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Los niños de Frei Montalva

Los niños de Frei Montalva

Los niños de Frei Montalva

Karin Jürgensen y Joaquín García-Huidobro: «¿Queremos incrementar las tasas de graduación y los ingresos laborales para los sectores más desfavorecidos? ¿Nos interesa reducir los niveles de violencia social y el consumo de drogas? Eso no depende solo de rectores, policías o ministros, sino de la calidad de los jardines infantiles».

A comienzos del año 70, el gobierno de Frei se desangraba en luchas intestinas y la oposición de izquierda y derecha era implacable. En esa época, solo los jóvenes resultaban importantes y se imponía quien gritaba más fuerte. Eran los momentos finales del período de gobierno, el tiempo en que un Presidente piensa qué herencia dejará al país.

En esas circunstancias, ¿cuál fue el sueño emblemático de Frei Montalva? “¡Los niños primero!”: dictó la ley de jardines infantiles. Tan importante le parecía la educación inicial que, con un tono duro, poco habitual en él, dijo: “No permitiré el crimen de que las guarderías se transformen en campo de batalla política”.

Las palabras de Frei eran, en ese momento, poco más que una intuición. Tendrían que pasar años para que el Nobel de Economía (2000) James Heckman y su equipo interdisciplinario nos dieran a conocer los resultados de sus asombrosas investigaciones con niños en situaciones desventajosas. Hoy resulta claro que allí se juega el partido: los efectos de la educación preescolar perduran por décadas. ¿Queremos incrementar las tasas de graduación y los ingresos laborales para los sectores más desfavorecidos? ¿Nos interesa reducir los niveles de violencia social y el consumo de drogas? Eso no depende solo de rectores, policías o ministros, sino de la calidad de los jardines infantiles.

El problema es que en Chile pocos suscriben lo que Frei pensaba y Heckman ha comprobado; de ahí que prefieran asignar recursos públicos a la educación superior por sobre la preescolar (donde pones el dinero, allí está tu corazón). No resultará fácil que mañana la oposición apruebe la idea de legislar sobre esta materia. Además, los celos juegan un papel importante en la vida política: ¿cómo no se les había ocurrido a ellos que a los niños chicos no hay que dejarles las sobras del presupuesto nacional?

El proyecto del Gobierno comenzó como debía. Determinó el costo de una educación preescolar digna y después calculó la subvención requerida por los jardines, sin discriminar si los fondos públicos apoyan entidades de propiedad del Estado, de fundaciones o de corporaciones.

Lamentablemente, la tentación de seguir con subvenciones escasas y diferenciadas según la titularidad pública y privada del establecimiento resulta muy grande. No faltarán quienes, tal como en tiempos de Frei Montalva, piensen que resulta poco rentable apoyar a unos chilenos que no votan, no marchan ni tienen la más mínima influencia política.

La subvención insuficiente dificulta la obtención del reconocimiento oficial, y en la práctica significará el futuro cierre de establecimientos. Nos viene a la mente la actitud descrita por Oscar Wilde en “El gigante egoísta”: “—¿Qué hacen aquí? —surgió con su voz retumbante—, este jardín es mío; es mi jardín propio… —Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía: ‘Entrada estrictamente prohibida’”.

Ya se escuchan voces agoreras; nos dicen que la idea es bonita, pero imposible, que los niños jamás obtendrán los votos que necesitan para salir de su precaria situación. Pero también era imposible hace cincuenta años que una economista de formación clásica y un hijo de agricultores expropiados escribieran una columna con alabanzas a la visión de Frei Montalva sobre el tema más importante de la política nacional: nuestros compatriotas más pequeños, los niños.

Karin Jürgensen, Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales

Joaquín García-Huidobro, Instituto de Filosofía, Universidad de los Andes

EL MERCURIO, 06-05-2019

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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Durante la llamada «ley seca» puesta en vigor en Estados Unidos durante los locos años veinte, se vendían unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje:

«Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclarlo con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida».

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