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En Cuba, pocos esperan ya al “hombre nuevo”

En Cuba, pocos esperan ya al “hombre nuevo”

En Cuba, pocos esperan ya al “hombre nuevo”

Sesenta años es mucho tiempo, y para los cubanos, al menos para aquellos que aún guardan en la memoria el aserto gardeliano de “que 20 años no es nada”, serían matemáticamente “nada de nada de nada”, que ya es algo…

En Cuba, el 1 de enero de 1959 marca un parteaguas entre la era oscura que, según aprendimos en el aula, representaba la “república mediatizada”, aquellos 56 años de democracia representativa mezclados con dictaduras –ambas tuteladas desde Washington–, de los que no había salido nada bueno, y el milenio de luz y prosperidad que se inició con la victoria de Fidel Castro sobre el régimen anterior.

La Revolución que comandó Fidel Castro hizo de la sociedad cubana un ente sin paralelos: nada se le parece

Estos últimos 60 años han perfilado a Cuba como casi ningún otro período desde que Colón puso el pie en una playa del oriente y soltó aquello de “la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”. Los cubanos que rebasamos las cuatro décadas hemos vivido tal vez el raro privilegio de ver tanto la etapa de mayor pujanza del proyecto castrista, cuando La Habana jugaba a ser potencia mundial y sostenía a un contingente militar en África y a guerrillas en una Latinoamérica salpicada de tiranías –de signo diferente, se entiende–, como la posterior dilución de ese espíritu revolucionario en un mar de apariencias, en un “yo ya no creo en esto, pero no hablo para no marcarme”, y en una debacle económica de la que aún el país no se recupera.

Una revolución puede cambiar el destino y los modos de una sociedad de modo brutal. La que comandó Castro hizo de la cubana un ente sin paralelos: nada se le parece. Cuba ha estado regida por décadas por un Partido Comunista, pero no es Corea del Norte, quizás porque el desenfado criollo casa mal con la imagen rectilínea de los escuadrones de súbditos de Kim Jong-un, arengados por una épica locutora.

La cubana es una isla donde Pepito –el Jaimito de los chistes españoles– ha puesto a caldo a los jerarcas del sistema, pero donde todos, antes de hacer la broma, miran hacia atrás para cerciorarse de que no haya demasiado cerca nadie comprometido con el “aparato”. Es una sociedad donde casi nadie ha visto jamás un escudo antimotines, ni ha sentido en los ojos el escozor de los gases lacrimógenos, pero donde casi todos creen que estos implementos están por ahí, a buen resguardo, listos para usarse, y donde incluso el imaginario de la represión rebosa de personajes curiosos, como un cocodrilo sin dientes y un gorila con los que, vulgo dixit, encierran a los opositores más impenitentes en Villa Marista, el más famoso de los cuarteles de la Seguridad del Estado.

Salarios: la asignatura eterna

La Cuba de sesenta años después es un país de agudos contrastes. Una sociedad en la que nadie se acuesta sin comer –y sí, todos se acuestan–, pero donde casi nadie come lo que desearía, gracias a la colosal improductividad de un modelo agrícola impuesto por el Estado, que calcó por demasiado tiempo a las granjas socialistas soviéticas y apuntó con el índice acusador al pequeño propietario que no deseaba colectivizar su tierra, así como al intermediario que colocaba sus productos en el mercado. Si hoy el cubano es un pueblo de obesos no es que la gente coma “como Dios manda”, sino que, país productor de azúcar al fin y al cabo, los estómagos se entretienen con cuestiones menos sólidas.

Los maestros y médicos cubanos se han ganado un reconocimiento mundial, pero sus ingresos van a la zaga de los de otros segmentos de la población

La contradicción campa a sus anchas igualmente en la pirámide salarial. Según la Oficina Nacional de Estadísticas(ONE), el salario medio en el sector de la Educación –junto con el de la Salud Pública, una de las joyas de la corona–, se ubica en los 533 pesos (22,20 euros), algo menos que los 546 pesos (22,75 euros) de los trabajadores de la hostelería y la restauración. En ninguno de los dos casos (ni en el sector de los médicos, con 833 pesos o 34 euros de media) el sueldo alcanza, no ya para venir a las islas griegas a pasar las vacaciones, sino para comprar un paquete de espaguetiso uno de cuatro kilos de pulpo en una tienda en divisas, fuera de la cartilla de racionamiento, y seguir vivo el resto de la década.

