Una de sus hijas me comentaba haciendo una semblanza de su madre: “Nos recordaba constantemente la importancia de la ‘joie de vivre’, y disfrutaba de cada evento social, cada destino, cada momento, con mucha alegría. Vivió una fe profunda y también alegre y, siendo una mujer de mundo, le encantaba escuchar hablar de temas espirituales”.

Cuánto más se podría decir de ella, de la relación con sus ocho nietos, con sus hermanas, con sus amigas.

He releído sus mails y tengo frente a mí su respuesta a mi felicitación por ese nuevo destino: la Santa Sede.

Me escribió:

“Gracias, querida Lillian, por tus palabras. Octavio y yo estamos orgullosos de partir pronto hacia la Santa Sede… Que Dios nos bendiga”.

Los misterios de Dios son insondables y aunque quizás aquí abajo no lo comprendamos del todo, intuyo, estoy segura, de que Dios ha bendecido a Cristina.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 6-6-2019

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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