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LA PREGUNTA QUE ME INQUIETA

LA PREGUNTA QUE ME INQUIETA

LA PREGUNTA QUE ME INQUIETA

Lillian Calm escribe: “Ni siquiera me parece que vale la pena entrar a criticar a la diputada que dio a través de un medio periodístico una aguadas disculpas y cuyo cúmulo de proyectos (ignoro si los tendrá) desconozco. Si están ya están convertidos en leyes, tampoco lo sé. Temo eso sí que su paso por el Poder Legislativo no sea muy fecundo. A los que sí me parece que se debe denostar es a sus electores…”.

Fue a mediados de enero. Ya vamos casi a mitad de año y no ha pasado nada, absolutamente nada. Seguí la noticia por si acaso, porque quería registrar qué reacciones producía, y nada.

A veces conviene reflotar temas de ayer para comprobar que hoy son eso. Nada. Absolutamente nada.

Curioso.

Y es curioso porque las primeras planas se han centrado más de una vez en la ya promulgada Ley Cholito que entre sus normas sanciona el maltrato de los animales, es decir, ya nadie va a poder decir eso de  “bien muerto el perro” porque no es concebible matar animales porque sí.

Pero lo que no me cabe en la cabeza es que en una especie de festival político de principios de 2019, porque eso era, una diputada cuyo nombre yo no había oído jamás pero parece que es conocida en la farándula criolla, haya vociferado “bien muerto el perro” ya no refiriéndose a un espécimen del tipo Cholito, sino nada menos que a un senador de la República, asesinado en democracia, en un magnicidio cuyos perpetradores parecen merecer, a juzgar por lo que he leído, la más absoluta de las libertades.

Sí. Una presentadora de televisión que ahora es diputada (brusco cambio de giro),  en un jolgorio organizado por el Partido Comunista denominado, no entiendo por qué, la Fiesta de los Abrazos, espetó textualmente, refiriéndose al ex senador asesinado: “Bien muerto el perro”. Y más encima volvió a repetirlo: “Bien muerto el perro”.

No se refería a Cholito, afortunadamente para ella, porque se le habría aplicado el rigor de la ley. Se refería a Jaime Guzmán, lo que por lo visto no merece igual sanción que si se hubiera referido a Cholito o a otro de sus congéneres.

Ni siquiera me parece que vale la pena entrar a criticar a la diputada que dio a través de un medio periodístico unas  aguadas disculpas y cuyo cúmulo de proyectos (ignoro si los tendrá) desconozco. Si ya están convertidos en leyes, tampoco lo sé. Temo eso sí que su paso por el Poder Legislativo no sea muy fecundo.

A los que sí me parece que se debe denostar es a sus electores, culpables de que seres así, quizás solo porque aparecen en la televisión, lleguen al Congreso Nacional. Y, como sabemos, ella no es la única.

Yo he entrevistado a demasiados parlamentarios en mi vida periodística, que van, por solo nombrar a los de antaño, desde una Carmen Lazo, un Luis Corvalán y un Volodia Teitelboim, hasta un Francisco Bulnes, un Pedro Ibáñez y un Sergio Onofre Jarpa. Todos preparados; todos en su estilo sabían defender sus convicciones. ¿Pero qué ocurre ahora con tantos? ¿Es la televisión la que juega a favor de catapultar a personajillos que solo tienen verba (mal utilizada eso sí), y luego instalarlos en un sillón parlamentario?

Los pobres se han visto ahí, sentados, quizás muchas veces sin preparación, sin cultura, sin educación, desbarrando las más de las veces. Tienen muy claro que  no pueden decir “bien muerto el perro” por Cholito (temen las sanciones), pero sí lo dicen por un senador a quien la intolerancia de algunos llevó a asesinar cuando terminaba una clase en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica y caminaba desde el Campus Oriente hacia la calle que hoy, en su homenaje, lleva su nombre.

Al llegar a su automóvil fue cobardemente acribillado.

Pienso que todavía es tiempo de que alguien reaccione. ¿O esos exabruptos, ya ni siquiera merecen una reacción? Pobre Chile.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 30-5-2019

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Humor

El cardenal Richelieu (1585-1642) era hombre de pocas palabras. En una de las fiestas en que se veía obligado a participar, permanecía apartado del resto de los invitados y se dedicaba a observar todo lo que sucedía a su alrededor. Notando su soledad, un duque se le acercó y le dijo:

—¿Se aburre, su eminencia?

—No —contestó lacónicamente Richelieu.

—¿De veras no se aburre, su eminencia? —insistió el duque al rato.

—No, estimado duque; no me aburro jamás, a no ser que los demás insistan en aburrirme.

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El escritor satírico español Luis Taboada (1848-1906) publicó en 1890 un tomo titulado Madrid en broma. A todos y cada uno de sus amigos y conocidos les fue diciendo:

—Perdona, chico, si en mi libro te aludo un tanto así... descaradamente. No hay nada de mala intención. El amigo, intrigado, compraba el libro y no veía en el alusión alguna a su persona. En pocos días se agotó la edición.