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Civilidad política en crisis

Civilidad política en crisis

Civilidad política en crisis

El respeto a la investidura de un gobernante no es tema de consulta popular, al contrario, vale como mecanismo para valorar su permanencia o sus políticas, pero sin juicios prepolíticos de linchamiento público.

La violencia política es un valladar para recuperar la paz. Es cierto, sus manifestaciones no pueden tomarse a la ligera, vengan de cualquier lugar del mundo del poder. Son un obstáculo para allanar la inseguridad pública y su incidencia, un promotor de crisis de civilidad en un país que el año pasado sufrió el más sangriento contra la clase política en el marco de los procesos electorales.

Estas acciones, directas o a través de terceros desde posiciones de poder, alarman por el menoscabo o anulación de los derechos políticos. Ahí, el umbral de esta violencia. Por eso, el aviso sirve para alertar del peligro de fenómenos disruptivos de la urbanidad como convertir las giras presidenciales por los estados en escenarios para atacar a gobernadores de la oposición, la violencia de género a niveles no vistos e, incluso, campañas contra las disidencias a la opinión mayoritaria en temas de interés público. Unas 70 organizaciones civiles, por ejemplo, reclaman al Presidente su derecho a disentir y rechazan en carta abierta que el desacuerdo se marque con el hierro de la traición.

El respeto a la investidura de un gobernante no es tema de consulta popular, al contrario, vale como mecanismo para valorar su permanencia o sus políticas, pero sin juicios prepolíticos de linchamiento público. La protesta contra las autoridades forma parte de la crítica y reclamo de rendición de cuentas, pero nada más lejos que la maquinación con autoría anónima para desautorizar al adversario o revanchas con celadas en las plazas, los medios o las redes. ¿Cuántos líderes locales o dirigentes territoriales reciben los mensajes de reprobación de gobernadores o alcaldes como permiso tácito para quemarlos en la hoguera pública antes de llegar a las urnas? ¿Cuántos entienden el discurso de la polarización como pistoletazo para la revancha?

De la mano detrás de los abucheos a gobernadores parece no haber duda. Las discrepancias están en la marca de la autoría. Así lo confirma la presidenta de Morena, Yeidckol Polevnsky, cuando acusa al PAN de las maniobras y rechaza la responsabilidad de su partido como acusa la circulación de un panfleto/manual con los pasos para la ejecución. También, la advertencia del presidente de la Conago, Alejandro Moreno, de que los gobernadores no permitirán que líderes de Morena los desacrediten “para imponer su vergonzoso radicalismo”.

El reconocimiento del uso de la violencia política es un pésimo antecedente para las elecciones estatales de 2019, en su mayoría hoy en poder de la oposición, pero sin los números en las encuestas para asegurar las plazas. Cabe recordar que tan sólo en el marco del último proceso electoral, entre septiembre de 2017 y agosto de 2018, diversas consultoras como Etellekt contabilizaron 850 agresiones con un saldo de 175 políticos asesinados.

Este no es el único signo de la ruptura de la civilidad política, sobre todo en el nivel local, como indica el elevado número de crímenes contra candidatos o alcaldes, y hacia las mujeres de parte de los partidos locales. La polarización política generó un clima de enfrentamiento en los pasados comicios estatales en Puebla, que amenaza con reeditarse en la elección extraordinaria por la muerte de la exgobernadora Martha Erika Alonso. El clima de encono y descalificación comienza a permear en Aguascalientes, Baja California, Durango, Tamaulipas y Quintana Roo.

La guerra sucia y la intolerancia que implica la violencia política pone a prueba la civilidad política en un país desgarrado por el crimen, en el que la disposición de la autoridad a dialogar con los adversarios y tolerar la diferencia es clave para buscar la paz perdida. Por el contrario, los mensajes de intolerancia y polarización desde el poder se convierten en carta blanca para que dirigentes locales y de otros ámbitos validen el uso de cualquier medio para pelear por espacios de poder.

Los liderazgos políticos desgastados pueden ser presa fácil de la denostación y fáciles blancos del jitomatazos, pero lo más grave es que los pongan en la diana para el ataque o la revancha porque esa práctica conduce al patíbulo por el que luego caminen todos.

Columna de José Buendía Hegewisch

EXCELSIOR, México, 07-03-2019

 

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