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La educación inglesa de Naruhito

La educación inglesa de Naruhito

La educación inglesa de Naruhito

El príncipe «anglófilo» japonés, que ahora pasará a suceder a Akihito, estudió en Oxford, escribió una autobiografía de juventud en la que destacaba su devoción por el Támesis y visitó España

Agua. Ese es el elemento con el que más identificado se siente Naruhito, hasta el punto de haber dedicado dos años de su vida a su intenso estudio. Eligió Oxford y se convirtió en el primer heredero del Trono del Crisantemo en estudiar fuera de Japón. Su padre, Akihito, accedió a sus deseos, aunque se sintió intrigado por su elección:

– ¿Por qué Oxford y no Cambridge, o Harvard, o Yale?

– Quiero explorar a fondo el río Támesis…

Y no se habló más. Entre 1983 y 1986, en plena era Thatcher, el entonces príncipe Naruhito disfrutó en Oxford de «los mejores años de mi vida», según relata él mismo en una inusual autobiografía: ‘The Thames and I’ (‘El Támesis y yo). No es un libro para la historia, pero los expertos lo consideran a estas alturas como un fiel exponente de un género literario muy popular en la era Meiji, el «ryugakuki» o «relato de estudios en el extranjero».

Para una cultura insular como la japonesa, el hecho de partir a Occidente con «hambre de conocimiento» ha sido casi como un ritual en contados momentos históricos. La inmersión total del estudiante en una cultura ajena se convierte prácticamente en una misión. Hasta que el visitante no logre dominar la lengua extranjera y las claves de su lugar de estudio, no puede volver a Japón. Y esa transición suele coincidir además con el paso de la juventud a la madurez, lo que hace doblemente interesante el recuento literario.

‘EL TÁMESIS Y YO’

Durante sus años en Oxford, Naruhito realizó pues una plena inmersión en la cultura británica y se despidió con una voluminosa tesis, con un título poco romántico: «Un estudio de la navegación en la parte alta del Támesis en siglo XVIII y hasta 1989». Tendría que pasar una década hasta que el príncipe nipón volviera la vista atrás con nostalgia y recreara sus experiencia en dique seco en ‘El Támesis y yo’, incluidas sus incursiones en 21 pubs locales (del Trout Inn a The White Hart) y sus peleas con la lavadora que acabaron inundando el dormitorio de estudiantes del Merton College.

Como pez en el agua, así se sintió Naruhito al poco de llegar a Oxford. Esa sensación ha permanecido con él a lo largo de décadas, con razón le llamaban el príncipe «anglófilo». Su libro fue publicado en Japón casi a hurtadillas, en una pequeña editorial, y fue el ex embajador británico en Tokio, Hugh Cortazzi, quien se empeñó en traducirlo, venciendo las resistencias de la familia imperial japonesa, que no consideraba apropiado que el recuento íntimo de la juventud del príncipe -entre los 23 y los 26 años- viera la luz en inglés.

En ‘El Támesis y yo’, Naruhito recuerda cómo su alegre comparsa de amigos en Oxford le preguntó de entrada cómo se dice en japonés ‘Su Majestad’…»Les expliqué que la palabra es ‘denka’, pero que el sonido se presta a veces a la confusión con ‘denki’, que significa ‘luz eléctrica’. Me arrepentí de habérselo dicho, porque al minuto me estaban llamando ‘denki’ y cuando apuntaban a una bombilla decían ‘denka'».

En la universidad, Naruhito fue nombrado presidente honorario de los clubes de judo y kárate. Se apuntó a la Sociedad de Teatro y, obviamente, a la Sociedad Japonesa. Llegó al ‘top 3’ en el ranking de tenis, perfeccionó el golf y se marchaba ocasionalmente a escalar a Cumbria o a Escocia. Todos a su alrededor sabían quién era, pero él procuraba ocultarlo a los desconocidos, incluido el portero de un pub que no le dejó entrar una vez porque vestía demasiado «informal» (llevaba unos vaqueros).

En su libro, Naruhito habla también de sus primeros encuentros con la familia real británica y de las «maneras relajadas» que siempre exhibieron delante de él: «la reina se sirve a sí misma el té y ofrece sándwiches a sus invitados». Al príncipe Carlos le une desde hace tiempo la inquietud por los temas ambientales.

UN VERANO EN MALLORCA

Mientras estuvo en Oxford, como buen inglés, sintió la llamada de Mallorca, y fue invitado un verano por Juan Carlos I al Palacio de Marivent. Ahí se empezó a fraguar una mutua simpatía con la Casa Real española que alcanzó el clímax en 1986, cuando ofreció un té en honor de la Infanta Elena y el Duque de Lugo en Tokio. En esa misma recepción conoció casualmente a Masako Owada, la que luego sería su esposa y madre de su hija Aiko (le tuvo que pedir tres veces matrimonio hasta lograr el «sí, quiero»).

Como buen viajero, el joven Naruhito hizo incursiones y tendió puentes por toda Europa, incluido Liechtenstein. Pero cuando regresaba a Oxford volvía a ser uno más, como bien recuerda su amigo Keith George, de 57 años, que ejerce ahora como abogado al otro lado del Atlántico, en Charleston.

«Siempre salía con nosotros a cenar o beber, disfrutó mucho de su libertad de estudiante», declara George a la agencia AP. «Pero nunca lamentó su destino, nunca le oí decir que lo llevara como un peso… Va a ser un emperador fantástico. Es una persona humilde, que se preocupa por los demás, un auténtico hombre de equipo. Tiene la rara habilidad de no hacer destacar nunca su estatus».

Keith George y Naruhito compartieron en aquellos años la afición musical. George toca el banjo en un grupo de «country», Naruhito cambió el violín por la viola, precisamente por no querer destacar, porque prefiere sentirse arropado por una orquesta antes que marcarse un virtuoso solo. A la nueva era la han bautizado ya como la «Reiwa», la «bella armonía».

Carlos Fresneda, Corresponsal. EL MUNDO, España, 30-04-2019

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Humor

En 1809, el famoso novelista escocés Walter Scott (1771-1832) escribía lo siguiente:

—Alumbrar las poblaciones con gas es una quimera y una ilusión que hace reír.

Años después, en su vejez, paradójicamente, fue presidente de una compañía de alumbrado con gas.

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En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó que:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1940 repitió diagnóstico el profesor de Harvard, Chester L. Dawes:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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