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El “procès” ha sido una chapuza

El “procès” ha sido una chapuza

El “procès” ha sido una chapuza

Benoît Pellistrandi es historiador e hispanista francés, autor de ‘Le labyrinthe catalan’

El historiador e hispanista francés Benoît Pellistrandi (en la foto) acaba de publicar ‘Le labyrinthe catalan’, un análisis exhaustivo del origen del actual conflicto. Pellistrandi, exdirector de estudios de la Casa de Velázquez de Madrid, comentarista habitual en los medios franceses, es muy severo sobre cómo se ha conducido el ‘procés’ y no ahorra críticas a la gestión de Rajoy. El autor cree que una reforma de la Constitución, ratificada en un referéndum –también en Catalunya-, es la única salida posible.

Al final del libro, expresa el deseo de que Catalunya “vuelva a encontrar el pleno significado de su historia, mediante la aceptación serena de lo que es y no tanto mediante el sueño peligroso de lo que no es”.

 -¿Hay un desfase entre la realidad y el sueño?

-La búsqueda de la independencia se ha hecho en un mundo ficticio, un mundo irreal. En el ámbito geopolítico, había esa idea de que no íbamos a tener defensa porque la OTAN nos daría seguridad. ¡Eso lo decían en el 2016, cuando Trump ya había sido elegido presidente de Estados Unidos! Es un desconocimiento de la realidad. Después está lo que yo llamo el punto ciego, las consecuencias prácticas de la independencia, por ejemplo qué hacer para repartirse la caja de la Seguridad Social. También ha habido una idealización fantástica de Catalunya, que no tiene nada que ver con la Catalunya real, de 7 millones de habitantes, con sus problemas económicos, sociales, culturales. No es una Catalunya sobrevalorada sino otra Catalunya, totalmente inventada.

-¿Hasta qué punto la deformación de la historia es responsable de lo que está ocurriendo?

-Sí, es muy grave porque hay una deformación absoluta, total, hasta un punto caricaturesca, con el Intitut Nova Història, pagado por la Generalitat. Son fantasías inventadas que tienen una apariencia de metodología histórica. Y se ve en la universidad catalana, donde hay enfrentamientos entre historiadores. Muchos profesores dicen que son militantes. Como profesor de Historia que soy, me parece terrible. Un profesor no debe ser militante. Lo puede ser en sus horas libres, pero no en clase. Lo que debe hacer es explicar la complejidad de las cosas, la realidad histórica, y no inventarla. Por ejemplo, hay una contradicción absoluta sobre 1714, una fecha que se presenta como la conquista de Barcelona por parte de España. Pero se olvida de decir que la Guerra de Sucesión ha sido una guerra civil dentro de Catalunya.. Si se dice que 1714 fue una fecha dramática, ¿cómo se explica que el siglo XVIII haya sido tan favorable a los intereses materiales de Catalunya? Hay un sueño histórico por parte del independentismo. Hay que despertar de ese sueño. Por eso digo que Catalunya tiene que volver a ser lo que es, porque es suficiente. Tiene una densidad propia. Entiendo perfectamente que los catalanes estén orgullosos de lo que es Catalunya, pero de la Catalunya real, no de la Catalunya imaginada.

-Usted afirma que ha habido “una operación de confiscación de la palabra, de uniformización de la sociedad catalana”.

-La política es conciliar intereses contradictorios. A mí me parece que en los tres o cuatro últimos años ya no se ha hecho política en Catalunya sino que se ha inventado eso de la independencia para justamente no tratar los problemas reales de la sociedad catalana, que son muy numerosos. No hay que olvidar la intensidad de la crisis del 2008 en España y en Catalunya. El independentismo tuvo que ver con la coyuntura económica. Si hubiera habido mucho más dinero y prosperidad, la cosa no hubiera tomado el rumbo que ha tomado. Es verdad que en la sociedad catalana se silenció a los que estaban disconformes con el proyecto independentista. Ha habido un despertar después del 2017. Lo dijo muy bien el hoy ministro de Exteriores, Josep Borrell. Antes había un silencio.

