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Sorolla y su mujer: la pareja 10

Sorolla y su mujer: la pareja 10

Sorolla y su mujer: la pareja 10
abril 25

El pintor y su esposa Clotilde combinaron la fama y las obligaciones familiares con una relación de pareja formidable, de la que es testimonio su correspondencia.

Joaquín Sorolla (1863-1923) es uno de los pintores más afamados de la historia del arte de España. Sin embargo, está muy lejos de identificarse con el tópico del artista bohemio, que malvive entre tabernas y buhardillas. En cuanto a la relación con las mujeres, su corazón fue de una sola en toda su vida: Clotilde.

Conocemos a Clotilde por los cuadros que el mismo artista pinta: en casa, jugando con los niños, en la cama después de dar a luz a su hijo Joaquín, pero también en el ambiente social, en la Granja de San Ildefonso, en la playa de Biarritz o en la Malvarrosa, cerca de su casa. La suya es verdaderamente una historia de amor que no superan las novelas románticas.

Sorolla y Clotilde se conocieron siendo niños. Más tarde, él acudiría al estudio del fotógrafo Antonio García Peris, padre de Clotilde, para aprender el oficio de iluminador. La relación se consolida y se casan en 1888.

Musa, modelo y esposa

Clotilde es inteligente y elegante. Sin ser especialmente bella, para Sorolla es la musa, la modelo, la esposa, amiga, confidente y amante. No hay ojos para otra en toda su vida. Viven en Valencia y posteriormente en Madrid, él tiene que viajar mucho… su producción es ingente, pero su referencia es siempre su esposa.

Tienen 3 hijos: María, Joaquín y Elena. Clotilde no deja el cuidado de los pequeños a otras personas, como sería lo habitual en familias de su posición económica. Además, ella se encarga de elaborar la lista de obras que van a cada exposición en el extranjero. A la muerte del artista, se encargará de donar su casa al Estado para convertirla en el maravilloso Museo Sorolla que hoy puede visitarse en Madrid.

El hecho de que Sorolla viajara nos ha dejado un testimonio escrito del amor que profesaba a su mujer, y viceversa, gracias a las cartas que nunca faltaron.

En ellas reflejan sinceridad, tanta que al lector le parece haber entrado en el dormitorio: “Estoy imposible y prefiero acostarme a ver si duermo, no pienso tonterías; adiós”, escribe Sorolla cuando lleva días lejos.

En 1900, un verano especialmente caluroso, se lamenta él: “Sudo de modo feroz, la noche pasada no pude dormir, si al menos te hubiese tenido…”. Ella le responde cuánto le echa de menos y se ríe de que él a veces la nombre como “ministro de Hacienda” porque lleva las cuentas de la casa.

“¡Qué sola está mi cama!”, exclama el pintor en otra misiva. Y en otra: “Querida mía, buenas noches, me voy a la cama, solito y triste por no poderte abrazar“.

En 1908 llevan veinte años casados y Sorolla sigue adorando a su esposa. Le escribe: “Está visto que Dios nos unió de verdad, pues no sueño más que estar contigo, y para ti”.  Y en otra misiva: “La misma pintura no creo que me compensase si tú no me hicieras feliz, Dios en todo me atiende, muchos y apasionados besos. Pintar y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?”.

Amor a los hijos y amor de pareja

En otra ocasión se expresa así: “Si bien los hijos son los hijos, tú eres para mí más, mucho más que ellos, por muchas razones que no hay para que citarlas, eres mi carne, mi vida y mi cerebro, llenas todo el vacío que mi vida de hombre sin afectos de padre y madre tenía antes de conocerte”.

Pasan los años y Clotilde se hace mayor pero sigue siendo la modelo del pintor. Gana peso y cambian sus formas, pero él sigue viendo en ella su única compañera de vida: “En casa hasta me molesta que venga gente porque me privan de pasar la vida a tu lado en el estudio”, le escribe.

El pintor sufre una hemiplejia en julio de 1920. Tendrá que abandonar los pinceles. Pero Clotilde sigue estando a su lado hasta el fin. Él muere en 1923, ella 6 años después.

En la actualidad, la National Gallery de Londres presenta una exposición de Sorolla hasta el 7 de julio. Es una ocasión excepcional para ver las obras del artista en una de las mejores pinacotecas del mundo.

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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Durante la llamada «ley seca» puesta en vigor en Estados Unidos durante los locos años veinte, se vendían unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje:

«Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclarlo con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida».

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