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Todo lo que no hay que hacer

Todo lo que no hay que hacer

Todo lo que no hay que hacer

Lo que en 2016 fue tan fácil de explicar -«Let’s Take Back Control”- era el simpático y seductor lema de los partidarios del Leave- es ahora imposible de articular por los propios autores de la ocurrencia.

El mayor éxito de la democracia de consumo quizá consista en prorrogar un debate parlamentario que dura ya tres años -hoy sigue- y cuyo único objetivo es ir aumentando, como una bola, las dimensiones y consecuencias de un desastre. Formalizada por el Gobierno de Londres y luego exportada a los mercados más dinámicos, la edad de oro del desatino político aún tiene en la Cámara de los Comunes una poderosa fábrica de ideas, faro de un mundo arrebatado. Theresa May, inagotable, sin apenas voz, dijo ayer que «la política responsable conlleva pragmatismo», sentencia que viene a resumir la teoría del mal menor y que lo mismo vale para un roto que para un descosido. En el caso del Brexit y del Partido Conservador, sin embargo, hablar de responsabilidad y pragmatismo es un alarde de hipocresía y adaptación al medio.

A los parlamentarios británicos no les gustó el acuerdo de retirada sellado con la Unión Europea, y tampoco el que May parcheó como pudo el pasado lunes, rechazado anoche por 149 votos. Sin margen para negociar, hoy deciden sobre una ruptura a las bravas y a las malas con sus socios comunitarios, y quizá mañana sobre un nuevo plazo para materializar el divorcio. Estas cosas es mejor pensárselas. Tres años parece un tiempo prudencial para el país que estrenó el formato del calentón democrático. Lo que en 2016 fue tan fácil de explicar -«Let’s Take Back Control» era el simpático y seductor lema de los partidarios del Leave- es ahora imposible de articular por los propios autores de la ocurrencia. En eso consiste la política de última generación, basada en el qué e ignorante del cómo. Siempre en vanguardia, la Cámara de los Comunes vuelve a dar estos días una lección de democracia y opinión pública a Occidente. Lo que allí sucede es todo lo que no hay que hacer.

Columna de Jesús Lillo, Redactor

ABC, España, 13-03-2019

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Humor

En 1809, el famoso novelista escocés Walter Scott (1771-1832) escribía lo siguiente:

—Alumbrar las poblaciones con gas es una quimera y una ilusión que hace reír.

Años después, en su vejez, paradójicamente, fue presidente de una compañía de alumbrado con gas.

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En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó que:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1940 repitió diagnóstico el profesor de Harvard, Chester L. Dawes:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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