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Cold War

Cold War

Cold War

Año: 2018. Países: Francia, Polonia, Reino Unido. Dirección: Pawel Pawlikowski. Intérpretes: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Jeanne Balibar, Cédric Kahn, Adam Woronowicz, Adam Ferency. Guión: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki. Fotografía: Lukasz Zal. Público apropiado: Jóvenes-adultos

Amantes polacos

Con la Guerra Fría como telón de fondo, ‘una apasionada historia de amor entre dos personas de diferente origen y temperamento que son totalmente incompatibles, pero cuyo destino les condena a estar juntos.

Wiktor, Irena y Kaczmarek buscan recuperar la identidad polaca tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Stalin ya domina tras el Telón de Acero. Para ello recorren aldeas y recogen las canciones populares. La idea es hacer un espectáculo con esa música y con un grupo de jóvenes artistas que reunirán bajo la compañía folclórica Mazurek, que irá de gira a diferentes ciudades y países. Wiktor, el músico, se sentirá fuertemente atraído por una de las artistas, Zula, con quien emprenderá una relación.

Tras su película más aclamada, la oscarizada Ida, historia de una novicia que emprende un viaje hacia su origen en la Polonia comunista, el cineasta polaco Pawel Pawlikowski regresa a la época stalinista de su país para narrar una apasionada y complicada historia de amor a través de los años, en un viaje lleno de altibajos anímicos pero también geográficos. Se trata de una historia con sello muy personal para Pawlikowski, ya que los protagonistas tienen el mismo nombre que sus padres, a quienes dedica el film, y sus respectivas vivencias comparten muchas similitudes. Como ya hizo en su anterior film aquí Pawlikowski también enfatiza su ambientación pretérita gracias al uso del blanco y negro y al formato estrecho de pantalla (1:37:1), características formales que aportan originalidad y estimulan la receptividad del espectador. Da la sensación así de que el realizador no desea apartarse un ápice de aquella realidad polaca de posguerra, quiere mostrarla, no simplemente recrearla, y el uso de esas características técnicas ayuda.

La belleza formal de las imágenes es innegable, algunas muy bellas, como esa canción en el río o la del club de jazz, pero Pawlikowski tiene sobre todo la facultad de capturar trozos de vida que transmiten una extraña intensidad, comenzando por esas escenas iniciales que recogen canciones populares del folclore polaco. Y especialmente esa fuerza proviene de sus personajes y de una excelente dirección de actores –estupendos tanto Joanna Kulig como Tomasz Kot–, gracias a la cual los convierte en seres únicos, libres, sufrientes, justo lo que el comunismo deseaba desterrar de las personas. En su mirada atrás, Pawlikowski muestra cómo los polacos decidían su destino adhiriéndose o no a la adoración stalinista. Podías acceder, podías huir o podías desaparecer. El uso de la elipsis es en este sentido excelente en el personaje de Irena, interpretado por Agata Kulesza. Pero aunque también se muestre la hipocresía (ese descubrirse la cabeza de Kaczmarek en la iglesia derruida) tampoco se busca demonizar a quienes apoyaron la connivencia soviética, no hay violencia ni regodeo, ni afán de saldar cuentas.

Porque aquí estamos principalmente ante una historia de amor que sobrevive a todos los vaivenes posibles, personales, temporales, políticos, al exilio y a la persecución totalitaria. A pesar de las tragedias, de las propias contradicciones, de los errores, se puede sacar la cabeza. Pero el mundo no es perfecto y así hay que aceptarlo y vivirlo. Arriba está el cielo límpido, la felicidad, pero –dice la cámara del director– no hay más remedio que vivir en la tierra, en el barro, en la imperfección. Quizá haya entonces que regresar al origen, como una Odisea, para empezar de nuevo, mirar arriba y sellar el amor ante Dios para poder cambiar la perspectiva, aunque en este caso sea, ciertamente, fatalista.

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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