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Receta para la longevidad

Receta para la longevidad

Receta para la longevidad

El Comercio cumple hoy 180 años sostenido principalmente en una columna: la confianza de quienes, día a día, escogen leernos.

En enero de 1839, la derrota del mariscal Andrés de Santa Cruz en Yungay, así como su posterior fuga a Guayaquil, terminarían por liquidar los anhelos de una confederación peruano-boliviana. “En 1839 quedó, pues, aclarado que el Perú sería en el futuro el Perú”, escribiría al respecto el genio Jorge Basadre, “ni la Confederación Perú-Boliviana, ni el Estado Nor-Peruano, ni el Estado Sur-Peruano, ni ninguna otra creación análoga”. Ese año, precisamente, este Diario vio la luz, en un pequeño taller de una Lima cuyas calles y plazas aún transpiraban la atmósfera de la Colonia. Y en los últimos 180 años estas páginas han sido un testigo excepcional de la evolución, las vicisitudes y las transformaciones que han sacudido a este país, tan cercano a conmemorar su bicentenario.

Es cierto que en 1839, cuando El Comercio empezó a imprimirse, había ya otros periódicos distribuyéndose por las ciudades del país. No obstante, el grueso de ellos estaba conchabado con los diferentes caudillos que se disputaban el poder, por lo que su vigencia duraba lo que durasen sus líderes en el estrado político. Los fundadores de este Diario entendieron entonces que para sobrevivir era crucial mantener la independencia respecto del gobierno de turno, aun ello trajese consigo consecuencias lapidarias.

Leyenda

Que las trajo, sin duda. Y no solo en la forma de agresiones, como la de la turba de fanáticos del régimen de Augusto B. Leguía que intentó incendiar el antiguo local de este Diario en represalia por las informaciones que publicábamos, sino también en forma de clausuras, como la que operó el gobierno transitorio de Juan Torrico en 1842 o la expropiación abyecta que realizó la dictadura del general Juan Velasco Alvarado en 1974.

De todas estas presiones, sin embargo, El Comercio consiguió sobreponerse. Y lo hizo amparándose en la columna vertebral que ha sostenido su existencia por casi dos siglos: la confianza de quienes, día a día, escogen leernos. Es en nuestros lectores –que antes solo estaban en el papel y que ahora también se hallan en la red– en donde reside el verdadero poder y el futuro de esta redacción. Sin ellos, sencillamente, este Diario habría naufragado hace tiempo. Por lo que, más que orgullo, este aniversario suscita entre nosotros un hondo sentimiento de agradecimiento hacia quienes confiaron (y confían) en nuestro trabajo.

Ciertamente, además de la vocación por la independencia del poder y el compromiso con nuestros lectores, ha existido también un rosario de principios que ha guiado nuestro quehacer periodístico en estos años. Fue la defensa irrestricta de la libertad y la igualdad la que nos llevó, por ejemplo, a hacer campaña para la abolición de la esclavitud y el tributo indígena en el siglo XIX, o a mostrar nuestro endose a la causa de la Unión y al presidente Lincoln en la guerra civil estadounidense. Y, ya instalados en el siglo XX, a abogar por el derecho al voto de las mujeres.

De igual manera, fue la fe en la democracia la que nos empujó a ver con esperanza la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial o la llegada al poder del primer presidente civil, Manuel Pardo, en 1872, tras cincuenta años de caudillismo.

Y fue el amor inconmensurable por el Perú lo que nos llevó a sobrecogernos con las derrotas de San Juan y Miraflores en el contexto de la Guerra del Pacífico, o a celebrar, entre otros, la victoria en el Callao en 1866, la reincorporación de Tacna al territorio patrio en 1929, o la caída del sanguinario terrorista Abimael Guzmán en 1992.

Tan cierto como todo lo anterior, además, es que en casi 200 años de vida también hemos cometido una serie de errores que sentimos profundamente. Sin embargo, es esta misma consciencia de que los fallos son consustanciales a la condición humana la que nos lleva a afinar nuestros procesos y a exigirnos todos los días para darles a nuestros lectores la información más fidedigna, corroborada, plural y contrastada posible.

Es esta misma promesa, la de trabajar al máximo –ahora, además, con los desafíos que la era digital impone sobre la prensa–, la que renovamos hoy con todos ustedes. Quienes son, en última instancia, los hacedores de este aniversario número 180.

Editorial. EL COMERCIO, Lima, 04-05-2019

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Humor

El cardenal Richelieu (1585-1642) era hombre de pocas palabras. En una de las fiestas en que se veía obligado a participar, permanecía apartado del resto de los invitados y se dedicaba a observar todo lo que sucedía a su alrededor. Notando su soledad, un duque se le acercó y le dijo:

—¿Se aburre, su eminencia?

—No —contestó lacónicamente Richelieu.

—¿De veras no se aburre, su eminencia? —insistió el duque al rato.

—No, estimado duque; no me aburro jamás, a no ser que los demás insistan en aburrirme.

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El escritor satírico español Luis Taboada (1848-1906) publicó en 1890 un tomo titulado Madrid en broma. A todos y cada uno de sus amigos y conocidos les fue diciendo:

—Perdona, chico, si en mi libro te aludo un tanto así... descaradamente. No hay nada de mala intención. El amigo, intrigado, compraba el libro y no veía en el alusión alguna a su persona. En pocos días se agotó la edición.