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¿Un nuevo oscurantismo?

¿Un nuevo oscurantismo?

¿Un nuevo oscurantismo?

«¿Estamos ante una nueva inquisición operando de facto en las universidades chilenas? Su efecto puede ser devastador».

 Lo lincharon en las redes sociales. Lo insultaron y escupieron en los patios de la universidad, lo crucificaron públicamente con declaraciones destempladas y virulentas. Le hicieron perder la elección a presidente de la Federación de Estudiantes de la UC, no querían dejarlo votar, era un “abusador”, así le gritaban… La narración de la “víctima” se diseminó virtualmente. Pero todo resultó ser una mentira, un montaje creado por otro estudiante que usó la denuncia por abuso como venganza por un tema personal. No solo un crimen de imagen, sino una verdadera lapidación colectiva, un acto sacrificial de un primitivismo feroz. Como en los tiempos del circo romano o de las ejecuciones masivas de los jacobinos, en los días en que la Revolución Francesa se degradaba para convertirse en barbarie política.

El caso del excandidato a la presidencia de la FEUC no es el único. ¿Quién certifica la veracidad de las acusaciones de abuso que circulan en las redes y que derivan rápidamente en linchamiento? ¿Quién toma distancia y distingue acusaciones con base real de infundios o calumnias arbitrarias? Los dirigentes estudiantiles debieran dar el ejemplo en este tema y asegurarse de que la verdad política no sea fruto del “tuiteo” o del “posteo”, sino de la reflexión. El pensar requiere tiempo, pero hoy vivimos la primacía de la instantaneidad de las redes sociales. Las asambleas cara a cara han sido reemplazadas por asambleas virtuales, un enjambre de anónimos que no dan la cara. Una nueva forma de abuso empieza a aparecer: el “abuso del abuso”, las denuncias al voleo convertidas en arma política. Y si alguien se atreve a insinuar una mínima crítica a esas prácticas, corre también el riesgo de ser “funado”. Por eso, son muchos los profesores y alumnos que llegan al extremo de autocensurarse para no tener problemas con las nuevas “comisarias” o “comisarios”.? ¿Estamos ante una nueva inquisición operando de facto en las universidades chilenas? Si eso fuera así, su efecto puede ser devastador para el pensamiento crítico, base fundamental del quehacer universitario. Cada vez más asistimos a humillantes “mea culpa” públicos de intelectuales que tiemblan de miedo de perder sus trabajos o carreras académicas. Esto nos hace recordar las viejas prácticas estalinistas o maoístas, que tanto daño le hicieron a la izquierda en el siglo XX. El excandidato a la presidencia de la FEUC tuvo suerte: su caso es tan burdo y vergonzoso que han tenido que salir a pedirle perdón los que, sin piedad en su momento, se plegaron a la “caza de brujas” (hoy de brujos) e hicieron rodar su cabeza. ¿Pero cuántos hay que, habiendo sufrido acusaciones e investigaciones y probada su inocencia, no han recibido ninguna disculpa pública por la injusticia que les hicieron, por el “abuso” de que fueron víctimas? ¿No es acaso un abuso, un acoso brutal lo que sufrió el joven dirigente estudiantil?

Si con estos enjuiciamientos sumarios, presenciales y virtuales, se creía poder desterrar de una vez y para siempre el, por supuesto, deleznable abuso contra las mujeres, la verdad es que puede terminar produciendo lo contrario. “Por sacar la cizaña, puedes también arrancar el trigo”, dice el proverbio bíblico. Al banalizarse la acusación de abuso, todos son abusadores, y por lo tanto nadie lo es. Me temo que en el tema del acoso, a la larga podamos tener retrocesos ante la asfixia de muchos por la dictadura de lo “políticamente correcto”. Lo estamos viendo en varias partes del mundo en que renacen expresiones políticas que creíamos erradicadas, como el fascismo. Y así oscilaremos, de una inquisición de un signo a otra del signo opuesto, como nos ha enseñado la historia. Pero los inquisidores y funadores o funadoras no estudian historia… ellos y ellas creen que son la historia. Esa es la convicción profunda de todo iluminista. Y bien sabemos que el iluminismo nos conduce finalmente al oscurantismo.

 Cristián Warnken. EL MERCURIO, 23-05-2019

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Humor

El cardenal Richelieu (1585-1642) era hombre de pocas palabras. En una de las fiestas en que se veía obligado a participar, permanecía apartado del resto de los invitados y se dedicaba a observar todo lo que sucedía a su alrededor. Notando su soledad, un duque se le acercó y le dijo:

—¿Se aburre, su eminencia?

—No —contestó lacónicamente Richelieu.

—¿De veras no se aburre, su eminencia? —insistió el duque al rato.

—No, estimado duque; no me aburro jamás, a no ser que los demás insistan en aburrirme.

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El escritor satírico español Luis Taboada (1848-1906) publicó en 1890 un tomo titulado Madrid en broma. A todos y cada uno de sus amigos y conocidos les fue diciendo:

—Perdona, chico, si en mi libro te aludo un tanto así... descaradamente. No hay nada de mala intención. El amigo, intrigado, compraba el libro y no veía en el alusión alguna a su persona. En pocos días se agotó la edición.