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¿A la peruana?

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¿A la peruana?

Siempre he sostenido que, con sus más o sus menos, todo gobierno por lo general siempre tiene su “Fouché”. Pero ¿Quién fue Fouché? Para los que el nombre les suene desconocido, Joseph Fouché fue el hombre de Inteligencia de Napoleón Bonaparte.

Fue un hombre que, por debajo de Napoleón, gozó de mucho poder e influencia en Francia durante el imperio napoleónico. Se puede decir que fue el fundador del espionaje y del Servicio de Inteligencia moderno.

Tuvo a su cargo el Ministerio de Policía de Francia que luego se denominaría el Ministerio del Interior, prácticamente desde 1799 hasta 1815. Al lado del aristócrata Charles Maurice Talleyrand -ministro de Relaciones Exteriores- conformaba el brazo derecho del gobierno de Napoleón.

Desde que Fouché ingresara a la política, demostró una gran habilidad para mantenerse y acomodarse en el poder -al margen de quien fuere el gobernante-. Fue un hombre de una gran ambición. Hay que destacar que Fouché sobrevive a la revolución francesa -al igual que Talleyrand- pasando por el Directorio y el arribo de Napoleón al consulado y al imperio.

Era un hombre frio, impenetrable, intrigante y callado. Ejecutaba al pie de la letra lo que se le pedía y ordenaba. Se adelantaba inclusive a la voluntad de Napoleón, previsor y muy calculador, sabía lo que le convenía y deseaba su amo, en este caso Napoleón. Cabe mencionar que no fue solo el caso de Napoleón. El rey Luis XIII tuvo su Fouché en el cardenal Richelieu y Luis XIV en el cardenal Mazarino, personajes ambos que manejaban y controlaban los asuntos políticos de la Francia absolutista, el zar Nicolas II de Rusia tuvo a Rasputín y así existen muchísimos otros casos.

Fouché era lo que hoy se entendería como un político “perfil bajo”. No era un funcionario al que le gustase aparecer en público al lado del emperador, o dar discursos ni que lo adularan ni mencionaran. Prefería que todos supieran que él tenía poder y que podía hacer lo que quisiera, inclusive pasando en algunas ocasiones por encima de Napoleón, pero con la habilidad suficiente como para convencerlo de que lo realizado por él, era lo mejor y mas conveniente para el emperador. Manipulador e intrigante, muy astuto por naturaleza, Napoleón lo consideraba como un personaje siniestro pero necesario para sus intereses.

Era el hombre detrás del telón, moviendo los hilos, espiando y obteniendo información de todas aquellas personalidades que Napoleón le encomendaba, así como también de los que a él le interesaban. No le interesaban los títulos ni las posiciones. Su satisfacción radicaba en manejar los hilos del poder o en todo caso, en manipularlos a su antojo o de acuerdo a los intereses del emperador. Solo como ejemplo, una vez que estalla la revolución, fue girondino (la “derecha” de la época) y cuando no le convino, se pasó a los jacobinos (la izquierda) –un “tránsfuga” en la versión de hoy- siendo uno de los que intervino en la caída del “Incorruptible” Robespierre, e incluso votó a favor de la muerte de Luis XVI. Fouché siempre salía airoso en todo, pero actuando desde la oscuridad, sin figuretismo alguno.

Como todo político, su caída definitiva del poder se produce en 1811, cuando es expulsado del gobierno por Napoleón al enterarse que negociaba la paz con Inglaterra a sus espaldas.

Como mencionáramos al principio, por lo general todo gobierno siempre tiene un “Fouché”. La pregunta que hoy debemos hacernos es la siguiente: ¿El gobierno de Vizcarra cuenta con un Fouché? Así como Fujimori tuvo a Montesinos, ¿Fué acaso el defenestrado fiscal Domingo Pérez el Fouché de Vizcarra, o lo fué el ex fiscal de la Nación Pablo Sánchez de Kuzcynski? Hombres que protegieron (blindaron) tanto a los expresidentes Toledo, Humala y Kuzcynski entre otros altos funcionarios implicados como Villarán, exministros como Zavala o empresarios como Graña, etc. de ser acusados y detenidos por la corrupción del caso Lavajato.

Fiscales que manejaban cierta información confidencial -con el curioso apoyo del IDL- y con poderes para acusar y detener selectivamente a unos y no a otros. ¿Cuál es el verdadero interés de Vizcarra en apoyar o haber apoyado con todo a Pérez, así como de “recomendar” reiteradamente la “salida” del actual Fiscal de la Nación Chávarri, el cual pareciera, no desearía convertirse en el nuevo Fouché del gobierno? ¿La tan mentada “lucha contra la corrupción? Lo dudo mucho. Sin embargo, aquí también cabría otra pregunta: ¿Es Vizcarra su propio Fouché, esto es, el hombre que controlando los medios mediante publicidad estatal y amenazando constantemente al Congreso de la República -ahora con el apoyo de su acomodaticio presidente- y demás instituciones democráticas como la misma Fiscalía o el Poder Judicial, logra mantener un cierto “status quo” en donde no se toca a los implicados en el caso Lavajato con pruebas contundentes? O ¿simplemente el verdadero Fouché se mantiene en la sombra, detrás del telón, asesorando, manipulando y controlándolo todo en un permanente perfil bajo, como podría ser el caso del famoso asesor argentino Maximiliano Aguiar o de la misma Odebrecht?

Lo dejamos aquí. La verdad tarde o temprano saldrá a la luz. Tarde o temprano el Perú sabrá si existe un Fouché a la peruana en toda esta crisis generada aparentemente por la “lucha contra la corrupción”, el cual maneja los hilos del poder, manipulando la opinión pública a través de los medios pagados, así como “asesorando”, por no decir “protegiendo” al presidente y su entorno. ¿De qué y por qué? Esas son las dos cuestiones que más nos interesan y que tarde o temprano -repito- saldrán a la luz pública. El tiempo dirá…

Alfredo Gildemeister. LA ABEJA, Perú, 07-01-2018

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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