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Rápidos para comprender, lentos para juzgar

Rápidos para comprender, lentos para juzgar

Rápidos para comprender, lentos para juzgar

Esto, por cierto, requiere libertad de expresión irrestricta, y el derecho a molestar y a ser molestado intelectualmente

En 1974, tras 15 años en Inglaterra y estudios en universidades inglesas, me incorporé como profesora de Historia a la Universidad Católica. Mi primera impresión fue desoladora al percibir que alumnos y profesores se dividían en tomistas, por un lado, y marxistas por el otro. Cada grupo encerrado en un gueto intelectual, en sus propias capellanías, predicando a sus propias feligresías, sin puntos de encuentro ni puentes intelectuales que permitieran una discusión racional. Y algo peor: las diferencias irreconciliables traspasaban el límite de las ideas e inundaban los afectos. Había que odiar al que pensara distinto.

Las universidades inglesas, por lo general, no son escuelas de oficios o de profesiones, y su objetivos principal es enseñar a pensar y a buscar apasionadamente la verdad a través del descubrimiento, la experimentación, la argumentación y la evaluación rigurosa de evidencias — a veces contradictorias–, por incómodas que ellas sean. Ello demanda coraje intelectual para desafiar tanto el statu quo como la sabiduría convencional, y para cuestionar la tiranía de los climas de opinión imperantes, aunque sean mayoritarios. Sobre todo, exige no subordinar la búsqueda de la verdad a ninguna otra causa o cruzada, por noble que ella sea.

Es muy posible que hoy, en un ambiente de mayor libertad, estas rígidas fronteras se hayan diluido y, ciertamente, los contenidos en disputa ya no son los mismos, ni se refieren en lo principal a Santo Tomás y Karl Marx.

Sin embargo, intuyo que perdura el núcleo central del problema. Si hacemos un análisis descarnado del pensamiento de los estudiantes, lo más probable es que debamos concluir que, en la inmensa mayoría de los casos, los alumnos no distinguen entre lo que son los hechos y las opiniones, tienden a pensar en forma sesgada y parcial, con muchas distorsiones, poca información e incapacidad para usarla adecuadamente, y, en fin, que posiblemente están imbuidos de prejuicios heredados. Estos, además, son retroalimentados por el tono de la discusión pública en los medios y en las redes sociales, donde prima la emoción no constreñida por la razón, solo existen el blanco y el negro, los buenos y los malos y casi ningún intento por ver con honestidad el punto de vista del otro.

En este contexto es muy pertinente la invocación que hizo el nuevo presidente de Harvard al asumir su función: “Tenemos que enseñarles a que sean rápidos para comprender y lentos para juzgar”. Esto, por cierto, requiere libertad de expresión irrestricta, y el derecho a molestar y ser molestado intelectualmente; excluye los “espacios seguros” y es incompatible con la imposición de lenguajes restrictivos y políticamente correctos.

Ir a la universidad hoy no significa solamente ir a aprender contenidos, que, por lo demás, dentro de poco quedarán obsoletos. Se trata de formar personas libres, autónomas y con independencia de juicio; responsables por sus actos y sus consecuencias, con disposición a seguir aprendiendo, con capacidad analítica, habilidad para identificar y resolver problemas y reflexionar en forma crítica; con pensamiento original, riguroso, preciso, creativo, razonado y lógico.

Para ello, es importante familiarizar al estudiante con la naturaleza conjetural del conocimiento, incentivarlo a discutir puntos de vista discrepantes y a contrastar las implicancias de las distintas teorías e interpretaciones. Solamente así nuestros estudiantes adquirirán las habilidades para adaptarse a los nuevos requerimientos y exigencias que son inminentes; podrán defenderse de las falacias con las que muchos trataran de seducirlos, y, más importante aún, podrán vivir en la democracia, que se nutre de la tolerancia que proviene de esta formación intelectual abierta no dogmática.

Columna de Lucía Santa Cruz. EL MERCURIO, 29-03-2019

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Al rey español Felipe IV (1605-1665) le gustaba que le llamasen «el Grande». Tras la pérdida de Portugal, el duque de Medinaceli (1607-1671) comentó:

—A su majestad le pasa como a los hoyos, que cuanta más tierra pierden, más grandes son.

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—Era un gran patriota, un amigo fiel, un esposo abnegado y un padre ejemplar..., suponiendo, claro está, que haya muerto.

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