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Así mueren las democracias

Así mueren las democracias

Así mueren las democracias

Encuentro cada vez más argumentos que dicen que nuestra democracia está en riesgo por las acciones de AMLO. Estoy de acuerdo. Acciones como el uso del Poder Judicial para perseguir a sus enemigos políticos son graves e indignas de un Presidente con tanta legitimidad. Las democracias no mueren, sin embargo, sólo por lo que hace un líder. También lo hacen por lo que hace su oposición

 

Tiendo a estar en desacuerdo con las interpretaciones alarmistas que ven en todo acto de AMLO un atentado contra la democracia. Actos como aumentar el salario mínimo o fomentar la competencia sindical son profundamente democráticos, pues reivindican a grupos vulnerables.

Tampoco me parece sensato el argumentar que, por el simple hecho de que Morena tenga mayoría en ambas cámaras, la democracia mexicana está en riesgo. Un partido mayoritario no es necesariamente un partido autoritario. Si así lo fuera, todos los regímenes parlamentarios serían dictaduras por definición.

Veo, sin embargo, una señal de altísimo riesgo en el gobierno de AMLO y algo que es necesario y urgente contener: su uso de la justicia.

El que la selección de los casos investigados esté hecha con el claro objetivo de infundir miedo a la oposición es jugar chueco, pues implica usar prerrogativas institucionales para fines políticos. Esto fue claro con el titular de la CRE y el documental Populismo en América Latina.

Esto me preocupa porque me recuerda al libro Cómo mueren las democracias, de los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Los autores exploran países que han transitado de ser democracias a regímenes autoritarios.

Argumentan que la muerte de las democracias modernas no se da de forma violenta, sino poco a poco, por un proceso regular y pausado de cambios en las reglas formales e informales de hacer política. Típicamente, los países caen en el autoritarismo cuando un populista elegido de forma democrática encuentra maneras de utilizar las reglas (o de cambiarlas) para darle una enorme ventaja al partido en el poder, para atacar a la oposición y con ello eliminar la posibilidad de alternancia.

La intelectualidad mexicana se ha dado cuerda utilizando este libro para argumentar que AMLO está siguiendo este camino. Y sí, lo está haciendo. AMLO está centrando la fuerza del Estado en investigar a líderes de organismos autónomos y a su oposición. Esto, reitero, es grave.

Lo que la intelectualidad mexicana ha decidido ignorar, no sé si porque no leyó el libro completo o porque no está dispuesta a ser suficientemente crítica, es que, además de las acciones del líder, hay otro ingrediente crítico y necesario para que las democracias mueran: que la oposición se comporte, también, de forma no democrática.

El libro de Steven y Daniel exhaustivamente muestran ejemplos de cómo la caída en el autoritarismo en países de Venezuela a Sri Lanka se han debido a que, ambas partes, tanto el gobierno como su oposición, comienzan a utilizar herramientas no democráticas para influir en los votantes. La caída de las democracias se da cuando los grupos en competencia comienzan a utilizar mecanismos no necesariamente legales para luchar, pues consideran al otro lado ilegítimo.

Asuntos como el financiamiento de campañas negras, el uso de recursos privados para influir los resultados de una elección, el encubrimiento de agendas privadas en organismos civiles supuestamente neutrales, y la creación de propaganda proselitista en violación de las leyes electorales, son tan importantes para destruir una democracia como lo es el “líder populista”.

Esto es así porque este comportamiento termina empoderando al “líder populista”. Le da evidencia contundente para mostrar a sus seguidores que la élite teme el cambio positivo que él (o ella) propone.

Las élites terminan atribuyendo a la ignorancia de los votantes la muerte de la democracia cuando en realidad, la ignorancia fue compartida. Creyeron que podrían jugar sucio y ganar, pero el juego sucio les termina mordiendo la mano.

No hay forma no-democrática de enfrentar una amenaza a la democracia. No hay atajos. La única solución, planteada también por los autores del libro, es solidificar a los partidos políticos y atender asuntos críticos como las desigualdades.

Columna de Viridiana Ríos

EXCELSIOR, México, 17-03-2019

 

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Al rey español Felipe IV (1605-1665) le gustaba que le llamasen «el Grande». Tras la pérdida de Portugal, el duque de Medinaceli (1607-1671) comentó:

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—Era un gran patriota, un amigo fiel, un esposo abnegado y un padre ejemplar..., suponiendo, claro está, que haya muerto.

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