-Alude al peligro de “deriva racista”. ¿Cree que hay un sentimiento de superioridad? ¿Es algo común a todos los nacionalismos?

-Es algo común a todos los nacionalismos. Es verdad que el nacionalismo tiende a ser racista con el vecino más próximo. Se ve por ejemplo con el nacionalismo español hacia los portugueses. Se ve en el nacionalismo francés hacia los españoles. Siempre ha habido un desprecio francés hacia lo español. Y se nota en algunos discursos un desprecio de algunos catalanes hacia los españoles. He citado en el libro el famoso texto de Jordi Pujol (un artículo de 1958) contra los andaluces. Yo creo que se ha visto en las elecciones andaluzas del 2018, en las que una parte del electorado ha contestado a estos discursos tan lamentables por parte de algunos. Hace justo un año escribí un artículo contra el presidente Quim Torra porque, efectivamente, tiene detrás un historial bastante penoso en sus escritos. Pensar que es presidente de la Generalitat, de todos los catalanes, me parece peligroso. Y lo que me chocó mucho, tras los atentados de Barcelona y Cambrils, fue que la consejera de Interior da el balance y dice: cuatro catalanes y cuatro españoles. Y dentro de los españoles, ese señor de 60 años que muere en las Ramblas de Barcelona y que había llegado con 13 años, pero había nacido en Málaga. A mí me parece un error tremendo.

-Usted piensa que no sólo ha habido una deslealtad hacia España sino, más grave aún, hacia la propia Catalunya.

-Sí, efectivamente, porque lo que admiro en la operación política de la transición española es que permitió reconciliar. Había un poder, el de los vencedores (de la Guerra Civil), que lo mantuvo hasta 1975 y que nunca había querido tender la mano a los oponentes. Era una situación muy compleja. Los vencedores hubieran podido seguir siendo los vencedores, con esta política de represión, que fue brutal. Y los vencidos hubieran podido tener un ansia de revancha, perfectamente comprensible. Pero el espectáculo que nos da España es que la política dio lo mejor de sí, esa política que ahora se ve sólo como corrupción, chanchullos. La política dio ideas, proyectos, negociaciones y concesiones muy generosas. Y lo que fue muy inteligente, por parte de Adolfo Suárez, en la famosa operación Tarradellas, fue insertar una legitimidad que venía de la II República dentro del proceso democratizador. Gracias a eso, Catalunya se convierte en una prueba de que esta democratización va en serio. La transición es un pacto tanto de democratización como de descentralización. Y aquí Catalunya juega un papel absolutamente clave y fundamental. Eso permitió alcanzar el 91% de votos en Catalunya en el referéndum de 1978. Se convierte en una herramienta poderosa de reconciliación entre los españoles. Para Catalunya fueron los mejores años.

-Los Juegos Olímpicos de 1992 fueron, en su opinión, el momento en que Catalunya se sintió más española y España más catalana, el escaparate de la España democrática.

-Efectivamente. A quienes ahora aún dicen, en privado, que a Barcelona hay que bombardearla cada 50 años -una frase insoportable, porque quienes lo dicen no se identifican con los que de verdad han sufrido estos bombardeos-, yo les diría casi lo contrario, Barcelona debería tener cada 50 años unos Juegos Olímpicos, este tipo de acontecimientos que permite hacer que Barcelona sea la otra capital de España, sin rivalidad, en equilibrio, en una simetría que permitiría una España serena, grande, pacífica y admirada. Yo lo digo desde el extranjero. He admirado esa España.

-En esa época gobernaban los socialistas en Madrid y en el Ayuntamiento de Barcelona. En su libro afirma que el PSC es “un elemento articulador de las relaciones entre Catalunya y España, una correa de transmisión entre dos culturas políticas”. ¿Cree que puede volver a ser así?

