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Juventud sin Dios

Juventud sin Dios

Juventud sin Dios
marzo 21

Ödön von Horváth

Traducción de Isabel Hernández. Nórdica. Madrid, 2019. 208 páginas. 18 €

Franz Werfel escribió que Ödön von Horváth (Susak, Croacia, 1901-París, 1938, ver foto) miraba a sus personajes desde el exilio en Henndorf, cerca de Salzburgo. Juventud sin Dios no desprende ternura, pero sí esa voluntad de comprensión que caracteriza al verdadero humanismo. Descorazonado por el ascenso de Hitler, Horváth intenta explicar la genealogía del nazismo, una ideología con un fuerte apoyo popular. Sin proporcionar datos concretos, elabora un relato que narra la historia de un maestro de secundaria desbordado por el fervor nacionalista de sus alumnos. Aunque sus convicciones no son particularmente firmes, se escandaliza al sorprender a uno de ellos escribiendo que «los negros son ladinos, cobardes y vagos». Sus recriminaciones chocan con la corriente dominante. La radio «susurra, aúlla, ladra, amenaza». Cuando habla en el aula de los derechos y la dignidad del hombre, sólo despierta sorna y desprecio. «¿Qué generación va a ser ésta?», se pregunta. Los jóvenes ya no se molestan en argumentar. Se limitan a odiar sin rubor, ni mala conciencia.

Los padres de sus alumnos le acusan de sabotear a la patria con «un delirio humanista» que vulnera las instrucciones de las autoridades de «educar para la guerra». El maestro sabe que lucha contra la historia, pues el sueño de los jóvenes es morir en el frente. En realidad, casi toda la sociedad participa en ese anhelo. «Vienen tiempos fríos, la era de Piscis», le advierte un colega expulsado de la enseñanza. Piscis simboliza la disolución en las profundidades abisales, la lucha desesperanzada y eterna. Obligado a acompañar a sus alumnos a un campamento militar, las habituales disputas adquieren un carácter truculento, desembocando en un asesinato. El crimen se produce cerca de un pueblo con la mayoría de las familias hundidas en la pobreza. La aserradora ha cerrado y los hombres se han quedado sin empleo. Una adolescente capitanea a una banda de pilluelos que sobreviven robando lo que pueden. Actúan como una milicia perfectamente organizada, asaltando los hogares donde sólo viven mujeres y niños.

‘Juventud sin Dios’ no desprende ternura, pero sí esa voluntad de comprensión que caracteriza al verdadero humanismo A hora y media de camino, hay un campamento de chicas, «un montón de hijas de Eva mal guiadas», que también se preparan para la guerra. El maestro deplora que todos se inclinen ante el ídolo de la tierra y la sangre. Escéptico y racionalista, discute con un jesuita que justifica la violencia, citando a Anaximandro, según el cual el hombre debe expiar su culpa por desafiar a los dioses. En realidad, el sacerdote manipula la cita, introduciendo la noción de culpabilidad en la aurora del pensamiento filosófico. Su Dios es un ardid al servicio de una ideología perversa.

El fondo último del nazismo es el nihilismo. Nada más opuesto al Dios cristiano, «ese judío» al se pretende inmolar de nuevo. Aunque la Shoah aún no ha comenzado, ya se atisba el humo de los crematorios. Horváth utiliza iniciales para referirse a los alumnos, reflejando el clima de despersonalización creado por la dictadura. El asesinato que se produce en el campamento es un nuevo capítulo en la historia de Caín. El maestro se pregunta si Dios es bueno o un poder terrible y cruel. Perplejo, se conforma con sobrevivir, pero cambia de actitud cuando descubre un pequeño foco de resistencia entre sus alumnos. Su lema es: «¡Por la justicia y la verdad!». Es inevitable pensar en la Rosa Blanca, cuyo martirio salvará a Alemania de la indignidad. Los rebeldes, silenciosos y prudentes, le comentan que confían en él porque es «el único adulto que ama la verdad».

El final no es optimista. El asesinato se esclarece, pero el maestro marcha al exilio. Sin embargo, se ha reconciliado consigo mismo y ha recuperado la fe. «Dios es la verdad», pero no lo encontraremos en los ojos de «una infancia sin luz» que rinde pleitesía al «plebeyo supremo». Ödön von Horváth abandonó Austria después del Anschluss. No sabía que le esperaba la muerte en los Campos Elíseos. La rama de un castaño, arrancada por el viento, le golpeó en la nuca mientras paseaba. Su absurdo final añade una nota sobrecogedora a su estudio sobre la génesis del totalitarismo. El diablo siempre aprovecha las circunstancias. Una crisis económica propició el éxito de Hitler. La historia podría repetirse. Quizás no podremos evitarlo, pero sí desenmascarar al mal, atrincherándonos en la justicia y la verdad.

Rafael Narbona.@Rafael_Narbona

EL CULTURAL, España, 15-03-2019

 

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Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

—Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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Durante la llamada «ley seca» puesta en vigor en Estados Unidos durante los locos años veinte, se vendían unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje:

«Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclarlo con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida».

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