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Se le cambia el nombre a Chile

Se le cambia el nombre a Chile

Se le cambia el nombre a Chile

«A la ‘caída de los ídolos’ están también afectos los que se solazan en la deconstrucción, ya que serán a su vez aniquilados».

Vivimos una época de extraño frenesí por deconstruir héroes e ídolos. Todo lo que sube debe caer. Se aclama a salvadores y sabios, a personajes del espectáculo, a dirigentes, a religiosos, a políticos por cierto -cada vez menos, porque en extraña y reiterada tentación se les cree superfluos-; a todos ellos, ayer se les aplaudió y hoy se les denuesta. Se entrega y se retira la ciudadanía por gracia; se conceden premios y después se suspenden. Se demanda con gesto imperioso el cambo de nombre del aeropuerto internacional de Santiago, y que se le bautice con el nombre de Pablo Neruda. ¿Tiene algo de extraño que la principal pista aérea de Chile tenga el nombre de uno de los precursores de la aviación? Y el cambio no está motivado por elevados raptos de arte poético, sino que por el simple y burgués marketing y advertising . Ya le sonará la hora a todo lo que recuerda a Cristóbal Colón, y toda calle o avenida que lo recuerde -elemento infaltable en el ancho mundo de habla hispana- experimentará la exigencia de que se le borre de la faz de esta tierra. De imponerse esta lógica, le seguirán los pasos Diego de Almagro y don Pedro de Valdivia, y todo el resto.

No sería de extrañar que, acelerando la carrera al extremo -lo que comúnmente se llama extremismo-, se acabe por demandar un cambio al nombre de nuestro Chile por haber sido impuesto por los «colonizadores», «imperialistas», «hegemónicos», etc., y se quiera imponer alguna palabreja desenterrada de empleo presunto -no hay nada demasiado seguro en estas cosas- y quizás «originaria»; sobre todo, otro diría, porque este nuevo nombre denotaría identidad o marketing , que hoy es casi lo mismo. Se borrarían casi 5 siglos de origen (porque este, para ser fecundo, debe acompañar a toda la historia) y nos llevaría a pender ante un verdadero abismo. Sí, porque el que borra desaprensivamente será a su vez borrado, en una carrera imparable hasta el foso, que puede ser una contracorriente, resaca impredecible e inevitable. A la «caída de los ídolos» están también afectos los que se solazan en la deconstrucción, ya que serán a su vez aniquilados.

A propósito de Neruda, también este ha caído víctima de estos furores. Un pasaje de su «Confieso que he vivido», que en general emplea el tono del personaje que se construyó para el público -muy diferente al hombre espontáneo en el círculo de sus amigos; he conversado con varios-, ha sido escogido con pinzas para demostrar sus, se supone, horrorosos pecados. Ese y otro pasaje, en cambio, me parecen uno de esos raros momentos de las magníficamente bien escritas memorias en los que asoma a la intimidad real y a las tensiones de su vida. En suma, es franco y hay verdadera memoria, no la de orden de partido (de cualquier ralea, nadie se salva) de memorizar lo políticamente correcto; parece un tanto diferente al grueso de su escritura, que vincula experiencia del cuerpo y de la materia insuflado por un toque metafísico y sus angustias, donde está el mejor Neruda. Este se salvará de esta embestida, con seguridad al menos en Chile. Está protegido por una coraza político-cultural que pienso será impenetrable a estos dardos. Pero, por favor, no se trata de poesía, sino de algo que se parece a la pura lucha de poder; o de marketing.

Antes de arribar a la meta de este nihilismo activo, ¿habrá una manera de hallar un camino sensato que no nos deje en la inmovilidad -también estéril- ni nos arroje a un precipicio? La vida histórica puede ser no solo aniquilamiento y destrucción. Hay una fuerza fecunda: la agregación de nuevas experiencias y sensibilidades sin borrar lo ya escrito y asumido. Es el verdadero pero escaso y frágil enriquecimiento de la vida.

Columna de Joaquín Fermandois. EL MERCURIO, 12-03-2019

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Humor

En 1809, el famoso novelista escocés Walter Scott (1771-1832) escribía lo siguiente:

—Alumbrar las poblaciones con gas es una quimera y una ilusión que hace reír.

Años después, en su vejez, paradójicamente, fue presidente de una compañía de alumbrado con gas.

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En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó que:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1940 repitió diagnóstico el profesor de Harvard, Chester L. Dawes:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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