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LA “CARMELA”, DE VISITA

LA “CARMELA”, DE VISITA

LA “CARMELA”, DE VISITA

Lillian Calm escribe: “No pude dejar de pensar: Chile, país católico. Sí. A pesar de los pesares. Esa piedad popular que no avergüenza, que es genuina, que es mariana y carmelitana, está viva, vivísima, en una nación cuya historia, cuyas tradiciones, cuyo ser profundo, desmienten mucho de un presente que no nos corresponde”.

No fui a Cancún para las vacaciones. Tampoco a los lagos del sur. Me interné en lo más profundo del tradicional campo chileno. No lejos de la carretera, pero lo que se llama campo-campo. Ahí donde la gente ha vivido y vive durante generaciones, y donde la palabra tradición no está mal vista.

La casona de casi dos siglos, con corredores y jardines, es la misma en que yo estaba esa noche cuando nos sorprendió el terremoto. Es la casa que virtualmente se nos cayó encima, pero hoy luce como nunca, restaurada, con todo su carácter secular.

Y si escribo estas línea es porque este año, a El Vínculo, como se denomina ese terruño situado entre Champa y Pintué, llegó una visita singular, inusitada, maravillosa (no sé qué otro adjetivo agregar).

Campesinos del lugar me contaron que el domingo, nada menos que a eso de las ocho de la mañana, esperaban a la Carmelita, como la llaman familiarmente. Nada menos que la Virgen del Carmen, una de las imágenes que se guardan en la catedral de Santiago, y que en esta temporada, engalanada por las camareras, está programada para peregrinar entre distintas comunas de Chile.

Con sus dos metros de alto, corona incluida, no apareció en El Vínculo a las ocho en punto como estaba previsto. No es que haya sido impuntual. Procedía de la capillita de Cullipeumo hasta donde llegó desde Champa, y la procesión que se armó a pesar del madrugón, con tambores y pitos que la anunciaban, demoró en hora y media el trayecto de escasos kilómetros.

Venía en un coche conducido por don José, vestido de impecable traje de huaso y quien se esforzaba por evitar que los tambores espantaran a su caballo Mi Torito. Y lo consiguió.

Luego él me contaría que está dedicado a trasladar “a la Carmelita” por distintas comunas del país. No la deja. “Es tan linda. ¿Cómo la vamos a dejar?”, me explicó convencido.

El Padre Robert, sacerdote polaco ya asimilado a esas tierras, la esperaba revestido para comenzar la Misa, centrar la homilía en Ella y luego imponer escapularios.

Pero el santo ajetreo no comenzó ese domingo temprano. En los días previos no solo ensayó el coro, sino que catequistas recorrieron distintos hogares para anunciar la buena nueva y muchos levantaron pequeños altares frente a sus casas para saludarla; se izaron banderas chilenas, los árboles se engalanaron con guirnaldas tricolores y también eran tricolores los floripondios hechos a mano por los lugareños, hombres y mujeres.

El coche de la Virgen iba precedido por cuerpos de bailes religiosos y seguido por  treinta huasos a caballo y filas de automóviles.

Observé antes de la Misa cómo don José le arreglaba con delicadeza el escapulario que lleva la Virgen; luego, el peinado, la corona… Se habían desordenado un poco con el vaivén que dejó el paso obligado por un trecho de tierra.

Ya dispuesta la Carmelita en un altar especialmente acondicionado, distintos grupos de baile, con sus trajes típicos, le rindieron su homenaje. Después de la Misa renovarían sus danzas y se rezarían muchos rosarios.

No pude dejar de pensar: Chile, país católico. Sí. A pesar de los pesares. Esa piedad popular que no avergüenza, que es genuina, que es mariana y carmelitana, está viva, vivísima, en una nación cuya historia, cuyas tradiciones, cuyo ser profundo, desmienten mucho de un presente que no nos corresponde. Que ni siquiera nos es propio.

La Carmelita está en El Vínculo hasta el domingo. Yo ya llegué a Santiago pero regresaré por unas horas. ¿Cómo no voy a ir a despedirla cuando parta para Peralillo, camino a Aculeo?

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 28-2-2019

 

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Humor

En 1809, el famoso novelista escocés Walter Scott (1771-1832) escribía lo siguiente:

—Alumbrar las poblaciones con gas es una quimera y una ilusión que hace reír.

Años después, en su vejez, paradójicamente, fue presidente de una compañía de alumbrado con gas.

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En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó que:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1940 repitió diagnóstico el profesor de Harvard, Chester L. Dawes:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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