La paradoja es que, si bien el buen hacer de los maestros y médicos cubanos ha ganado el reconocimiento de instituciones como el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud, los profesionales de esos dos sectores han visto cómo, desde la década de los 90, los empleados de tiendas, hoteles y cafeterías les han sacado buen tramo en cuanto a ingresos, gracias a ese mecanismo tan cubano del “resolver” –traficar con los recursos del Estado– y a remuneraciones más “generosas”, mientras ellos han debido escuchar el consuelo oficial de que el mejor estímulo es la sonrisa de un niño escolarizado o de un paciente trasplantado. Que está muy bien, pero ni los alimentos, ni el transporte, ni la ropa ni el calzado se pagan con sonrisas.

cuba

Yo me voy, tú te vas, él se va, nosotros…

La sociedad igualitaria y próspera, esa de la que millones de adolescentes escuchábamos hablar en la clase de Fundamentos del Marxismo y que creíamos estaba a la vuelta de la esquina; aquella en pos de la cual se fue exigiendo un cada vez mayor sacrificio a la gente común –tuvimos con mucha hipérbole, en 1969, un “Año del Esfuerzo Decisivo”; en 1970, un “Año de los 10 Millones”, que destruyó la economía, al enfocarla toda en la inalcanzable meta de producir diez millones de toneladas de azúcar; en 1972, un “Año de la Emulación Socialista”, etc.–; esa nación de ensueño ha derivado, como diría Góngora, “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

La quimera de la igualdad fue descabezada muy prontamente por los mismos que la predicaron con insistencia

La propia quimera de la igualdad fue descabezada muy prontamente por los mismos que nos la predicaron con insistencia. No le hace mucho bien a la causa que la gente se entere de que los líderes de una revolución que se publicitó como “de los humildes, por los humildes y para los humildes” se permiten exquisiteces culinarias impensables incluso en hogares de ingresos medios del Primer Mundo, o caprichos deportivos “burgueses” como el golf, o que los hijos de esos mismos jerarcas se paseen por el Mediterráneo en lujosos yates. “Seguro que los hijos de Rajoy también lo hacen”, me frenó en una ocasión un apreciado colega cubano. Eso lo ignoro, lo que sí es que al menos Mariano nunca presumió de ser paladín de los desheredados de la tierra, ni lleva en el bolsillo, orgulloso, un carné del Partido Comunista.

Por la prosperidad, entretanto, muchos han decidido no esperar y han marchado a buscarla fuera. La que fue tierra de oportunidades para cientos de miles de inmigrantes –canarios, gallegos, asturianos, catalanes y otros dejaron su huella allí en forma de ermitas, teatros, clínicas, clubes sociales, etc.–, es hoy un país en el que muchos buscan ansiosamente el modo de largarse, bien con una beca en Europa, Chile, México o hasta en China, bien a través del hallazgo de un antepasado español que le trasmita, desde un amarillento daguerrotipo, la ilusión de poder hacerse con un pasaporte que abra más puertas que su similar cubano, o bien apuntándose a las loterías de visados con las que de vez en vez, como el ángel de Betesda, el gobierno estadounidense agita las esperanzas de los isleños.

Cifras de la ONE revelan que solo en el período 2008-2016 se asentaron de forma permanente o temporal en el exterior más de 280.000 cubanos, toda una sangría si consideramos las dimensiones de la población local, que en 2011 rondaba los 11.2 millones de habitantes.

Que tantos tomen las de Villadiego, y que tantos otros –o más– aspiren a hacerlo, es un indicador de que las encendidas arengas a construir “el hombre nuevo” de la sociedad comunista, sobreviven únicamente ancladas en la memoria de un tiempo en que muchos suspiraban por los monumentales edificios de la Plaza Roja, y no por los de Manhattan.

Sesenta años después, ha podido más el homo migrans. Y el simulator.

Luis Luque. ACEPRENSA, 05-01-2019

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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