-Vemos el caso de Baviera, donde la CSU es un partido allí pero participa en el Gobierno de Alemania. En Catalunya no existe una derecha catalana propia que pueda ser tanto catalana como después española en el Gobierno. Pero existía el PSC, un partido socialista, catalán, pero que también gobernaba en Madrid, con ministros catalanes, como Ernest Lluch, Narcís Serra y otros. Cuando en el 2011, en las elecciones generales, PSOE de Zapatero cae del 45% de los votos del 2008 al 28%, entonces los nacionalistas se dan cuenta de que pueden ir a por este brazo articulador y crear la situación que han creado. Ojalá vuelva a resurgir este elemento articulador porque no se puede gobernar España con partidos que obtienen la mayoría en España pero que en Catalunya logran menos del 20% de los votos. Yo soy muy partidario de coaliciones. Es una pena que, en 1993, Felipe González no hubiera conseguido que entrara en el Gobierno un ministro de Convergència i Unió. Lo mismo en 1996.

-Lo vetó Pujol.

-Sí, sí (ríe), lo sabemos perfectamente. Fue una pena. Alguien como Duran i Lleida hubiera podido tener un papel mucho más importante en la política general y no acabar marginado como ha acabado

-¿Qué espera del juicio del procés? ¿Puede ayudar a solucionar algo o al contrario?

-Si el juicio permite que todos los españoles, y los catalanes, se den cuenta de que el procés ha sido una chapuza, bienvenido sea. Que se recuerde lo que es la ley, me parece normal. Después se necesitarán soluciones políticas. No se puede pensar que con el juicio acaba la política, no. Después del juicio empieza otra vez la política. Espero que gracias al juicio, los que han creído a sus líderes, que han creído que la independencia era fácil, se den cuenta de que han sido víctimas de unos chapuceros completos y que reflexionen, sin abandonar sus ideales independentistas, pero construyéndolos desde la política, con confrontación de argumentos. Sobre todo estoy absolutamente en contra de lo que ha dicho el presidente Torra, de que la democracia está por encima de la ley. La democracia va con la ley. Afortunadamente veo que el juicio está bastante bien llevado y el hecho de que sea televisado me parece un acierto.

-¿Cuál puede ser la salida al laberinto catalán?

-Una reforma de la Constitución, con referéndum. Si en Catalunya este referéndum obtiene el 60 o 65% de sí, sabremos que hay una renovación del pacto entre Catalunya y el resto de España. No sé qué tipo de reforma. Es evidente que no puede ser una recentralización. ¿Un Estado federal? ¿Por qué no? Lo tienen que decidir los españoles. Por eso lamento mucho la tónica que está tomando la campaña electoral, porque creo que los políticos van a tener la responsabilidad de reformar la Constitución y que los tres grandes partidos, el PP, el PSOE y Ciudadanos, tendrán que trabajar juntos para crear este consenso. Para mí, esa es la solución. Y naturalmente una contribución de las fuerzas catalanas independentistas, porque si ellas dicen que esa reforma no nos concierne, sería un fracaso. También hay que atraer a esa parte.

-¿Qué le pareció la gestión de Rajoy?

-Si un presidente no entiende el problema desde el punto de vista político, tiene que irse. Comprendo perfectamente que le haya parecido un disparate, que delante de Puigdemont pensara: ¿con qué tipo de personaje hablo? Él es muy racional. Pero si no lo entendía, tenía que irse. Se equivocó el 9 de noviembre del 2014. Se equivocó el 1 de octubre del 2017, porque había que encontrar las urnas. No creo que Rajoy haya tenido toda la culpa, como dicen algunos, pero evidentemente encauzó muy mal el problema. Entiendo que entre el 2011 y el 2014, con una España que estaba al borde de la quiebra, haya dicho que el tema lo aparto e intento salvar lo que se pueda salvar.

Eusebio Val, Corresponsal en París

LA VANGUARDIA, Barcelona, 06-04-2019

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